¡AL QUE SE LE DIO MUCHO, SE LE PEDIRÁ MUCHO!

LAS PARÁBOLAS DEL RETORNO

Lucas 12, 39-48

 

EL EVANGELIO AQUÍ Y AHORA

Radio María

Cuarto Miércoles 29ª Semana

Octubre 25 de 2000

 

 

Buenas tardes queridos oyentes de Radio María:

Me alegro de rencontrarme con ustedes desde Villa Mercedes, Provincia de San Luis, en la Radio de Nuestra Madre, en este 4º miércoles 25 de octubre, para comentar el evangelio de hoy, que es el del miércoles de la 29ª semana del tiempo ordinario.

            El evangelio de la feria de hoy está tomado del Evangelio según San Lucas, capítulo doce, versículos 39 al 48.

 Repito: Lucas 12, 39-48

Escuchémoslo:

 

BPD

En aquél tiempo:

            Jesús dijo a sus discípulos: «Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.»

            Pedro preguntó entonces: «Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?»

            El Señor le dijo: «¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquél a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.

            Pero si este servidor piensa: "Mi señor tardará en llegar", y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.

            El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente.

            Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.»

 

Hasta aquí las palabras del Santo Evangelio.

 

Querido oyente,.

            El texto evangélico que acabamos de leer, es parte de un pasaje en el que el evangelista Lucas reúne varias parábolas de Jesús. Todas esas parábolas exhortan a sus discípulos a permanecer vigilantes en la espera de la venida del Señor.

Las dos parábolas que acabamos de leer pertenecen a un grupo de tres parábolas, de las cuales leímos la primera en la misa de ayer. Hoy leemos las otras dos. Pero aunque las leímos por separado, una ayer y las otras dos hoy, las tres forman una unidad. Y las tres se refieren al retorno de Jesús.

Pertenecen por ese motivo a un tipo de parábolas que llamaré Parábolas del retorno, y a las que voy a referirme más adelante esta tarde.

 

            Cada una de las tres parábolas del retorno que hemos leído entre ayer y hoy, acentúa un aspecto distinto de un mismo acontecimiento.

            Jesús nos quiere inculcar, en estas tres parábolas, que tenemos que tomárnoslo en serio, y que no tenemos que vivir para nosotros mismos sino para Él, que por nosotros murió y resucitó.

            El amor de Jesús es exigente. Él nos dice: “el que ama a su padre o a su madre, a su hija o a su hijo más que a mí, no es digno de mí”. Pero a su vez, Jesús ama al Padre más que a sí mismo, hasta aceptar la muerte por hacer la voluntad del Padre.

Jesús les enseña a los que quieran ser sus discípulos que él no vino a ser servido sino a servir. En primer lugar a servir y hacer la voluntad del Padre. La carta a los Hebreos pone en boca del Verbo que se encarna, al entrar en el mundo, las palabras del Salmo 40: “Sacrificios y holocaustos no quisiste, he aquí que vengo oh Señor, a hacer tu voluntad!”. Y en otro lugar dice Jesús: “mi comida es hacer la voluntad del Padre que me envió” [1].

            Él es pues el Siervo, el servidor del Señor, del que hablaba Isaías. Jesús nos enseña con su ejemplo que el Hombre no debe reclamar ser servido por Dios, sino disponerse a servirlo. Y que el hombre debe servir a Dios amorosamente y de buena gana, como un buen hijo, como Jesús. Y no refunfuñando y a regañadientes como un esclavo rebelde y sometido a la fuerza.

            No es el Señor quien está para servirnos a nosotros sino nosotros para servir a Dios. Sin embargo, los seres humanos tendemos a vivir pendientes de nuestros pequeños intereses y a pensar en Dios como alguien que puede -¡y hasta debe!- ayudarnos y servirnos a nosotros. Hasta tal punto que, a menudo, ni siquiera los “servicios” recibidos de Dios, sirven para encender el amor a Él en nuestros corazones exigentes y caprichosos.

