“¿A QUIÉN SE PARECEN LOS HOMBRES DE ESTA GENERACIÓN?”

“LA SABIDURÍA HA SIDO RECONOCIDA COMO JUSTA

POR TODOS SUS HIJOS.”

Lucas 7,31-35

 

EL EVANGELIO AQUÍ Y AHORA

Radio María

Tercer Miércoles 24ª Semana

Setiembre 20 de 2000

 

 

Buenas tardes queridos hermanos en la fe, y queridos oyentes todos:

Me alegro de reencontrarme con ustedes en la Radio de Nuestra Madre, para meditar el evangelio de la misa ferial de hoy, 3º miércoles de setiembre y miércoles de la 24ª semana del tiempo ordinario

 

El texto evangélico que se nos lee en la liturgia de hoy está tomado del Evangelio según san Lucas y se encuentra en el capítulo séptimo, versículos 31 al 35. ¿Lo tienen? El que no lo tiene, anote y lo busca enseguida: Lucas 7,31 al 35. (Pausita) Repito: Lucas 7,31-35.

 

Les leo:

En aquél tiempo dijo Jesús:

 

31 « ¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen?

32 Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: "           “Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado,

os hemos entonando endechas, y no habéis llorado."

33 « Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: "tiene un demonio"

34 Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: "Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos  y pecadores."

35 Pero la Sabiduría fue acreditada por todos sus hijos. »

Es Palabra del Señor.

 

Voy a centrar mi comentario de este pasaje del evangelio en dos frases. Una es «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y la otra: “la Sabiduría se ha acreditado, [o sea: ha sido reconocida como justa], por todos sus hijos. »

 

En esas frases aparecen mencionados los personajes de esta escena evangélica. Y nuestra meditación de hoy apuntará a entender mejor quiénes son esos personajes. Por un lado tenemos a los hombres de esta generación. Por otro lado tenemos a la Sabiduría y todos  sus hijos.

¿Quién nos dicen las Sagradas Escrituras que son estos personajes?

 

Y primero Los hombres de esta generación

Jesús suele designar con este nombre a los que no creen: generación: esta generación,  generación incrédula, generación perversa, generación adúltera, raza de víboras,...

Hemos oído en la lectura del evangelio de hoy que Jesús pregunta: ¿Con quién compararé a los hombres de esta generación [1].. que resultan ser los que mediante descalificaciones se han negado a recibir el mensaje del Bautista primero y el de Jesús después.

En otra ocasión, nos relata San Mateo, en la que a Jesús le reclaman que haga alguna señal para creer, Jesús se lamenta en estos términos: “generación perversa y adúltera reclama una señal, pero no se le dará sino la señal de Jonás el profeta. Porque como estuvo Jonás en el vientre de la bestia marina tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se alzarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia con la predicación de Jonás; y mirad, aquí hay alguien que es mayor que Jonás. La reina del Mediodía se alzará en el juicio contra esta generación y la condenará, porque vino de los últimos confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y mirad, aquí hay alguien mayor que Salomón [2].

Jesús apostrofa a los incrédulos que le exigen signos para creer llamándolos: generación, o esta generación, por tres veces, lo cual, en el estilo del evangelio hay que comprenderlo como un modo de dar énfasis especial a algo.

Algo más adelante en el mismo evangelio de Mateo, Jesús anuncia el final desastroso que aguarda a esta generación perversa, cuya casa será invadida por los demonios, cuando éstos acudan en tropel a reocupar su casa limpia y barrida. [3]

Era mucho lo que Jesús sufría por el rechazo de la generación incrédula. En ocasión de la liberación del niño endemoniado lo oímos exclamar con un profundo gemido: generación incrédula y pervertida ¿hasta cuándo estaré con vosotros? ¿hasta cuándo tendré que soportaros? [4]. La incredulidad que encontraba ante sus obras lo hacía sufrir, porque él tenía una honda comprensión de la naturaleza de ese hecho ruinoso para los hombres que Él venía a salvar.

Hay que tener muy presente que cuando Jesús habla de esta generación, no está hablando de una generación en sentido temporal o histórico, como de hombres pertenecientes a una determinada franja de edad o a una determinada época. No tenemos que entender estas palabras suyas como si las dijera exclusivamente de sus contemporáneos, sino que, para Jesús, la expresión esta generación, tiene un sentido teológico: designa a los incrédulos y da a entender de la causa espiritual de su incredulidad.

Por eso, cuando Jesús dice: no pasará esta generación, antes de que todas estas cosas se hayan realizado [5], no hemos de entender que Jesús se esté refiriendo ni solamente ni principalmente a sus contemporáneos. Estas palabras de Jesús hemos de entenderlas en el sentido de que siempre habrá incrédulos hasta el fin. Y hasta podría pensarse que continuarán sin creer mientras se realizan los grandes signos de la parusía, es decir del advenimiento de Cristo al fin de los tiempos: cuando Cristo venga en gloria.

Recordemos el dicho de Jesús: “Cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará fe sobre la tierra?” [6]  Esta palabra nos da pie para pensar que la generación incrédula no sólo perdurará hasta su manifestación gloriosa sino que irá creciendo y multiplicándose.

