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ASPECTOS BIBLICOS DE LA TEOLOGÍA DEL LAICADO

EL FIEL LAICO EN EL HORIZONTE DE SU PERTENENCIA

HORACIO BOJORGE S.J.

Indice

Introducción

Tesis principales

1. El ser del fiel laico

2. El llamado a la santidad

3. El ser en la iglesia.Koinonía. Misión

4. En el mundo y no del mundo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4.- MISIÓN Y SITUACIÓN:

EN EL MUNDO PERO NO DEL MUNDO

CONTENIDO

1. INTRODUCCIÓN

1.1 La doctrina del magisterio ---- 1.2 Otras solicitaciones

1.3 Las indiscreciones propias ---- 1.4 Entre el deslumbramiento y el miedo

1.5 La Sabiduría cristiana y la oración

2. MISIÓN AL MUNDO Y EXPANSIÓN DEL NOSOTROS A LA LUZ DE JUAN 17

2.1 Expansión del nosotros y misión al mundo en la estructura de Juan 17

2.2 Los que son míos no están aún conmigo --- 2.3 Enviados al mundo como el Hijo

2.4 "Guárdalos del Malo", "Líbranos del mal"

2.5 En el mundo material pero no materialista sino del Espíritu

2.6 El mundo los ha odiado

3. EL MODO CRISTIANO DE ESTAR EN EL MUNDO

3.1 La postura cristiana --- 3.2 Líneas de aplicabilidad actual

3.3 Puesto que ya llegó el Mesías --- 3.4 Relación compleja con el mundo

4. VELAD

5. LA CULTURA DE LA PERTENENCIA

6. LA VICTORIA DEL CREYENTE

7. REINO DE DIOS = FAMILIA DE DIOS

NOTAS

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INTRODUCCIÓN.

 

En esta introducción al cuarto punto de nuestra exposición conviene señalar a grandes rasgos la diversidad de solicitaciones que reciben los creyentes, con el fin de entrar al tema conscientes de los tironeos y retorsiones a que está sometido el discurso eclesial, el vulgar, el pastoral y el teológico, cuando piensa y habla de la existencia cristiana en el mundo.

1.1 La doctrina del magisterio.

El Concilio y el posterior magisterio sinodal y pontificio contienen directivas clara que expresan lo que debe ser y no debe ser el cristiano.

Principalmente Lumen gentium, 31, Gaudium es spes, 43, Apostolicam actuositatem, Christifideles laici que recoge los resultados del Sínodo de 1987.

El creyente está en el mundo como enviado al mundo. "Ejerce la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo". Así lo ha expresado el Concilio en la Lumen gentium (n. 31). "El carácter secular es propio y peculiar de los laicos (...); a ellos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y en cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera, que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor" (L.G 31).

 

"El Concilio exhorta a los cristianos –en la Gaudium et spes, n.43– ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura (Heb. 13,14), consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga a un más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno (2 Tes. 3,6; Ef. 4,28). Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre fe y vida diaria de muchos debe considerarse como uno de los más graves errores de nuestra época (...). No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa, por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su salvación eterna. Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales, haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios.

Competen a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y el dinamismo seculares (...) a la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena (...) los laicos, que desempeñan parte activa en toda la vida de la Iglesia, no solamente están obligados a cristianizar el mundo, sino que además su vocación se extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana" (GS 43).

El perfil positivo presenta al fiel cristiano, ejerciendo la misión de todo el pueblo cristiano, en la Iglesia y en el mundo. Le asigna como propio y peculiar el carácter y el dinamismo seculares, aunque no en forma excluyente (LG 31; GS 43). El último Sínodo y Juan Pablo II vuelven a reproponer esta doctrina: "He aquí entonces, al fiel laico lanzado hacia las fronteras de la historia...". A los fieles compete buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales (LG 31).