 

            Hace unos años escribí un pequeño opúsculo titulado: “La Parábola del Perro” [2], en el que le hago predicar en verso a un cura imaginario de un imaginario pueblo de provincia. En ese sermón, el cura Cayetano, - así se llama mi personaje - saca toda su doctrina acerca de cómo debe comportarse un hombre con Dios, del comportamiento que tiene un perro con su amo. En cambio, de los seres humanos que pretenden que Dios los sirva en vez de hacerse servidores de Dios, dice, en su Parábola del Perro aquel buen cura:

 

            “¿Me pueden explicar qué dios es ése

            que el hombre puede atarlo a una cadena

            para que vele por sus intereses?

 

            ¿Qué dios, que si él lo llama y no obedece,

            me lo reta y castiga; y lo condena

            o lo perdona cuando le parece?

 

            Imagínense a un cuzco que quisiera

            hacer entrar al dueño en su casilla!

            Por más que rece todo lo que quiera

            No será grato a Dios, si así lo humilla”.

 

[Primera pausa musical de 30 segundos]

 

Los hombres, por lo general, y más todavía en esta civilización individualista, tendemos a privatizar nuestras vidas. Es decir a vivir cada uno como dueño de sí mismo. Además, los filósofos anticristianos han visto las relaciones entre los hombres como relaciones dialécticas, polémicas, conflictivas, de lucha y de oposición. Lucha de clases: entre obreros y patrones, lucha de partidos: hasta el desencadenamiento de guerras civiles, lucha de naciones: guerras entre naciones, lucha de generaciones: entre viejos y jóvenes, lucha de mercados, lucha de sexos: entre hombre y mujer, lucha entre alumnos y docentes, lucha... lucha... lucha también con Dios.

La visión que tenían de sus dioses los pueblos paganos de la Antigüedad, era precisamente una visión de amos despóticos y egoístas. Por eso un hombre, Prometeo tuvo que ingeniárselas para arrebatarle el fuego a unos dioses avaros y mezquinos, que se calentaban ellos y dejaban al hombre pasar frío y necesidad. Los hombres tenían que robarle a unos dioses incapaces de amarlos, lo que necesitaban para su bienestar.

En esas visiones, la servidumbre es realmente una esclavitud desgraciada. El amo es un opresor y el servidor un esclavo. Pero no es así en la visión bíblica, donde “servir a Dios es reinar”.

En la visión bíblica, en efecto, un Dios dadivoso, generoso con el hombre, le entrega la creación y lo hace rey de ella para que la gobierne, y al sexto día de la creación, lo sienta para servirlo y alimentarlo.

En la visión cristiana, Dios se revela todavía más filántropo. Hecho hombre, Cristo revela en un nuevo tipo de hombre, a un Dios que es capaz de morir por amor a todos para que los demás vivan. Él, pudiendo venir como amo dominador y despótico, quiso venir como servidor, como amigo. Pudiendo venir como un tirano, quiso mostrarse Padre enviando a su Hijo muy amado.

Esto es lo que Jesús practicó y enseñó a sus discípulos: “El que entre vosotros quiera ser el primero, hágase el último y el servidor de todos, porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” [3].

La idea cristiana de la convivencia entre los hombres, que es reflejo de la relación entre Dios y los hombres, no es, por lo tanto, la dialéctica del amo o del esclavo, según la cual el que no domina es dominado: “Si no dominás a los demás, ellos te dominan; si no los sometés vos, te someten ellos”

No. La visión cristiana de la relación entre los hombres es fraterna, amistosa. Todos hijos de un mismo Padre, a los que el Padre ama y por lo tanto deben amarse, sin otra consideración, ni condiciones, ni motivos para amarse que eso: el Padre me ama, nos ama, lo ama. No una convivencia basada en la rivalidad y la dominación sino en la generosidad, la solidaridad y el servicio amoroso.

Tenemos que servir con amor. No como esclavos, sino voluntaria y amorosamente, como hermanos, al Padre y a Jesús en primer lugar, y a todos los demás como Jesús y por amor al Padre. Esta visión de paz ha de ser nuestro telón de fondo cuando meditamos las parábolas del retorno.