 

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Al usar la palabra generación en ese sentido teológico, Jesús no estaba inventando nada. En los medios bíblicos y rabínicos de su tiempo era común usar así esa expresión. Por ejemplo, en una discusión rabínica acerca de quiénes heredarán la vida eterna y quiénes no, se afirma la generación del Diluvio no tiene parte en el mundo venidero, ni resistirá de pie en el juicio [...] la generación de la dispersión de Babilonia no tiene parte en el mundo venidero [...]. Según la opinión del autorizado rabino Rabí Akiba: “la generación del desierto no tendrá parte en el mundo venidero ni se presentará en el juicio” [7]

Vemos por lo tanto, a la luz de estos ejemplos tomados de la tradición bíblica y rabínica, que Jesús seguía y hacía suyo el uso de su época, en la que se designaba con el mismo término condenatorio de generación, tanto a la humanidad pecadora del diluvio, como a la humanidad soberbia que quiso construir la torre de Babel, y hasta a aquélla generación de los israelitas que pecaron de incredulidad en el desierto murmurando contra la tierra prometida, como leemos en los capítulos 13 y 14 del libro de los Números.

La generación incrédula aparece denominada por Jesús como raza de víboras, es decir como hijos de la Serpiente. Y la incredulidad la interpreta Jesús como un acto demoníaco que los hijos de la Serpiente heredan de su progenitor:

“Vosotros colmad la medida de vuestros padres. ¡Serpientes, engendros de serpientes ( raza de víboras)! ¿cómo esperáis escapar de la condenación de la gehenna? Por eso, mirad, yo os envío profetas y sabios; de ellos mataréis y crucificaréis, y de ellos azotaréis en vuestras asambleas y perseguiréis de ciudad en ciudad para que recaiga sobre vosotros toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo [...] en verdad os digo, vendrán todas estas cosas sobre esta generación[8].

 

                San Juan evangelista nos transmite palabras de Jesús que son aún más explícitas acerca de la filiación espiritual demoníaca de los incrédulos y de la filiación espiritual divina de los creyentes. En el evangelio de Juan leemos cómo Jesús oponía esas dos estirpes.

Por un lado están los que no sólo no creen en Jesús sino que quieren matarlo: “Si Dios fuera vuestro Padre me amaríais a mí [...] Vuestro Padre es el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro Padre [9]

Por otro lado están: “los nacidos del Espíritu, los nacidos de lo alto, o los nacidos de nuevo” [10], son también “los que creen en su nombre” a los que se les ha dado poder de llegar a ser hijos de Dios [11]

 

                Me parece importante insistir, queridos hermanos, en que Jesús no se está refiriendo sólo a la generación incrédula entre sus contemporáneos, sino a todos los incrédulos de todos los tiempos, O sea a los que, generación tras generación, heredan la incredulidad de sus padres y son, todos ellos, globalmente, engendrados por el padre de la incredulidad, el ángel rebelde, la serpiente antigua, el instigador del pecado desde el paraíso.

                Jesús considera que, generación tras generación, los incrédulos acrecientan y colman la medida de la incredulidad heredada.

Para ilustrar con un ejemplo la manera de ver, tan bíblica y que Jesús hace suya, recordemos el episodio de los niños que se burlaban de profeta Eliseo, y a los que el profeta no vacila en maldecir severamente.

Cuenta el 2º libro de los Reyes  [12]que el profeta Eliseo iba subiendo por el camino hacia Betel cuando unos niños salieron de la ciudad y se burlaban de él, diciendo: "¡Subí, pelado! ¡Subí, pelado!". Él se volvió, los vio y los maldijo en nombre del Señor. Salieron entonces dos osos del bosque y destrozaron a cuarenta y dos de ellos

.               Algunos lectores de este pasaje, se admirarán, y hasta se escandalizan por la reacción del profeta, preguntándose por los motivos de tan severa conducta. No hemos de pensar que se haya tratado de un arranque desproporcionado de ira cruel, propia de un hombre herido en su amor propio.

Para entender apropiadamente el sentido de este proceder del profeta, tenemos que saber, en primer lugar, que los profetas se cortaban el cabello y llevaban rapada la cabeza por motivos religiosos, por algún voto o promesa que hacían a Dios, o simplemente como distintivo de su pertenencia a la escuela de los profetas. De manera semejante a como en la tradición católica siguieron haciendo los monjes, los frailes dominicos y capuchinos, y los clérigos que llevaban, como distintivo de su estado, la tonsura clerical.

Estos niños que se burlan del profeta como de un calvo cualquiera, demuestran su total ignorancia del sentido religioso de aquella cabeza rapada del hombre de Dios. Son niños irreligiosos e irreverentes debido a su ignorancia religiosa. Pero detrás de niños israelitas ignorantes había en aquella época, como en tantas, padres desidiosos, cuando no idólatras adoradores de Baal, amigos de los falsos profetas y enemigos de los profetas fieles al Dios de Israel.

            ¿Se entiende mejor, entonces, a qué se debe la severa reacción del profeta que los maldice?

Es que la incredulidad se trasmitía y se incrementaba, entonces como hoy, de generación en generación. Una generación que ignoraba a Dios y a los hombres de Dios, engendra otra generación que se apartaba de ellos. Y esa generación engendraba la de los que se burlaba de ellos. Y la generación que se burlaba de las cosas sagradas y de los hombres de Dios, engendraba otras generaciones capaces de profanar y destruir, y de asesinar a los profetas.

