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Nuevo Testamento, Bienaventuranzas, El Sermón de la Montaña, Multiplicación de los Panes, Corrección Fraterna.

EL SERMÓN DE LA MONTAÑA

LA REGENERACIÓN 

1) Jesús enseñó que era necesario ser engendrado por el Padre y ser hijo de Dios. Los apóstoles le llamaron a este nuevo nacimiento la regeneración (en griego: palingenesia) Es un punto capital de la enseñanza de Jesús, que repiten los apóstoles. Se trata de una generación divina permanente por la cual el Padre engendra a sus hijos en esta vida y en la eternidad, dándoles permanentemente el ser. Y los hijos reciben consciente y activamente el ser que les viene del Padre, con receptividad activa y gozosa.

2) Los apóstoles la  llaman así: regeneración o nueva generación, para distinguirla de la generación natural o carnal, por la que recibimos el ser de nuestros padres según la carne.

3) Por la nueva generación se recibe la vida de Dios Padre. Una vida que abarca todos los niveles de la vida humana: mineral, vegetal, animal, psíquico y espiritual. Pero una vida que agrega a esos niveles el don del Espíritu Santo o Vida divina, que Dios Padre nos entrega y comunica como a verdaderos hijos.

4) Esta revelación es esencial para entender la enseñanza del Sermón de la Montaña, el cual gira efectivamente alrededor de las relaciones interpersonales: Padre-Hijo- Hermanos. Jesús es el Hijo eterno de Dios hecho hombre y como hombre revela perfectamente lo que es como Hijo: Dios engendrado por el Padre, que recibe todo su ser del Padre. Y así vive también humanamente un ser recibido del Padre. Y el gozo de recibir el ser, en todo momento, de las manos del Padre.

Enseñanzas del Nuevo Testamento sobre la Divina Regeneración

a) Jesús

5) Veamos algunos textos del Nuevo Testamento que nos hablan del misterio de la regeneración: "Les dijo Jesús: Yo os aseguro que vosotros, los que me habéis seguido en la regeneración (palingenesia), cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel" (Mt 19, 28).

6) Nótese cómo Jesús pone en paralelo el seguimiento y el misterio de la regeneración, o sea del ser engendrado como hijo de Dios. Seguir a Jesús como maestro, es seguir al Hijo en el camino de ser y vivir como hijos.

7) Jesús le dice a Nicodemo: "En verdad en verdad te digo que el que no nazca de nuevo (gennethé anothen: nazca de nuevo o de lo alto) no puede ver el Reino de Dios'. Le dice Nicodemo: ‘¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?' Le respondió Jesús: ‘En verdad en verdad te digo que el que no nazca de nuevo (gennethé anothen: nazca de nuevo o de lo alto) no puede entrar en el Reino de Dios'. Lo nacido de la carne es carne, lo nacido del Espíritu es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: tenéis que nacer de nuevo y de lo alto. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu. Respondió Nicodemo: ‘¿Cómo puede ser eso?' Jesús le respondió: ‘¿Tú eres maestro en Israel y no sabes eto?'" (Jn 3, 3-10).

8) En este texto, Jesús le explica a Nicodemo la necesidad de la re-generación. Se trata de ser engendrado de nuevo, de nacer de nuevo y de lo alto. La preposición griega ánothen significa ambas cosas. Y Juan intenta hacer valer su ambivalencia. Es también un nacimiento que viene "de lo alto", de Dios Padre y que es obra del Espíritu Santo, al que la Iglesia se complace en llamar "Señor y dador de vida".

9) Jesús parece aludirle a Nicodemo un texto del Eclesiastés (Qohelet) que él debería conocer como maestro de la Ley: "¿Tú eres maestro en Israel e ignoras estas cosas?" (Jn 3, 10). El texto del Eclesiastés al que parece aludir Jesús, dice: "Así como no conoces el camino del espíritu [ creador de vida] en el vientre de la mujer encinta, así tampoco sabes la obra de Dios que todo lo hace" (Eclesiastés 11, 5). El Eclesiastés reconoce en la obra divina de la generación humana un misterio en el que interviene el Espíritu divino. Todo hombre es amasado de la tierra pero en todo hombre sopla Dios un Espíritu de vida, que le llega en el secreto del seno materno, en forma misteriosa e inalcanzable a la experiencia y el conocimiento humano.  De manera semejante, el Espíritu obra en el secreto del corazón de cada hijo de Dios, el misterio de su segunda generación "de lo alto".

b) Pedro y Pablo

10) Pablo le escribe a Tito "Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración (palingenesías) y de renovación del Espíritu Santo" (Tito 3, 4-5). Pablo alude aquí al bautismo, por el cual se es engendrado por el Espíritu Santo, autor de la conversión y la fe, que son una renovación interior total, la creación de un corazón, de una creatura nueva.

11) San Pedro escribe:"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado [anagennésas: ana-gennao: engendrar de nuevo, otra vez, o de lo alto] a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada, inmarchitable, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación" (1 Pe 1,3-5). Pedro relaciona la nueva generación que hace hijos de Dios, con la esperanza de alcanzar la herencia de los hijos.

12) Y el mismo Pedro establece algo más adelante en la misma carta el contraste entre las dos filiaciones; la carnal y la divina: "Como hijos obedientes [del Padre celestial], no os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de vuestra ignorancia, más bien, así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: ‘Sed santos porque santo soy Yo' [Lev 19, 2]. Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro [lejos de la casa paterna o patria celestial], sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa" [1 Pe 1, 14-19).