Esta visión la tenemos que tener muy en cuenta cuando leemos las parábolas del retorno en las que se nos habla de un Señor que se va de viaje y de unos servidores a los que les encomienda sus intereses.

 

[Segunda pausa musical: 30 segundos

[Va un minuto de pausas]

 

En la primera de este grupo de tres parábolas, en la que se leía en la misa de ayer, decía Jesús: “tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas. Sed como los criados que están esperando a que su Señor vuelva de una boda, para abrirle en cuanto llegue y llame. Dichosos los criados a quienes el Señor encuentre vigilantes a su llegada. Os aseguro que se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos a ellos. Si viene a media noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos[4]

 

            ¿No resulta asombroso este Señor que al volver de una fiesta, se ciñe, hace sentar a los servidores y se pone a servirlos él? ¿Reconocemos el gesto? ¿No es acaso eso lo que hizo Jesús en la última cena, cuando se ciñó una toalla y se puso a lavarle los pies a sus discípulos?

            Parece que Lucas quisiera decirnos: miren que así es el Señor al que estamos esperando. Merece ser esperado amorosamente, gustosamente, no por deber. Sin miedos serviles, sin impaciencias, sin fastidios, pero sobre todo sin olvidarnos de él. Velando amorosamente por sus intereses, sin adueñarnos de sus bienes y sin privatizar nuestra administración.

            Esto es lo que ha comenzado a sugerirnos Jesús en la primera de estas tres parábolas, la cual se nos ha leído en la misa de ayer. Las dos parábolas de hoy continúan desarrollando e inculcando la misma idea de que no somos dueños sino sólo servidores y administradores.

Servidores y administradores: Sí, ¡Pero de qué Señor! ¡De un Señor que merece ser inolvidable! ¡Que merece ser extrañado en su ausencia! ¡Un Señor que se ha hecho querer tanto por sus servidores, que sus servidores pierden el sueño y hasta el apetito con sus ausencia, y no recobran su alegría hasta que él vuelve! ¡Y cuando vuelve y los ve tan mal dormidos, tan mal comidos, tan demacrados por la larga espera, tan maltrechos de ausencia, el mismo Señor se pone a servirlos! Y se franquea y se confía con ellos, y les abre su corazón como a amigos.

Es que el servicio evangélico es un intercambio de caridad, un intercambio de favores y gracia, un intercambio de amor. ¡Qué lejos estamos de la dialéctica [hegeliana] del amo y del esclavo! ¡Qué lejos del golpe de audacia de Prometeo contra los dioses mezquinos!

 

La segunda parábola, - que es la primera de las leídas hoy -, apunta a encarecernos la incertidumbre de la hora en que tendrá lugar la venida del Señor: “el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.

La tercera parábola, que Jesús dice ante el pedido de explicaciones de Pedro, parece dirigida a los que tienen autoridad de pastores dentro de la Iglesia. Si no somos dueños sino administradores de nuestra propia vida, mucho menos somos dueños de la vida de los que nos han sido confiados para que los sirvamos en la Iglesia, o en la Iglesia doméstica que es la familia.

            Esta parábola subraya la mayor responsabilidad que tienen en la Iglesia aquéllos que Jesús ha puesto a servir en los múltiples ministerios de la caridad, desde la enseñanza y el gobierno, hasta la oración y la limosna.