Esa es la gravedad del hecho que el profeta Eliseo supo leer debajo de un hecho aparentemente trivial. De una ‘cosa de muchachos’ como suele decirse.

 

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            La incredulidad se trasmite, pues, de una generación a otra y parece que se fuera arraigando y fortaleciendo de generación en generación. También desde niños hay piedad e impiedad, religión e irreligión, gozo de la caridad o envidia. Y estos osos han destrozado y siguen destrozando cruelmente, en todos los tiempos, a muchos irreverentes.

                La Sagrada Escritura conoce bien esa forma de impiedad militante, que no es sólo cosa de niños sino también de grandes: la burla. ¿No vemos hoy acaso instalada en la publicidad, en las telenovelas, en ciertos espacios radiales, en boca de algunos periodistas, la burla, el menosprecio, el talante burlón, descalificatorio, la ligereza en la crítica y la condenación del catolicismo, de la historia de la Iglesia, de la doctrina moral y dogmática, del magisterio eclesial, de los vestidos y hábitos religiosos, de las costumbres católicas?

                Una generación indiferente engendró una generación atea, y la generación atea engendró otra generación antitea, burlona primero y por fin asesina. La generación que mata a los profetas es hija de la generación que se burla de los profetas. Eso es lo que comprendía Eliseo.

 

                Importa retener esta enseñanza bíblica: la incredulidad es, de alguna manera, asunto de generaciones humanas, de herencia cultural, pero también asunto de generación espiritual, de gestación por obra de un espíritu malo para una vida progresivamente, cada vez más incrédula y alejada de Dios.

                Sólo la irrupción de la vida divina es capaz de romper esta inercia del pecado original y esa acumulación histórica de las herencias de incredulidad que crece de generación en generación. Y esa irrupción salvadora ocurre, como vamos a ver enseguida, con la venida de la Sabiduría de Dios en persona, personificada como una Mujer.

                Los primeros cristianos eran muy conscientes de que con ellos se iniciaba algo nuevo, que rompía con una rutina pecaminosa en la historia de la humanidad, y muy concretamente en la de sus antepasados..

San Pedro, le escribe a unos creyentes cristianos de primera generación, que se han convertido al cristianismo quebrantando la herencia cultural en la que habían sido educados, y les dice: “No os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de vuestra ignorancia, [...] habéis sido rescatados de la conducta necia que habíais heredado de vuestros padres [...] con una sangre preciosa de cordero sin defecto ni mancha, Cristo” [13]

 

Espero, querido oyente, que con de la lectura de estas diversas palabras de Jesús y de estas explicaciones, haya quedado claro a quiénes se refiere Jesús en el evangelio de hoy, cuando dice: “¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación?”

 

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Los hombres de esta generación son, pues, para Jesús, los incrédulos de todos los tiempos, hijos de incrédulos, en el origen de cuya genealogía está el espíritu que es padre de la mentira y homicida desde el principio  Los hombres de esta generación son, en el contexto, de nuestra escena evangélica de hoy, los que se han negado a creer primero en Juan Bautista y luego en Jesús.

                Tengamos en cuenta que en el momento en que Jesús pronuncia estas palabras, la situación del Bautista era dramática. Estaba preso en la fortaleza de Maqueronte por orden de Herodes porque el Bautista le reprochaba que hubiera tomado como amante a la esposa de su hermano.

Desde la prisión, Juan Bautista le había  mandado a Jesús una embajada de discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otro?”. Jesús se puso entonces a obrar grandes prodigios en presencia de los discípulos del Bautista. Eran los signos que los profetas habían anunciado que acompañarían la venida de Dios y de su salvación: “En aquella misma hora Jesús curó a muchos de sus enfermedades y de sus males y de los espíritus malignos, y devolvió la vista a muchos ciegos, y tomando la palabra dijo: Id y comunicad a Juan lo que habéis visto y oído. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados; y bienaventurado es quien no se escandaliza de mí” [14].

Y cuando los discípulos del Bautista se fueron, Jesús empezó a dar testimonio acerca de la grandeza del Bautista: “Yo os aseguro – dijo Jesús - que no hay entre los nacidos de mujer profeta más grande que Juan; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él [15]

¡Qué elogio, para el bautista! ¡Qué elogio para sus propios discípulos!

Reparemos en las palabras: entre los nacidos de mujer y el más pequeño en el Reino de los Cielos... Con Juan Bautista culmina un orden. Con los discípulos de Jesús comienza otro.

Lucas nos dice que “todo el pueblo que escuchó a Juan Bautista y los publicanos que recibieron su bautismo, reconocieron la justicia de Dios” pero que en cambio, los que no quisieron recibir el bautismo de Juan el Bautista “anularon el designio divino respecto de ellos, no haciéndose bautizar por él” [16].

Tenemos así contrapuestos a los hijos de la Sabiduría, por quienes la Sabiduría es reconocida y proclamada justa y por otro lado los hombres de esta generación incrédula.

Pero se nos va el tiempo y conviene ocuparnos de los demás personajes del pasaje evangélico que estamos comentando: es decir, de la Sabiduría divina y de todos sus hijos.