Recentísimamente el papa Juan Pablo II, reitera el envío misionero de los fieles en los mismo términos: "En el contexto de la Iglesia-misión, el fiel laico no sólo comparte la responsabilidad del mandato misionero, sino que se distingue por una propia característica opción de compromiso para la difusión del reino de Dios. La Iglesia, recordó el papa Pablo VI, en la línea del Concilio posee una auténtica dimensión secular, inherente a su naturaleza íntima y a su misión, cuya raíz se hinca en el misterio del Verbo encarnado, y que se ha realizado de modos distintos en sus miembros". (1)

Ahora bien, la realización de esta dimensión secular, de por sí común a todos los bautizados tiene una forma peculiar de actuación en el fiel laico. El Concilio la llamó "índole secular"; el fiel laico vive "en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia esté entretejida" (LG 31). De esta manera, él colabora en la realización de la misión integral de la Iglesia, que "no es sólo ofrecer a los hombres el mensaje y la gracia de Cristo, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico". (2)

He aquí entonces, al fiel laico lanzado hacia las fronteras de la historia: la familia, la cultura, el mundo del trabajo, los bienes económicos, la política, la ciencia y la técnica, la comunicación social; los grandes problemas de la vida, de la solidaridad, de la paz, de la ética profesional, de los derechos de la persona humana, de la educación, de la libertad religiosa. El Sínodo no ha podido afrontar cada uno de estos complejos temas, pero ha descrito al fiel laico en este protagonismo cristiano en el mundo, asociado y animado por los fieles pastores y por los fieles religiosos y religiosas con tareas diferentes en la misión común" (3)

Del último párrafo citado, se hizo eco el señor presidente Raúl R. Alfonsín en el Discurso en ocasión de su visita oficial al Vaticano, el 11-XI-1987: "Hemos seguido con particular interés el reciente Sínodo de los Obispos sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. A los que trabajamos directamente en la construcción de una sociedad más justa y solidaria, nos interesa particularmente el tema y las conclusiones. Acogemos con alegría y gratitud vuestras palabras en la Misa de clausura del Sínodo: ‘He aquí entonces, al fiel laico lanzado hacia las fronteras (sigue la cita de las palabras del Papa hasta:) de la libertad religiosa’. Sabemos que en estos campos se juega, en definitiva, la vida digna y el destino final de nuestros pueblos. Beatísimo Padre: la paz en la Argentina, tiene entre sus causas la mediación que esta Santa Sede asumió..." (4)

Dos formas principales asume la re-misión ante esta misión asignada por Dios. Contra esas dos actitudes equivocadas –no cristianas– de estar en el mundo, precavía el Concilio a los fieles:

Es el descuido de las tareas temporales, entendiendo mal o pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente (Heb. 13,14), es decir, sacando una conclusión falsa de la condición de peregrinos y extranjeros en el mundo; otra es la embriaguez de quienes piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa.

El Concilio diagnostica que estas dos actitudes equivocadas tienen una raíz común a ambas: el divorcio entre fe y vida diaria de muchos, que debe considerarse como uno de los más graves errores de nuestra época (GS 43). De esa misma raíz brotan tentaciones reduccionistas acerca de las cuales advierte el Papa en la conclusión de la encíclica La Preocupación Social: "Un desarrollo solamente económico no es capaz de liberar al hombre, al contrario, lo esclaviza todavía más (...) el principal obstáculo que la verdadera libertad debe vencer es el pecado y las estructuras que llevan al mismo, a medida que se multiplican y se extienden. La libertad con la cual Cristo nos ha liberado nos mueve a convertirnos en siervos de todos. De esta manera el proceso del desarrollo y de la liberación se concreta en el ejercicio de la solidaridad, es decir, del amor y servicio del prójimo, particularmente a los más pobres" (n. 48).

En el lenguaje del actual magisterio, la misión del cristiano al mundo se expresa –pues– en términos de solidaridad y de instaurar la civilización del amor. (5) Esta palabra de misión es la expresión actualizada de los imperativos de pertenencia que hemos tratado de descubrir a grandes rasgos y señalar como inscritos en los hechos de la revelación del Antiguo y Nuevo Testamento. Volvemos a encontrar en este cuarto punto, en que se nos habla del ser cristiano en el mundo, la misma categoría fundante.