            El que sirve amorosamente, no se cree que ha hecho mucho cuando ha hecho lo que le dictaba su amor. Creo que es en ese sentido que puede interpretarse aquél dicho de Jesús que nos cuenta Lucas: “Así también vosotros, cuando hayáis hecho estas cosas que os están mandadas, decid: Siervos inútiles somos, lo que teníamos que hacer, eso hicimos” [5]

            San Pablo va a formular hermosamente la misma cuando dice: “ninguno de nosotros vive para sí mismo como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos, ya muramos, del Señor somos”[6]. Y en otro lugar refuerza esta idea de que nadie se pertenece a sí mismo sino que pertenece al Señor: “Todo es vuestro, ya sea Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro [sí], pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios” [7]

 

[Tercera pausa musical breve: 20 segundos

[Va un minuto y 20 segundos de pausas]]

 

            La razón de que le pertenezcamos a Jesús, es que él nos ha comprado. Nos ha comprado con su sangre cuando éramos esclavos. Esclavos de nuestros pecados, de nuestras pasiones, de las modas del mundo, de la opinión de los demás, de los afanes por procurarnos riquezas, honores; esclavos de las mentiras del demonio; esclavos del culto soberbio de nuestra propia rebeldía contra Dios, contra sus mandamientos, su voluntad, las solicitaciones suavísimas de su Espíritu Santo. Éramos esclavos de nuestro celo por nuestra libertad. Olvidados, o más bien ignorantes, de que “servir a Dios es reinar”.

            La Caridad de Jesús nos ha arrebatado efectivamente de la dialéctica del amo y el esclavo, para hacernos hijos libres del Padre. Pero eso nos ata a él con las cadenas de la amistad y de la caridad. Pasamos a ser suyos por amor.

 Por eso dirá Pablo: “¿No sabéis... que no os pertenecéis? ... Habéis sido comprados [8] a buen precio”

            ¿A qué precio? El Apóstol Pedro nos lo dice: “habéis sido rescatados de [la esclavitud] de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha ni mancha, Cristo” [9].

            Pondré pues mi mano sobre mi corazón y le diré: corazón mío, ¿a quién quieres pertenecer? ¿Quieres vivir para ti mismo? ¿O quieres vivir para el que te amó hasta entregarse a sí mismo a la muerte por ti, para librarte de tus cadenas egoístas? ¿Quieres vivir tu vida como si no la hubieras recibido del Padre y no la hubiera recuperado Cristo del Señorío de la carne, del mundo y del demonio? ¿O quieres responder con tu amor a tanto amor y entregarte al que se te entregó? ¿quieres ser y vivir como hijo a ejemplo de Jesús, no para ti y buscando tu propia gloria, sino recibiendo tu ser y tu vida del Padre que te engendra y devolviéndole la gloria que él merece con todo tu ser y tu existencia?

            ¿Quieres vivir como alguien que no espera la venida de su Señor y se ha adueñado de los bienes que le entregaron en administración? ¿cuál es tu relación con tu Señor? ¿La del que no quiere dar cuentas de su administración? ¿O la del que administra diligentemente bienes divinos que se le han confiado?

            Corazón mío, vive pues para tu Señor, no para ti mismo. Porque el que se busca a sí mismo se perderá pero el que vive para Jesús y el Padre, ése se salvará.

 

[Cuarta pausa musical: Un minuto]

[Van dos minutos y 20 segundos en pausas]

 

Las parábolas que estamos comentando hoy, pertenecen a un género de parábolas de Jesús a las que les hemos llamado: “Parábolas del Retorno”.

            A este grupo de parábolas pertenecen, la parábola de los viñadores homicidas [10], las parábola de los administradores infieles [11] , la de las vírgenes necias y las vírgenes prudentes [12] , la parábola de los talentos [13] , la parábola del juicio final de las naciones [14].

Y yo pondría, como en la cumbre de todas ellas, la que encontramos al final del Apocalipsis, y que es como el cierre solemne del Nuevo Testamento: la parábola, -si es que la podemos llamar así-, de la esposa que espera la venida del esposo, y lo llama: ¡Ven Señor Jesús! ¡Marán atá!.

 

Hay una gradación y una progresión en las parábolas del retorno, que se diversifican según la disposición apropiada o no, de los que deben aguardar y recibir al Señor.