 

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                La Sabiduría divina nos la presenta el libro de los Proverbios personificada como Mujer. La Dama Sabiduría, la Señora Sabiduría. Es una figura femenina que sale en busca de los habitantes de la tierra, grita desde las calles y las plazas, en las encrucijadas de los caminos, invitando a su banquete. El banquete de la Sabiduría prefigura el banquete mesiánico, el banquete del Rey con el que Jesús compara el Reino de los Cielos. Muchos son los faltos de sabiduría e inteligencia que no quieren acudir a esa fiesta para compartir la alegría de Dios, porque se hayan presos de sus preocupaciones económicas, laborales o afectivas.

                Oigamos algunos pasajes del libro de los Proverbios capítulos 8 y 9 donde se nos dibuja la figura encantadora de esa Dama Sabiduría a la que se refiere Jesús:

                “¿Acaso no está llamando a todos la Dama Sabiduría?

                ¿no está llamando a gritos la Inteligencia?

                En las atalayas junto a los caminos,

                En los cruces de caminos, junto a las puertas de la ciudad,

                En todas las plazas alza su voz y llama a los gritos:

                “A vosotros los nobles os dirijo mi pregón

y también a los plebeyos les dirijo la palabra.

Escuchad todos: los inexpertos aprended sagacidad,

Los necios, aprended a tener juicio”... (Prov. 8,1-5)

 

Si en este pasaje hemos visto el impulso bienhechor y apostólico de la Dama Sabiduría, otro pasaje de Proverbios 9 nos muestra a la Sabiduría hospitalaria que invita a todos los mortales a su banquete de ciencia e inteligencia, a compartir sus bienes. Ella vuelca en bien de todos el cuerno de su abundancia:

                “La Dama Sabiduría se ha edificado su casa

                ha labrado siete columnas, ha matado las reses, mezclado el vino

                y tendido la mesa,

                ha despachado a sus hijas

 (nacarotao se traduce mejor por criaditas por hijas pequeñas, niñas, que por servidoras)

a pregonarlo desde las azoteas de la ciudad:

                “El que sea inexperto que venga acá, al falto de juicio le quiero hablar:

                “Venid a comer de mis manjares

                y bebed el vino que he mezclado.

                Dejad la indolencia y viviréis, y caminad por el camino de la inteligencia” (Prov. 9,1-8)

 

¿De dónde le viene a la Dama Sabiduría ese impulso bienhechor y hospitalario? ¿De dónde esa inclinación divinamente filantrópica? Es que esta Sabiduría es la misma que gobernó la creación de cuanto existe y es, desde el principio, amiga de todo ser humano. A todos los busca para tratar con ellos, como un niño busca a los otros para jugar.

Oigamos en Proverbios 8 lo que la Sabiduría, increada y creadora, dice de sí misma y de los que se hacen niños como ella:

                “Cuando (Dios) asentaba los cimientos de la tierra

                yo estaba junto a él (al Dios creador) como un niño pequeño muy querido

(la palabra hebrea ‘amôn tiene dos acepciones: arquitecto, artesano, y niño criado por una nodriza, mimoso, preferido)

                en mí estaba su delicia día tras día,

                y yo me deleitaba jugando y riendo en su presencia en todo momento

                jugando y riendo por todo el orbe habitado de su tierra

                y mi encanto eran los hijos de los hombres” (Prov. 8, 29-31)

 

Este texto sugiere que Dios crea todas las cosas para deleite de la Sabiduría niña, también al ser humano como compañero de sus juegos. La comunión infantil, inocente, lúdica y gratuita, es como un modelo de pureza de comunión que refleja más puramente la caridad trinitaria. Por algo, Jesús dirá que tenemos que recibir el Reino de Dios como un niño recibe a otro niño.

 

                 Quien ha leído y tiene presente este retrato de la Sabiduría divina, Mujer comunicativa de su sabiduría, Madre que envía a sus hijas a invitar al banquete, niña juguetona que hace el deleite de Dios y se deleita jugando con los seres humanos como un niño entre niños, comprenderá mejor en qué estaba pensando Jesús, cuando hablaba de esos niños juguetones, que en la plaza invitan a los hombres de esta generación a jugar ya sea a los lamentos ya sea a las danzas.

 

La Sagrada Escritura nos dice que nuestra Sabiduría es Jesús. Jesús mismo se identificó con la Sabiduría. Por ejemplo, cuando proclama que él es más que Salomón: “La Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, hay aquí hay alguien que es más que Salomón” [17]

Y San Pablo afirma que Dios Padre ha hecho a Cristo “sabiduría, justicia, santificación y redención nuestra” [18]

Los hijos de la Sabiduría son, pues, los discípulos de Jesús, los que creen en él. Ellos son los que declaran justa la Sabiduría, como los publicanos reconocieron la justicia de Dios al recibir el bautismo de Juan. Y a ellos los enviará Jesús, como hijos de la Sabiduría del Padre a predicar a todo el mundo y a todos los pueblos, en todas las calles y plazas, desde las azoteas, la noticia alegre del evangelio, la invitación a la fiesta de Dios, al banquete del Reino de los cielos, la invitación a entrar en la comunión de la vida divina: “Id por todo el mundo y anunciad la buena noticia a toda creatura”  [19] ; “Id pues y enseñad a todas las gentes lo que yo os he mandado  [20]

Jesús habla de los hijos de la Sabiduría divina y piensa en sus discípulos, a quienes llama hijitos míos: “Hijitos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros[21]. Jesús abriga hacia sus discípulos un amor de Padre, que es como el amor con que el Padre lo ama a él: “Así como el Padre me ama, así os amo yo a vosotros” [22].