Por eso, no es de extrañar que Juan Pablo II insista, en su encíclica sobre la Solicitud social, en la eucaristía como fuente y culminación de la vida cristiana y de su acción temporal: "La Iglesia sabe bien que ninguna realización temporal se identifica con el reino de Dios, pero que todas ellas no hacen más que reflejar y en cierto modo anticipar la gloria de ese reino, que esperamos al final de la historia, cuando el Señor vuelva. Pero la espera no podrá ser nunca una excusa para desentenderse de los hombres en su situación personal concreta y en su vida social, nacional e internacional, en la medida en que ésta – sobre todo ahora – condiciona a aquélla (...). El Señor, mediante la eucaristía, sacramento y sacrificio, nos une consigo y nos une entre nosotros con un vínculo más perfecto que toda unión natural; y unidos nos envía al mundo entero para dar testimonio con la fe y con las obras, del amor de Dios; preparando la venida de su reino y anticipándolo en las sombras del tiempo presente. Quienes participamos de la eucaristía estamos llamados a descubrir, mediante este sacramento, el "sentido" profundo de nuestra acción en el mundo a favor del desarrollo y de la paz; y a recibir de él las energías para empeñarnos en ello cada vez más generosamente, a ejemplo de Cristo que en este sacramento da la vida por sus amigos (Jn. 15,13). Como la de Cristo y en cuanto unida a ella, nuestra entrega personal no será inútil sino ciertamente fecunda" (n.48).

La afirmación del Papa espeja la misma relación entre eucaristía y misión al mundo que existe desde el principio: en la oración de Jesús en el Cenáculo; desde Pentecostés, que también tiene por escenario el Cenáculo; como también desde la misión del Resucitado, quien, también en el Cenáculo, sopla su Espíritu sobre los discípulos y los envía "como el Padre me envió" (Jn. 20, 21; cfr. 17, 18) a perdonar los pecados, es decir a derribar los muros que separan de Dios; y a incorporar a todos al nosotros divino-eclesial (Hech. 2, 1).

Esta acción incorporante no se lleva a cabo solamente por la predicación, sino mediante toda la vida de la Iglesia, que es enviada corporativamente, como pueblo, a los pueblos.

Por lo tanto, mediante la vida de los cristianos en el mundo.

La exigencia de estar en el mundo y ser planamente humanos le viene a los creyentes de su participación en el misterio de Cristo. La situación del cristiano es la de su Señor: "El nombre que Cristo posee no es sólo el de Hijo de Dios, sino también –y sin separación posible–, el de hombre perfecto (Heb. 2, 10; 5, 9; 7, 28). La situación del Cristo glorificado revela a la vez el misterio de Dios y la vocación del hombre. Lejos de favorecer un misticismo irreal, la situación de Cristo refuerza y profundiza la solidaridad humana y confiere a la existencia todo su peso, todo su valor. La situación de Cristo pone fin a la alineación que resulta, para los hombres, del temor y de la opresión del mal (Heb. 2, 14-15), y acceder a la libertad y a la plenitud interiores de quienes saben que están, gracias a Cristo, en comunión confiada con Dios" (Heb. 2, 17; cfr. 4, 16; 10, 19)

1.2 Otras solicitaciones.

Con creciente frecuencia hemos oído hablar al magisterio en los últimos tiempos precaviendo a los cristianos acerca de magisterios paralelos, clero paralelo e iglesia alternativa.

Las ideologías dominantes intentan manipular a la Iglesia y aprovechar para sus fines la fuerza que intuyen que hay en ella y que miden en términos de poder, medida opuesta a la del servicio cristiano.

Así sucede que le llegan al cristiano, desde el mundo en que vive, solicitaciones y hasta directivas, de autoproclamados magisterios. Todo el mundo se cree autorizado a decirle al cristiano lo que debe hacer y cómo se debe comportar para serlo. Y todo el mundo se arroga el rol de juez para juzgarlo. El cristiano vive sometido a esas presiones, que se le aplican por vía moral pero también por otras vías de discriminación.

Se esperan o se reclaman del cristiano determinadas conductas sociales o políticas; eficacias temporales; el homenaje de sus fervores a opciones no absolutas, como si lo fueran. Se pretende venderle los mitos ideológicos más diversos, bautizados, para hacérselos aceptables, con nombres cristianos. Unos lo tironean hacia luchas mesiánicas y otros lo impelen a adormecerse en los desintereses que genera tanto el bienestar como la desesperanza completa.

Las cualidades humanas del cristiano lo hacen un socio apetecible para todas las utopías mesiánicas. Y su amor a la verdad una víctima a menudo fácil de amañadas manipulaciones.