La disposición más hostil es la de los viñadores homicidas, que asesinan a todos los que vienen a cobrar los derechos del dueño de la viña, hasta que por fin matan al hijo

 

«Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se ausentó. Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió a otro siervo; también a éste le descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: `A mi hijo le respetarán'. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: `Éste es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia.' Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña. ¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labradores y entregará la viña a otros. ¿No habéis leído esta Escritura:

La piedra que los constructores desecharon,

en piedra angular se ha convertido;

fue el Señor quien hizo esto

y es maravilloso a nuestros ojos?»

Trataban de detenerle -pero tuvieron miedo a la gente- porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron [15].

        

            Esta parábola del retorno muestra que los que viven haciéndose dueños de la creación y de sí mismos, los que privatizan su vida y su existencia, los que viven su relación con Dios según la dialéctica del amo y del esclavo, sienten que Dios y sus enviados son como intrusos que amenazan su propiedad

                Dice Juan Pablo II: “poniendo en duda la verdad de Dios, que es Amor, y dejando sólo la conciencia de amo y esclavo [...] el Señor aparece como celoso de su poder sobre el mundo y sobre el hombre; en consecuencia el hombre se siente inducido a la lucha contra Dios [...] el hombre se ve empujado a tomar posiciones contra el amo que lo tenía esclavizado” [16].

            . La soberbia humana que se apodera de la creación y de los demás, se hace deicida. Puede ser que aún tolere a Dios como idea, pero no como alguien real que tiene derechos sobre su vida y al que hay que darle cuenta de la administración, diezmo de los bienes cosechados. Es la actitud más hostil. Los viñadores homicidas no son discípulos de Cristo, sino sus enemigos.

 

                Las parábolas de las diez vírgenes, de los talentos y de los administradores infieles, se refieren, en cambio, a discípulos de Jesús. Pero a discípulos que no actúan consecuentemente con su condición. Que no toman en serio la realidad de Cristo y de que están llamados a ser amorosos administradores. Ya sea por pura imprevisión, como las vírgenes necias, ya sea por miedo como el que entierra sus talentos, estos servidores, padecen más que del dolo de los viñadores homicidas, de no tomarse en serio a Dios, pero sobre todo de no implicarse amorosamente con el plan divino.

 

Las parábolas que hemos leído ayer y hoy en Lucas, en cambio, nos muestran otro tipo de servidor. Ya lo hemos dicho. Son los servidores afectuosos, diríamos mimosos, que sufren mientras su Señor está ausente porque su felicidad está en estar con Él. Por eso, no lo esperan por deber, sino por amor. No por ley sino por gracia. Aún son siervos, es verdad. Pero hasta que llega el Señor, se ciñe y se pone a servirlos y les dice, como Jesús en la última cena, promoviéndolos del rango de servidores al de amigos: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca”  [17]

            ¡Oh sí Jesús! Éste es el modo como quiero estar en la vida. Como amigo tuyo, honrado por la revelación de tus planes y designios secretos y por haber sido puesto a realizarlos junto contigo, como tú, a imitación tuya. Quiero fructificar las obras que el Padre tiene destinadas para que las realice, como hijo, como amigo del Hijo a quien el Hijo le tiene la confianza para revelarle sus planes y asociarlo a sus afanes, luchas, metas y propósitos. ¡cuánto mejor es vivir así! ¡para la gloria del Padre! Que no para sí mismo, para un plan egocéntrico, minúsculo, privado y destinado a perecer conmigo.

 

[Quinta pausa musical de sólo 10 segundos]

 

            ¿Es posible esperar mejor a Jesús que con este anhelo de servidor que ha sido levantado por gracia a la condición de amigo?

            Sí es posible. Es posible esperar la venida del Señor de una manera mucho más ferviente, más afectuosa, más amorosa y anhelante:

“¡Maran Atá! ¡Ven Señor Jesús!” El suspiro de la novia al final del Apocalipsis, el gemido de la esposa que anhela la manifestación gloriosa y el retorno del Esposo es la cumbre de las actitudes de espera que nos retratan las parábolas del retorno: El Espíritu y la Novia dicen: «¡Ven!» Y el que oiga, diga: «¡Ven!» Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida” [18].