En este amor está el deleite de estar juntos y en comunión, un deleite como el que, según hemos leído en el libro de los Proverbios, encuentra Dios en los juegos de la Sabiduría niña en su presencia, y como el deleite que encuentra la Sabiduría niña, jugando con los seres humanos. Jesús nos dice; “os he dicho estas cosas para que vuestro deleite y vuestro gozo esté en mí y vuestro gozo sea pleno”  [23]

                Jesús no ignora, y no quiere que sus discípulos ignoremos, que: “en este mundo tendréis tribulación, pero confiad, yo he vencido al mundo”  [24]

Ya se ve que, los discípulos son llamados hijos de la sabiduría por algo más que por una adhesión intelectual a lo que Jesús enseña. Son considerados como engendrados por la Sabiduría, como nacidos, regenerados por ella. Son considerados como Hijos del Padre celestial, superada su generación puramente carnal, que por estar herida por el pecado original, está de algún modo implicada en el drama de las generaciones incrédulas.

                Así como hay generaciones incrédulas hay “generaciones de creyentes”. María canta en su Magnificat: “Bienaventurada me llamarán todas las generaciones”. ¡Sí!: los hijos de la Sabiduría vienen cumpliendo esa profecía de su Madre, la humilde niña de Nazareth, y desde hace dos mil años la vienen proclamando dichosa y bienaventurada; y la regalan y requiebran con coronas de rosas y de Ave Marías, de generación en generación de Hijos de Dios.

 

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Hay pues generaciones de hijos de Dios, de hijos de la sabiduría. No nacidos de la carne, ni de la sangre, ni del querer del hombre, sino de Dios.

                Por eso, el más pequeño de los Hijos de la Sabiduría es decir, de los hijos de María, es más grande que el más grande de los nacidos de mujer, es decir de los hijos de Eva.

                Los hijos de la Sabiduría abrazan, por eso mismo, con facilidad, como camino de la Sabiduría que ellos declaran mejor y justo, el culto de la pequeñez en vez del culto de aquéllas grandezas que cultivan los hijos de esta generación incrédula. Es lógico que los que persiguen y cultivan la grandeza humana, ni se diviertan ni lloren con las fiestas y los duelos de los que celebran y persiguen la pequeñez de la Sabiduría que los ha engendrado.

                Conforme a la profecía de Jesús, sus discípulos tenemos su gozo en medio de las tribulaciones, y recibimos el ciento por uno de lo que por Jesús dejamos. Ciento por uno con las persecuciones que por su amor padecemos, y que no son un impuesto al valor agregado, que hay que descontar del ciento por uno, sino que son real bienaventuranza sobre bienaventuranza, como intereses que se acumulan a un mismo capital de gloria de la caridad sufriente.

 

                Querido hermano: esto que venimos comprendiendo de la Sabiduría evangélica me parece que puede arrojar alguna luz sobre el hecho siguiente

Hoy en día, muchos padres católicos asisten doloridos y consternados, sin comprender del todo la verdadera naturaleza del fenómeno, a la transculturación de sus hijos. Con el término transculturación, quiero significar, el pasaje de la cultura de la fe, es decir de los modos de vivir propios de la fe católica, a una cultura neopagana, anticatólica.

Como gorriones que descubren al tiempo del emplume que han estado alimentando pichones de tordo, muchos padres creyentes descubren consternados, aunque no sepan cómo formularlo, que sus hijos no sólo no han heredado de ellos la fe ni los módulos culturales católicos, sino que los rechazan. No son ellos, sino otros los que han creado el mundo en que vivirán sus hijos. Peor aún, son otros los que les han educado la cabeza y el corazón de sus hijos. Hasta el punto que si bien los reconocen como salidos de sus entrañas y los han amado y se han sacrificado por ellos como por verdaderos hijos según la naturaleza, hoy, ante sus actitudes, no los reconocen como hijos suyos en sus sentimientos y en su conducta, en su indiferencia, su irreligión, su poca o ninguna piedad, su superficialidad, su egoísmo feroz...

Esta nueva generación transculturada, a la que se le vienen arrebatando los sentimientos de piedad familiar, patriótica y religiosa, con cada vez mayor frecuencia, recibe a regañadientes en los colegios católicos una instrucción religiosa, que aplicada como un parche nuevo en un vestido viejo, desgarra al hombre viejo y es arrancado en poco tiempo a los tirones. Que como vino nuevo echado en odres viejos, ‘los reviente’ literal y figuradamente.

De pronto se experimenta que tanto nuestras familias como nuestras instituciones de enseñanza no logran, o encuentran cada vez mayor dificultad en, trasmitir la fe y la cultura católica a las nuevas generaciones, sino que educan a menudo apóstatas precoces, que conocen bien lo que no aman, y hasta odian lo que han conocido.

                ¿Qué pasa? Nos preguntamos. ¿Cómo es posible que la incredulidad y la maldad se trasmitan como por herencia y se vaya agigantando de generación en generación, mientras que parece que con la fe, con la santidad, con el amor a Dios, con la virtud, no pasara otro tanto?