13) Hay que notar en este texto la oposición de las dos paternidades. De los padres carnales habían heredado los cristianos una conducta necia de acuerdo con la cual vivían antes de su conversión a la fe. Cristo, con su sangre los rescató al precio de su sangre de esa tradición de ignorancia, equivalente a una esclavitud. El temor que Pedro aconseja como norma de la conducta es el respeto filial que es, en la Escritura, comienzo de la Sabiduría: Initium sapientiae timor Domini est.

14) Estos textos explicitan la misma doctrina de la filiación divina que enseña Jesús en el Sermón del Monte. Se es verdaderamente engendrado otra vez, de nuevo, por el Padre, desde lo alto. Y si bien el Espíritu Santo no se nombra en el Sermón, en los demás textos citados y particularmente en el diálogo con Nicodemo y en otros textos, la nueva generación aparece vinculada a su acción.

Dos paternidades: la carnal y la espiritual

15) San Pablo afirma que de Dios "procede toda paternidad en los cielos y en la tierra" (Ef 3, 15) y que por lo tanto también la generación según la carne es, como obra de creación, obra de Dios. Pedro, por su parte, explicita la situación real de la paternidad humana en su actual condición de la naturaleza herida por el pecado, y se refiere a la condición caída de toda paternidad de su tiempo y de todo tiempo. Una paternidad capaz sólo de transmitir una conducta necia, es decir lo contrario de sabia.

16) Pablo muestra el origen divino de la paternidad humana y por lo tanto su vocación excelsa según el plan divino. Pedro marca un contraste entre las dos paternidades, la terrena y humana y la celestial, al tomar en cuenta la situación real de la paternidad humana, necesitada de sanación y salvación.

17) Hay otra diferencia entre la paternidad humana y la divina: en el modo de transmitir el ser y de educar en la sabiduría. Mientras los padres según la carne nos dan el ser por una generación puntual y luego continúan, durante algunos años de niñez y juventud, su obra de formación humana mediante la educación, el Padre celestial, que nos ha creado y llamado a la existencia mediante la generación carnal, nos engendra incesantemente, dándonos el ser en todos los niveles, material, sensible, anímico, intelectual, afectivo, personal. Él nos engendra cada día y nos engendrará eternamente, dándonos vida eterna y compartiendo con nosotros su vida divina.

18) Nuestros padres carnales nos comunican una vida que lleva incorporada la necesidad de la muerte. El Padre, en cambio, nos comunica una vida divina que exige ser eterna.

19) Ser hijo de Dios es saberse como ser recibido de Dios en cada instante. Es abrazar gozosamente esta condición que espeja en la existencia humana la condición del Verbo eterno en la Trinidad.

20) La Sagrada Escritura nos habla de esta vinculación filial al Padre que nos constituye en familia junto con todos los demás reengendrados, hermanos participantes de la misma vida. Jesús dirá: "¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y extendiendo la mano hacia sus discípulos, dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial [como yo la cumplo], ése es mi hermano y mi hermana y mi madre" (Mt 12, 48-50).

21) La relación filial, implica necesariamente las relaciones fraternas. La conciencia filial de Jesús está abierta necesariamente a la conciencia fraterna. Jesús llama a sus discípulos: "hermanitos míos, los más pequeñitos" (Mateo 12, 46-49; 25, 40). Y a sus discípulos les enseña a orar: Padre nuestro. La conciencia fraterna deriva natural y lógicamente de la conciencia filial. Jesús enseña que su Padre es nuestro Padre.

22) Un ejemplo notable de esta conciencia nos lo ofrece el texto en que Jesús resucitado envía a la Magdalena con un mensaje a los apóstoles: "Vete donde los hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios" (Jn 20, 23) Tenemos el mismo Padre en común con Jesús. Él es pues nuestro hermano mayor, o como dirá Pablo "el primogénito entre muchos hermanos" (Rom 8, 29); el primogénito de toda la creación (Col 1, 15); el primogénito de entre los muertos (Col 1, 18; ver Hebr. 1, 16; 11, 28; 12, 23; Apoc 1, 5). Nosotros somos pues sus hermanitos pequeños. El hecho de tener al Padre en común y recibir todos la vida de Él, nos constituye en hermanos. Hay un solo nosotros divino humano que tiene su origen en el Padre.

23) Ese Nosotros divino humano, que tiene una estructura familiar, de vínculos interpersonales originados en su proveniencia divina, es visto también como una ciudad. Y no solamente como "la Casa de mi Padre" donde hay muchas habitaciones y a la que Jesús va para prepararnos un lugar" (Jn 14, 2).

24) La palabra "Casa" era un nombre del templo de Jerusalén: "no hagáis de la casa de mi Padre un mercado" les reprochará a los mercaderes y cambistas (Jn 2, 16). Y los discípulos recordaron la profecía: "El celo por tu casa me consume".  Por lo que puede verse en estas palabras de Jesús una evocación del templo celestial, sino también de la Ciudad Santa Jerusalén. Una ciudad, una comunión de los santos concebida como Ciudad, más aún, como un Reino, el Reino de los Cielos, el Reino del Padre o el Reino de mi Padre.