Otras veces, por fin, cuando se encuentra una conciencia cristiana lúcida, se intenta – y a menudo se consigue – doblegar la voluntad de los creyentes mediante la fuerza. La violencia, que nuestros tiempos han erigido en ciencia, es polimorfa y se deja dosificar con precisión, ocultándose bajo las apariencias de mil disimulos y disfraces.

A todo esto se agregan las sectas, que ofrecen la ilusión de un acceso a Cristo y a Dios por un atajo sin Iglesia, en significativa coincidencia con las impugnaciones provenientes de las ideologías.

1.3 Las indiscreciones propias

De parte de los miembros de la Iglesia se puede incurrir en los mesianismos políticos o en las alineaciones pseudomísticas.

El buen deseo de salvar al mundo a toda costa, conduce a veces a intentar seriamente darle los signos mesiánicos que veladamente reclama como precio de su presunta conversión.

El viejo esquema de la tentación: "si eres hijo de Dios, haz esto o lo otro" se repite, siempre el mismo y siempre bajo otra forma engañosa.

Es cierto que los cristianos han de ser "luz del mundo" y que su luz debe brillar "delante de los hombres para que vean vuestras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt. 5, 14.16). Pero sería indiscreto pensar que el discípulo es mayor que su maestro. Siendo Jesucristo la luz que ilumina a todo hombre, no fue recibido por todos, aunque sus obras eran buenas. Y además, se negó rotundamente a hacer signos a pedido para suscitar la fe en los incrédulos. Las buenas obras de los cristianos, su conducta ejemplar es precisamente, para algunos, motivo de la malquerencia y de calumnia (1 Ped. 2, 12), de parte de los que son ciegos para ver las buenas obras que Dios concede a su Iglesia. Hay quienes no están dispuestos a ir a Dios sino que exigen de Dios – y de los suyos – que se plieguen a su voluntad inflexible. Y es acorde a la bondad cristiana incurrir en el vicio de condescendencia indiscreta y pensar que donde la voluntad de los hombres no quiere plegarse a la divina, pueda ser remedio tratar de traer la divina a la humana.

San Cipriano fustiga una equivocada indulgencia con abundancia de argumentos: "Estando escrito: los que os llaman dichosos os inducen a error y embarazan la senda por donde han de caminar vuestros pies (Esd. 3, 12), el que aplica lisonjas y caricias al pecador lejos de frenar los pecados, los fomenta (...) como si la tormenta de la persecución hubiera dañado poco, se ha añadido para colmo un nuevo género de estrago, un nuevo mal que engaña y una blandura perniciosa bajo título de misericordia (...) una paz nula y falsa, tan peligrosa para los que la conceden como de ningún provecho para quienes la reciben" (De Lapsis, 14-15).

De parte de los clérigos, acecha a los fieles la tentación del indiscreto dirigismo clerical. Tanto más difícil de discernir cuanto que consiste en una desviación, en un abuso por lo general inconsciente y siempre bienintencionado, de una legítima autoridad.

El dirigismo clerical se extralimita fácilmente en fantasear tareas y misiones para los laicos. Invade con su fantasía y con el prestigio de su elocuencia y de su liderazgo, lo que el Concilio ha declarado terreno propio de los fieles: las tareas y misiones seculares. O lo que quizás es peor: crea una exagerada demanda de actividad intraeclesial, que absorbe la atención y las energías de los fieles con una injusta distorsión de las prioridades y la preterición de sus deberes de estado.

Cuando el clérigo y el religioso sucumben a la tentación del ejercicio de su ministerio como poder, en forma dirigista, lo más grave de esa bienintencionada pero indiscreta desviación, es que su celo por asignar misiones predomina sobre su servicio de discernir y respetar vocaciones.

1.4 Entre el deslumbramiento y el miedo

Ante la expansión tecnológica y el despliegue fascinante de los poderes humanos acechan al cristiano dos tentaciones: el deslumbramiento y la adhesión sin reservas; o el repliegue y el abandono frente a la lucha.

El economista uruguayo Rafael Menéndez ha dicho que "el gran dilema del creyente católico es convivir con la mentalidad tecnológica y permanecer fiel a Jesucristo. Y el riesgo es caer en la tentación de sustituir la economía de la gracia por la economía de la eficacia".

Si al deslumbramiento se le opone a clarividencia, el creyente, en lugar de dejarse arrastrar por la correntada, verá su misión en la orientación de la tecnología para el servicio y el bien del hombre.