            Esta es la cumbre de las parábolas del retorno. Es la cumbre de la revelación de lo que es la esperanza cristiana y el anhelo de la vida eterna, como vivir en presencia del Señor.

 

[Sexta pausa musical: 30 segundos]

[Van tres minutos en pausas]

 

Las parábolas del Retorno nos demuestran que nuestra fe no es sólo una doctrina, ni un mensaje, ni una verdad abstracta. Que ser cristiano es estar vinculado por un lazo de amor a una persona. Que la esencia del cristianismo no es ninguna idea por muy sublime que sea, sino una persona: Jesús, que nos lleva al Padre, que nos sumerge en una comunión de amor. Que ha ido a prepararnos un lugar y que volverá a buscarnos y a llevarnos con Él, “para que allí donde estoy estéis también vosotros”.

Por eso, las virtudes teologales son tres. No basta la fe que conoce. Es necesario que la fe inflame la caridad que ama. Y ambas se encienden, durante esta vida, durante la historia, en el deseo del retorno del Señor amado, del amigo, del esposo...

            La fe, sin caridad ni esperanza, se quedaría en gnosis, que pueden tener los demonios.

            La fe y la caridad, sin esperanza, no alcanzarían la realidad de Dios en Cristo: Juez de vivos y muertos, Señor de la historia.

 

            Las parábolas del retorno nos ponen, por eso, en el corazón del hecho cristiano. Nos definen la esencia del cristianismo. Así se llama un librito de Romano Guardini, ese gran maestro de los católicos del siglo XX, cuya lectura me impactó fuertemente en mi juventud: “La esencia del Cristianismo” [19]  .

            Querido oyente, para terminar nuestra meditación evangélica de esta tarde, quiero contarte algo de lo que dice Guardini en este esencial librito. Pero antes, te pido que por un momento te imagines que alguien que no es cristiano te pregunta ¿qué es ser cristiano? ¿Cuál es la diferencia de la fe católica respecto de otras religiones? ¿Qué responderías?

 

[Séptima pausa musical: 30 segundos]

[Van tres minutos y treinta segundos en pausas]

 

La pregunta por la esencia del cristianismo, -dice Guardini- ha sido contestada de modos muy diversos. Se ha dicho que lo esencial del cristianismo es que en él la personalidad individual avanza al centro de la conciencia religiosa; se ha afirmado que la esencia del cristianismo radica en que en él Dios se revela como Padre, quedando el creyentes situado frente a Él directa e inmediatamente; también se ha sostenido que lo peculiar del cristianismo es ser una religión que pone el amor al prójimo en primer lugar.

La enumeración de opiniones podría continuarse hasta llegar a aquellas teorías que tratan de presentar al cristianismo como la religión perfecta en absoluto, tanto por ser la que está más de acuerdo con los postulados de la razón, como por ser la que tiene la doctrina ética más elevada y que coincide con las exigencias de la naturaleza.

Ninguna de estas respuestas da con la esencia del hecho cristiano. Todas ellas angostan la totalidad de la realidad cristiana, la reducen a un momento o a un aspecto, que por una u otra razón parece ser el más importante y decisivo.

Ningún concepto puede dar razón de la esencia del cristianismo. Lo propiamente cristiano no puede deducirse de presuposiciones terrenas, ni puede determinarse por medio de categorías naturales, porque de esa manera se anula lo esencial.

El cristianismo no es, en último término, ni una doctrina de la verdad ni una interpretación de la vida. Es todo eso también, pero nada de eso constituye su esencia nuclear. Su esencia está constituida por Jesús de Nazareth, por su existencia, por su obra y su destino concretos; es decir por una personalidad histórica.