                Es que no basta, por lo visto, haber nacido de padres católicos, en una familia y un ambiente cultural plasmado por generaciones creyentes. Nunca bastó, ni siquiera en épocas y lugares plasmados e impregnados totalmente por una visión creyente de la vida. Como dice Jesús “no pasará esta generación”. Es cierto que todo eso es una ayuda poderosa para orientar en el camino hacia Dios. Pero nunca ha bastado, y hoy, que padecemos la persecución por vía cultural y la demolición de la familia y de los medios de transmisión de la fe por vía socioeconómica y jurídica, basta menos que menos.

 

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                Nos muestra la experiencia que el mundo y su cultura antitea, debilita la fe de muchos y contribuye a que muchos se enfríen en la caridad y se alejen primero de la práctica y a veces hasta  de la comunión de fe eclesial, mientras que otros jamás lleguen a conocer y amar a Dios.

 

                En medio de ese mundo, la Iglesia, Cuerpo místico de la Dama Sabiduría, como comunidad creyente, no sólo de culto, sino de vida, es también poderosa para auxiliar a muchos a iniciarse o mantenerse en el camino de la Caridad.

                Ser Hijo de la Sabiduría, nacer de lo alto, o nacer de nuevo, nacer de Dios, ser regenerado por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, no es algo que nos pueda suceder por vía de generación natural y de educación humana. No es un hecho biológico o cultural. Lo que nace de la carne es carne.

                Nacer de la Sabiduría es un hecho, un acontecimiento de gracia, algo espiritual. Es un ser-sumergido, bautizado, en la comunión con Dios y con los santos, como miembro de un solo Nosotros divino humano.

                Pero eso no quita que la nueva generación y el nuevo nacimiento espiritual, sea algo que sucede a través de la comunión divino eclesial. Como dice San Juan: lo que hemos visto os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros... y nuestra comunión es con el Padre y el Hijo”.

Un solo nosotros divino humano: La Trinidad, el Apóstol enviado y los que le creen...

Así como los incrédulos y su civilización alejan de Dios; los creyentes, la Iglesia y su civilización, pues también lo es, favorece la generación espiritual.

 

La gracia de entrar en esa comunión del único Nosotros, es algo que se nos ofrece con mayor abundancia en un hogar y de unos padres creyentes.

Una madre que vive intensamente su ser hija de Dios y desea ardientemente glorificar al Padre, será evidentemente la primera y más eficaz evangelizadora de sus hijos. La hija de Dios comienza la evangelización del hijo desde la gestación y el amamantamiento.

Moisés aprendió quién era, en el breve tiempo en que su madre lo amamantó. Luego fue llevado al palacio del faraón y educado como un egipcio. ¿Qué impronta misteriosa grabó en su alma su madre? Sin palabras, antes de que pudiera cruzarlas con su hijo; antes que su niño pudiera comprenderlas, mientras lo amamantaba, mientras el niñito Moisés iba despertando a su autoconciencia, la madre de Moisés le comunicó una impronta espiritual, que quedó grabado en el espíritu del pequeño hebreo, de manera semejante a como está el instinto innato en los cachorros de los animales. ¿Quién depositó ese instinto espiritual indeleble en su alma que luego se haría autoconciencia, sentido de identidad y de pertenencia? Su Madre.

 

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¿Quién era la madre de Moisés? No nos ha quedado su nombre. Pero por su fruto podemos conocerla mejor que por su nombre.

 ¿Qué corazón tenía esta mujer creyente que sabiendo que todos los niños hebreos estaban condenados a muerte por el Faraón, se atrevió igualmente a convencer a su esposo a que le diera un hijo? ¿Cómo se atrevió a engendrar un hijo al que el Faraón iba a perseguir a muerte, y por lo tanto tendría que llorar pues le sería arrebatado apenas naciera?

 Esto sólo se explica si ella ponía su esperanza de vida en el Dios redentor de su pueblo, si ella creía firmemente en que su Dios podría no sólo salvar a su hijo de la muerte, sino que podría hacer de él un salvador de su pueblo. Si ella estaba tan llena de esperanza, que confiaba en que su hijo no sólo no iba a morir, sino que podía salvar a otros de la muerte.

 Mucha tiene que haber sido la fe de aquella mujer le trasmitió, con su leche, a su hijo Moisés.  Me conmueve imaginarla mirando los ojitos interrogadores de su mamoncillo. Ella con la mirada, sin palabras, pero con el grito de su corazón creyente le diría, tú eres hebreo, hijo de hebreos, heredero de las Promesas hecha a Abraham, Isaac y Jacob y a su descendencia para siempre, tú eres miembro del pueblo santo de Dios sobre la tierra... perseguido hoy por el Faraón que busca destruirlo con medidas laborales y demográficas... un pueblo que necesita defensores... Tú serás su redentor

 

¿Y tú joven o joven esposa cristiana que me oyes? Tú que, eres hija de Dios, princesa, destinada a dar gloria a tu Padre celestial con toda tu vida en la tierra y en la eternidad... Tú que eres la única puerta por donde puedan entrar en este mundo, para poblar después el cielo con adoradores que alabarán, adorarán, amarán y glorificarán eternamente...