Pero la acción secular de los creyentes ha de desarrollarse en un mundo cada vez más sometido a los campos magnéticos del poder, donde los puestos de decisión y las claves de información, de comunicación, las fuentes de recursos económicos...todo, es visto, apetecido y dominado desde la óptica de los poderes de este mundo. El creyente, si quiere actuar en cuanto tal, se encontrará con que las posiciones ya están tomadas y deberá chocar inevitablemente con las mentalidades tecnocráticas, dominadas por los criterios de eficiencia y lucho, que, por otra parte –liberadas del lastre de las consideraciones personales y de piedad – aventajan al creyente en su capacidad de escalar la pirámide sin miramientos. Quizás a esto se refiere la revelación evangélica, cuando parece manejar como una evidencia, que, todavía, este mundo es esfera de influencia del Maligno, cuyo señorío – aunque herido de muerte – vuelve a ofrecerse como tentación a los discípulos a cambio del tributo de adoración.

Ante el afán desenfrenado de lucro, de gloria terrena y de poder desorbitado, el cristiano elige otro camino. El de la eficacia cristiana, que se transita según otra sabiduría y con otras fuerzas, adheridos a Cristo y no al mundo. No siempre comprensible, este camino puede parecer a algunos el de la deserción.

Por sí mismos los cristianos difícilmente pueden conquistar el poder, pues están necesariamente en inferioridad de condiciones ante rivales que no corren con el handicap de la solidaridad. Pero creen que Dios guía la historia. Como recuerda el papa Juan Pablo II: "La Iglesia sabe que el encuentro-choque entre las ‘apetencias contrarias al Espíritu’ (Gál. 5, 16-17) –que caracterizan tantos aspectos de la civilización contemporánea, especialmente en algunos de sus ámbitos– y las apetencias contrarias a la carne, con el acercamiento de Dios, con su encarnación, con su comunicación siempre nueva del Espíritu Santo, puede representar en muchos casos un carácter dramático y terminar en nuevas derrotas humanas. Pero ella cree firmemente que, por parte de Dios, existe siempre una comunicación salvífica, una venida salvífica y, si acaso, un salvífico ‘convencer en lo referente al pecado’ por obra del Espíritu" (Dominum et vivificantem, 56).

 1.5 La Sabiduría cristiana y la oración

Decía Peter Wust: "Las grandes cosas de la existencia sólo son otorgadas a los espíritus en oración" (6)

Las directivas del magisterio permanecen generales. Y las reflexiones teológicas lo son más aún. La disposición sabia y concreta del destino propio, la hace el creyente según la voluntad del Padre que se le manifiesta interiormente (theodidaktos) por la oración. Por eso, san Pablo –haciéndose modelo del ministro– "no cesa de orar y pedir por ellos, para que sean llenos del conocimiento de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual, y para que anden de una manera digna del Señor, procurando serle gratos en todo" (Col. 9, 1-10). Ya que la voluntad de Dios en hacer la cual consiste la perfección del cristiano, no equivale a un código de leyes dado de una vez para siempre y que, por lo tanto, "la sumisión y la obediencia al querer divino implica su búsqueda afanosa y discernirla, sin saber de antemano qué exigencias importará esa obediencia.(7)

La oración es el ejercicio de la comunicación dentro del nosotros y un ejercicio de la caridad: "En cuanto a la oración, Pablo la concibe de buena gana, siguiendo una doctrina auténticamente bíblica, como una lucha que el cristiano entabla con Dios, a favor de las almas confiadas a su cuidado (Col. 4, 12; Rom. 15,30), y nadie ignora el lugar que tal oración "apostólica" ocupa en las cartas de Pablo. Tal lucha no tiene evidentemente por finalidad ejercer una "presión" sobre Dios para "hacerle querer lo que antes no quería"... pretende "volver al hombre apto para recibir lo que Dios quiere darle" (así santo Tomás siguiendo a san Agustín). "Pretende cambiar al hombre y no a Dios". (8)

Hemos bosquejado algunas certezas y perplejidades que enfrentan los creyentes –y sus pastores– ante el tema de la misión de los fieles.