Algo semejante, en cierto modo, a lo que con estas palabras quiere decirse, lo experimenta todo aquél para el que adquiere significación esencial otra persona. Para él no es ni la idea de la humanidad, ni la idea de lo humano, lo que reviste importancia, sino esta persona concreta. Ella determina todo lo demás, y tanto más profunda y ampliamente cuanto más intensa es la relación. Puede llegarse incluso a que todo: el mundo, el destino y el cometido propio, pasen a través de la persona amada, a que ésta se halle contenida en todo, a que se la vea a través de todo y a que todo reciba de ella su sentido. En la experiencia de un gran amor todo el mundo confluye en la relación yo-tú, y todo cuanto acontece se convierte en un episodio dentro de ese ámbito. El elemento personal al que se refiere en último término el amor, y que representa la más elevada entre las realidades del mundo, penetra y determino todo lo demás: espacio y paisaje, la piedra, el árbol y los animales... Todo ello es cierto, pero tiene lugar solamente entre este yo y este tú.

Cuanto más evidente se hace el amor, tanto menos se pretende, sin embargo, que lo que para él constituye el centro del mundo ha de revestir también esta cualidad para los demás. Una pretensión de esta especie podría ser sincera desde el punto de vista lírico; pero constituiría, por lo demás, un desatino.

Para la doctrina cristiana, en cambio, la situación es otra. La doctrina cristiana afirma, en efecto, que por la encarnación, por la humanización del Hijo de Dios, por su muerte y su resurrección, por el misterio de la fe y de la gracia, toda la creación se ha visto exhortada a abandonar su aparente objetividad y a situarse, como bajo una norma decisiva, bajo la determinación de una realidad personal, a saber: bajo la persona de Jesucristo.

En la vida y en el obrar cristiano, la persona histórica de Cristo ocupa el lugar de la norma general, el lugar de las ideas. Por eso, notémoslo bien: cuando hablamos de la persona histórica de Cristo, no hablamos de la idea de Cristo. La fe cristiana es una religión de la presencia. Presencia eucarística, presencia espiritual, presencia sacramental, presencia comunitaria, presencia mística... Si otras son religiones del libro, la fe católica es religión de la presencia y religión de la espera del retorno, o sea del deseo de la presencia...

La historia de los hombres no la conducen ni la política, ni la economía, ni las ideas, sino que toda ella está bajo el poderío de una persona: Cristo. A quien el Padre le ha dado todo poder en los cielos, en la tierra y en los abismos, y que es uno solo con su Iglesia peregrina en la tierra.

 

En el pequeño opúsculo titulado: “La Parábola del Perro”, le hago decir al imaginario cura Cayetano en su sermón, con lenguaje sencillo y en verso, la misma idea del docto Guardini. El cura Cayetano les pone a sus fieles como ejemplo al perro, como modelo de fidelidad y religiosidad. Pero, sobre todo, como ejemplo de sentido de lo concreto y de incapacidad incurrir en ilusiones gnósticas y de cambiar al amo real por ninguna idea, abstracción o concepto, símbolo o transignificación:

“Mis queridos hermanos, nos decía,

Si queremos ser santos y perfectos

Con una sola cosa bastaría....

No está la cosa en no tener defectos,

Sino en tenerle a Dios el mismo afecto

Que un cuzco fiel a su amor le tendría.

 

Pongámonos la mano sobre el pecho.

Veamos -en materia de alabanza

Y acción de gracias- si lo que hemos hecho,

Pesa menos o más, en la balanza,

Que lo que el can más flaco y más maltrecho

Tributa a un dueño avaro, que le alcanza

Las sobras de fideos, los desechos

Que no le bastan a llenar la panza.

 

Díganme –hermanos míos- ¿si hay derecho?

¡si con sólo pensarlo me entristezco!

¡Parece cosa que no tiene nombre!

Y corríjanme ustedes si le erro:

¿No es verdad que, con Dios, se porta el hombre,

a menudo peor que lo que un perro?

 

Él nos da de comer. Nos alimenta.

El nos permite hacerle compañía

Por Él, tiene sentido la existencia

Y no andamos perdidos por la vida.

Sin Él, el hombre es perro vagabundo.

La viva imagen de la desventura.

Perdido por las calles de este mundo

Escarba su comida en la basura.

 

¡Por Dios! ¡Por dios! Hermanos no seamos

una raza de perros mal nacidos!