Tú que lo sabes y puedes enseñarlo a tus hijos. Tú hija de la Dama Sabiduría, que puedes decirle a tu bebé quién es aún antes de que pueda oírte y comprenderte. Puedes depositar con tu mirada, en el fondo de sus ojitos que te miran mientras lo tienes al pecho, el mensaje evangélico que le dice quién es.

Engendrar y amamantar, para una hija de Dios, no es un hecho natural. Es un misterio que se vive y se contempla religiosamente.

Leo en el diario espiritual de una mujer: “Me mira con la boca hundida en mi pecho. Me mira sin ver, con sus grandes ojos claros. Fija su mirada en la mía como nadie antes la fijó, sin comprender, sin decir nada. Como quien meditara o pensara. Pero hay tanta serenidad, tanta claridad y transparencia en sus ojos, que nadie jamás meditó, en una paz tan grande, sobre algo tan puro y sin problemas. Dentro de unos cuantos días ya no me mirará así. Entonces querrá comprender, y mirará con curiosidad. Por ahora sus ojos no interrogan: viven. Y es la vida en su inconsciencia, la raíz, la primera esencia de la vida, de la vida en toda su pureza y universalidad. Ni los animales tienen esa mirada serena y sin personalidad. Las flores o el cielo límpido, o el agua de un estanque, solamente contemplan así el mundo. Mi hijo aún no ha empezado a vivir. Parece imposible que un hombre sea algo tan nuevo, tan lleno de posibilidades cuando recién nace. Una página tan blanca donde no hay nada, nada escrito [...] ¿qué hombre, que chico irá a ser esta creatura que aún no existe?... en esa mirada suya no hay vaguedad, hay una inteligencia que aún no tiene conciencia de sí misma” [25]

 

¡Cuánta verdad en este diario de mujer! Ese niño aún no tiene conciencia de ser yo. Es su madre, la que educirá de su corazón esa conciencia, interpelándolo como un . En el fondo de nuestro sabernos yo, está la mirada de nuestra madre que nos decía: tú. Fuimos antes un tú para ella que un yo para nosotros mismos. Pudimos llegar a sabernos Yo, porque hubo una mujer que nos llamó desde fuera de nuestra conciencia llamándonos tú.

Así nuestra Madre y así, en el plano espiritual, nuestra Madre Sabiduría. ¡Pero qué gracia grande cuando la mamá es una hija de la Madre Sabiduría, una ministro de la Señora Sabiduría y le trasmite la invitación al juego de la Sabiduría; le trasmite un llamado de sabiduría divina desde su pecho y su mirada!

Seremos lo que nos ha dicho que somos el corazón de nuestra madre, a través de su mirada. Si nos ha dicho “hijo mío” seremos su hijo. Si nos ha dicho “tú eres un hijo de Dios”, será más fácil que lleguemos a querer serlo y serlo de verdad.

Por eso, la Sabiduría es Mujer, tiene su delicia en sus hijos, y su alegría en alimentarlos.

 

¡Qué generación tan distinta, la generación de los hijos de Dios, en el sacramento del matrimonio vivido en su verdad verdadera, en su profundidad mística y abismal, de unión de dos hijos de Dios, para llenar el cielo de adoradores. Una generación que rompe la cadena funesta de las generaciones de la incredulidad.

 

Cortina musical de diez segundos.

 

El pasaje de hoy nos enseña que la generación incrédula encontrará hoy, como en todas las épocas, motivos de escándalo que le impidan aceptar como creíble el testimonio de los hijos de la Sabiduría de Dios. De todo sacará motivos, aunque sean entre sí contrarios, para descalificarlos. Al Bautista porque era inhumanamente austero, demoníacamente ascético. Y a Jesús porque era demasiado humano, demoníacamente tierno, afable, natural y accesible... con los publicanos.

 

La descalificación, cualquiera sea el motivo y no importa si es por motivos opuestos, sigue usándose hoy contra los creyentes.

Aquel Santo Padre del siglo XX que fue el fiel laico Gilbert K. Chesterton lo percibió agudamente y lo dejó magistralmente retratado en su libro titulado Ortodoxia.

 

[ Prescindible, según haya o falte tiempo]

 [Dice Chesterton: “la doble acusación de los descreídos - pensemos en la acusación al bautista como excesivamente austero y a Jesús como excesivamente relajado - aunque a ellos sólo les hubiera servido para confundirlos, a mí me dio luz acerca de la naturaleza de la fe”. Chesterton descubrió que: “al definir su doctrina principal, no sólo puso la Iglesia lado a lado cosas aparentemente contradictorias, como el guerrero y el pacifista, la virginidad y el matrimonio, la sumisión y la combatividad; sino que hizo más todavía, consintiéndoles chocar entre sí”... “La Iglesia histórica ha cantado, juntamente, las glorias del celibato y de la familia, empeñándose a la vez – si así puede decirse. en tener hijos y en no tenerlos. Y ambas cosas, la virginidad y el matrimonio, las ha mantenido lado a lado, como dos colores intensos, el rojo y el blanco, como están, sin mezclarse, en el escudo de San Jorge. La Iglesia siempre tuvo una saludable aversión por el color rosa; -prosigue Chesterton – siempre detestó eesa falsa combinación de dos colores, que se hace a costa de ambos” ]

 

La generación incrédula del evangelio chocaba tanto contra la austeridad del Bautista como contra la naturalidad de Jesús.