Hay en la escritura algunos bloques especialmente ricos y prometedores de orientación para la existencia cristiana en el mundo. Enumeramos someramente: la oración sacerdotal de Jesús y el Padrenuestro; diversas instrucciones de Jesús mismo, como el sermón de la montaña o el sermón que pronuncia a su salida del Templo (Mc. 13) y que algunos llaman apocalíptico, pero el cual puede ser leído como conteniendo las instrucciones para comportarse en la historia; el abundante material doctrinal y parenético de las cartas y demás escritos apostólicos.

El problema más interesante a mi parecer, con ese milagro de Dios que se llama el fiel, no está tanto –si se me permite la comparación ilustrativa– en lo que el conejo ha de hacer o no hacer. El mismo conejo ya se encargará de decidirlo. El problema que a mí me interesa es el de cómo sacarlo de la galera.

Es decir, en cómo se suscita el creyente verdaderamente fiel; firme, total y entrañablemente adherido por la caridad al nosotros divino-eclesial; y abierto, como ese nosotros, a la solicitud por todas las criaturas. Esta es la misión de la Iglesia y para esto fue enviada y fue enviado con ella y en ella cada uno de nosotros: a convocar desde nuestra koinonía, desde nuestro amor de hijos hacia el Padre, a convocar a esta pertenencia. No hay poder de enviar sin capacidad de convocar.

2. MISIÓN AL MUNDO Y EXPANSIÓN DEL NOSOTROS A LA LUZ DE JUAN 17

En la oración sacerdotal de Jesús hay una serie de afirmaciones acerca de los cristianos: sus discípulos y los que creerán por medio de su palabra. Dice Jesús que está en el mundo, pero que no son del mundo (v. 11 14. 16). Pide al Padre que no los saque del mundo pero que los guarde del Maligno (v. 15). Eran hombres del mundo hasta que el Padre se los dio (v. 6). Dice que él los envía al mundo como el Padre lo ha enviado a él (v. 18).

A la luz de este texto, es posible asomarse a la visión que tiene Jesús de la situación de sus discípulos. Los creyentes no son del mundo porque el Padre se los ha dado a Jesús (v. 6). Pero los creyentes están en el mundo porque Jesús los envía al mundo (v. 18). En ese distingo entre el estar en, sin pertenecer a, se expresa lo peculiar de la conciencia cristiana y se fundamentan –a la vez que se disciernen– las actitudes cristianas en relación con el mundo creado, con los hombres no creyentes, con los creyentes y con Dios. (9)

Pertenencia y misión se necesitan una a otra para explicarse y entenderse recíprocamente. El cristiano está en el mundo como miembro de un nosotros; enviado, en nombre del nosotros al que pertenece, a ofrecer pertenencia, con su palabra y con su vida. Enviado a dar a conocer al Padre y al Hijo y a la Iglesia para incorporar al nosotros divino-eclesial a todos los hombres. Si la vida del creyente no es incorporante no cumple con su misión. Es decir, no está en el mundo como corresponde: como enviado para atraer. La expansión del nosotros que haya resultado de su estar en el mundo, será a la vez su gloria y su justicia. Mostrar la unión del ágape que conglomera al nosotros en unidad de pertenencia recíproca y solidaria, es la meta de la misión al mundo y se llama santidad. El Hijo se santifica a sí mismo (ego hagiazo emautón, v. 19) es decir, obra en este mundo –con su palabra y con su vida, pero de manera especial con su muerte inminente–, el gesto inicial y decisivo para la expansión del nosotros, mediante la incorporación definitiva de sus discípulos al nosotros divino. Y ésta es la santificación que Jesús pide al Padre para sus discípulos (v. 17) y que les obtiene con su santificación (v. 19): "Santifícalos en la verdad...por ellos me santifico...para que ellos también sean santificados".

La pertenencia es el punto de partida y el punto de retorno para la misión. La misión se deja definir como un ‘salir de para traer a’.

2.1 Expansión del nosotros y misión al mundo en la estructura de Juan 17

Veamos cómo se refleja lo que venimos diciendo en la misma estructura del pasaje Juan 17, 1-26(10). Lo dividimos atendiendo a las tres etapas de la expansión del nosotros: protonosotros trinitario, deuteronosotros trinitario-apostólico, tritonosotros trinitario-eclesial postpascual. Y hacemos notar cómo se pasa de una fase a otra de la expansión del nosotros mediante la misión. Primero la del Hijo, luego la de los que el Padre le dio.

Protonosotros trinitario: vv. 1-8.