Que no meneas la cola ante su amo

O le gruñen ¡como a un desconocido!

Un perro debe al amo la comida

¿Y nosotros a Dios? ¡No sólo eso!

Sino ¡todo! Empezando por la vida,

Salud, amor, trabajo... ¡hasta los pesos!

¡Pero a cuántos se le hace cuesta arriba

venir a demostrarle su contento!

¡cuántos gruñen a Dios porque: ‘los priva...’

¡cuántos lo avanzan si les toca un hueso!

 

¿Así se trata a Dios? ¡Ya no hay respeto!

 

En salirle al encuentro cada día,

Agitando la cola en su presencia.

Y brincando, con saltos de alegría,

Rendirle honor.. y gloria... y reverencia

 

La fe huele y escucha al dueño amado,

Al glorioso Jesús resucitado,

Y si el alma penaba triste y sola,

Le sale como perro alborotado

Brincándole y meneándole la cola...

O sale, se en su ausencia le ha faltado,

Si ha desobedecido o sido ingrata,

De oreja gacha y con el lomo arqueado,

Con el rabo metido entre las patas....

 

“Pero el alma, culpable o inocente,

no menea la cola ante una idea.

Si es de veras un alma de creyente,

Sólo se alegra con Jesús presente.

Y anhela estar con él sea como sea”

 

Y no es de otra manera como San Pablo y en su seguimiento el Catecismo de la Iglesia católica definen el cielo y la vida eterna: es un estar con Cristo de los que lo aman.

Por el contrario, la condenación y el infierno, consisten en el estar lejos de su presencia. Dice San Pablo: “Éstos sufrirán la pena de una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día a ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” [20]. Y el Catecismo enseña: “Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre” [...] “este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno” (CIC 1033)

 

En cambio, del cielo dice San Pablo: “mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión”  [21]; “seremos arrebatados en las nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor” [22]. “Deseo ser desatado y estar con Cristo”  [23]

Y el catecismo de la Iglesia Católica enseña: “Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo” (CIC 1023) “Esta vida perfecta con la santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo” (CIC 1024) “Vivir en el cielo es estar con Cristo” (CIC 1025).

 

Queridos oyentes: que nada nos separe de él.

Será si Dios quiere hasta el cuarto miércoles, 22 de noviembre, en que les estaré hablando desde Quines, en San Luis. Hasta entonces, Salud, Paz y Bendición.

 

 



[1] Juan 4, 34

[2] Horacio Bojorge, La Parábola del Perro. Doctrina espiritual del Cura Cayetano. La oración sin esfuerzo por el método Assimil. Editorial Gladius – Narnia; Buenos Aires – Mendoza, 2000

[3] Marcos 10, 44-45

[4] Lucas 12,35-48

[5] Lucas 17,10

[6] Rom 14,7-8

[7] 1 Cor 3,21

[8] 1 Cor 6,19-20

[9] 1ª Pe 1,18-19

[10] Marcos 12, 1-12

[11] Lucas 16, 1-13; Mateo 24, 48-51: “Pero si el mal siervo dijera, para sus adentros: Mi amo tardará en llegar, y comenzara a golpear a sus compañeros y a comer y a beber con borrachos, vendrá el amo de ese siervo el día que menos lo espera y a hora que no sabe, y le hará azotar y le echará con los hipócritas: allí habrá llanto y crujir de dientes”

[12] Mateo 25, 1-13

[13] Mateo 25, 14-30

[14] Mateo 25, 31-46

[15] Marcos 12, 1-12

[16] Juan Pablo II, Cruzando el Umbral de la Esperanza, Ed. Plaza y Janés, Madrid, 1994, p. 221

[17] Juan 15, 14-16

[18] Apocalipsis 22, 17

[19] Romano Guardini, La Esencia del Cristianismo Madrid 1964

[20] 2 Tesalonicenses 1, 8-9

[21] 2 Corintios 5, 6-7

[22] 1 Tesalonicenses 4, 17

[23] Filipenses 1, 23