[Chesterton nos ha dejado en su libro Ortodoxia, un examen inmortal de esas acusaciones contradictorias que apuntan a descalificar la obra de Dios y a los suyos y que Chesterton llama las paradojas del cristianismo.]

 

¿No es verdad que se le reprocha al católico que se meta en política? Si lo hace, “quiere imponerle su fe a los demás”. Pero cuando deja de hacerlo, se le reprocha por pensar sólo en la otra vida, y por desentenderse de ésta y transformando la religión en opio del pueblo.

Se le reprochan al católico las riquezas del Vaticano. Se les reprocha a los religiosos el voto de pobreza. La limosna cristiana se ha descalificado como asitencialismo que impide la agudización de las contradicciones. Sin pretenderlo y sin advertirlo, pero en los hechos estos reproches son reproches a la generosidad. A una forma de generosidad que los hombres de esta generación no comprenden.

 Quien no conoce la alegría de dar algo a Dios por amor a Dios, para el esplendor de su culto y para la grandeza y hermosura de su templo, tampoco conoce la alegría de darle al pobre por amor a Dios. Son las dos caras de una misma moneda. Los mismos creyentes que embellecen el Vaticano son los que lo dejan todo para seguir a Cristo en pobreza o los que practican la caridad en una escala por nadie superada. En la Iglesia los creyentes siempre han dado alegremente para las dos cosas.                Sólo mientras sea católica, y hasta que lo sea, se verá en la Argentina el milagro de la fe que mueve montañas. Me refiero muy concretamente a las montañas de auxilios que todos nosotros hemos visto con nuestros propios ojos levantarse delante de la Casa de la Provincia del Chaco o de Corrientes, una y otra vez, con cada inundación. Si al católico le extirparan el amor a Dios, le sacarían también el amor al prójimo.

Si tuviéramos tiempo podríamos alargar la lista de esos reproches por motivos opuestos que se siguen haciendo a los creyentes. Quizás la escena de hoy nos ha permitido comprender mejor su naturaleza.

En suma, los hombres de esta generación, ni entienden ni pueden compartir las alegrías y las tristezas de la Sabiduría y de los nacidos de ella. Pero los hijos de la Sabiduría, le dan razón a su madre.
 
Durante la siguiente oración puede haber una muy suave música de fondo

 

“Oh María, Madre nuestra, Tú que eres la mujer más sabia porque guardas en tu corazón todos los misterios de tu Hijo. Enséñanos a conocerlo, amarlo e imitarlo. Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre y amor, verdad, sabiduría secreta escondidos en tu Corazón inmaculado.

Oh Tú Jesús, Sabiduría eterna de Dios, ilumina nuestros corazones para que reciban y comprendan tu Palabra, inspíranos con la luz de tu Verdad, porque tus palabras son Espíritu y Vida. Recréanos con el gozo de tu palabra. Maestro, enséñanos a ser Hijos del Padre celestial como tú lo fuiste.

Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo: llena nuestros corazones de fe en las palabras de Jesús, inflámanos en el fuego de la caridad y con ella infunde en nosotros el don de sabiduría, fortalécenos con la esperanza en tus promesas

Padre, engéndranos, en esta hora, y en cada hora; en este día, y en cada día. Queremos recibir el ser de Ti siempre y en cada momento aquí sobre la tierra; y en el cielo eternamente, para que podamos glorificarte como Tú lo mereces. Danos el ser, el ver, el oír, el pensar, el entender, el querer tu voluntad, el recordar tu caridad, el quererte sobre todas las cosas. Queremos ser sobre la tierra una generación divina.

 Que nada pueda separarnos de ti, para que podamos ser y llamarnos hijos de la sabiduría eterna, linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para pregonar el poder del que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable”  [26]

AMEN

 

Queridos oyentes, me despido de Ustedes hasta el 4º miércoles del mes próximo, 25 de Octubre, a esta misma hora, si Dios quiere.

 Que glorifiquen al Padre con toda su vida y su Bendición por medio del Hijo y en el Espíritu Santo descienda sobre ustedes y guarde sus corazones en la caridad, el gozo y la paz.



[1] Mt 11,16; Lc 7,31

[2] Mateo 12, 38-42; ver también Mateo 16,4

[3] Mateo 12,45

[4] Ver también Marcos 9,19

[5] Mateo 24,34; Ver Marcos

[6] Lucas 18,8

[7] Mishna, Tratado Sanhedrin 10,1-3; Ed. Eshkol, conferida con H. Danby, Oxford 1967, pp. 397ss. Talmud Ed. Weiss, Acervo Cultural, Bs. As. 1968, T. XVII, pp. 367ss.

[8] Mateo 23,32-36

[9] Juan 42.44

[10] Juan 3,6-8

[11] Juan 1,12-13

[12] 2º Re 2,23-24

[13] 1ª Pedro 1,14.18-19

[14] Lucas 7,21-23

[15] Lucas 7, 28

[16] Lucas 7,29-30

[17] Mateo 12,42

[18] 1º Corintios 1,30

[19] Marcos 16,16

[20] Mateo 28,18

[21] Juan 13,33

[22] Juan 15,9

[23] Juan 15,11

[24] Juan 16,33

[25] Susana Seeber de Mihura, Diario Personal 1933-1944, Editado por Federico Mihura, Buenos Aires 1992, p. 25

[26] 1ª Pedro, 2,9