Misión del Hijo: vv. 3, 4, 6, 8.

Misión de los apóstoles: v. 18.

Trinosotros postpascual: vv. 20-26.

La misión es el modo propio de estar en el mundo. Y ella está al servicio de la expansión del nosotros. O sea al servicio de ser del nosotros (no del mundo) y de incorporar a los que aún son del mundo, a la koinonía divina, en la Iglesia.

2.2 Los que son míos no están aún conmigo

La pertenencia, el ser de, reclama el estar juntos, el estar en el mismo lugar. La oración de Jesús reconoce que Jesús y los discípulos estarán separados pero pide que se restañe la separación: "Ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo" (v. 11). "Padre, quiero que donde yo esté estén también conmigo" (v.24). Mientras que Jesús está en el lugar de su pertenencia: el Padre; los discípulos están donde no pertenecen: el mundo. Están en el mundo sin ser del mundo, pero para que el mundo sea de ellos, es decir, del Padre. El "mundo" queda así definido por referencia a Jesús y a los suyos, como lo que no los recibe. Como lo que los odia.

2.3 Enviados al mundo como el Hijo

"Como tú me has enviado al mundo yo también los he enviado al mundo" (v. 18).

Los discípulos están en el mundo como enviados por Jesús, con la misma misión que éste traía del Padre. Prolongan la misión del Hijo. Y se realizan la obra del Hijo.

Se adelanta en la última cena lo que se volverá a decir en el cenáculo después de la resurrección: "Como el Padre me envió también yo os envío a vosotros. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengáis les quedan retenidos". (Jn. 20, 21-23). El resucitado envía a los suyos, comunicándoles el poder del Espíritu Santo y con él las llaves para admitir o excluir de la pertenencia.

Ellos son, frente al mundo, el rostro visible del nosotros. Entrar en comunión con ellos es entrar en comunión con Dios. Así como nadie va al Padre sino por Jesús (Jn. 14, 6) así ahora es por medio de la palabra de sus discípulos que creerán en Jesús (17, 20).

Los discípulos prolongan la obra del Hijo. Son colaboradores suyos en la misma obra. Ese sentido tiene el texto de Mateo que invita a los discípulos a uncirse al mismo yugo con Jesús: "Tomad mi yugo sobre vosotros...porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt. 11, 29-30). A la luz de la legislación del Levítico 19, 19 y Deut. 22, 10, que prohibía ayuntar animales de diversa especie bajo el mismo yugo, la invitación del Señor equivale a una declaración de koinonía, de semejanza (véase por el contrario la prohibición de Pablo a los cristianos de ayuntarse con los paganos 2 Cor. 6, 14).

La comunión en la obra del Hijo implica la comunión en sus padecimientos. El yugo implica el recuerdo de la cruz que también deben tomar sobre sí los que quieran seguir a Cristo (Mc. 8,34). Por eso, en la oración sacerdotal se recuerda la situación de los discípulos en el mundo y se pide que el Padre los libre del Maligno (v. 15).

2.4 "Guárdalos del Malo", "Líbranos del mal"

La situación de los discípulos en el mundo es una situación de peligro. Han de ser guardados, protegidos contra el Malo: ponerós.

Ho ponerós, no es un nombre propio. Es un nombre común, un adjetivo elevado a nombre propio, para designar a Satanás. Beelzebub, príncipe de los demonios o príncipe de este mundo, como prefiere llamarlo Juan (Jn. 12, 31; 14, 30; 16, 11); ya que para Juan: "el mundo entero yace en poder del Malo".

Llama la atención que ponerós es el término con que tanto Jesús en su oración (Jn. 17, 15) como los discípulos en el Padrenuestro (Mt. 6, 13; Lc. 11, 4) se refieren al Espíritu del mal. Jesús pide al Padre que los guarde de él (hina teréses). Los discípulos piden ser librados (rúsai hemás): líbranos.

Se trata a todas luces de una fuerza superior a la de los discípulos y contra la que no podrían luchar en igualdad de condiciones. El es, en efecto, padre de la mentira: "Cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de eso" (Jn. 8, 44). Los rasgos que lo caracterizan en el pasaje de Jn. 8, 40-45, y que caracterizan a sus hijos (vuestro padre es el diablo, v. 44) son estos: se opone y no recibe la Palabra y la Verdad que trae Jesús; buscan matarlo; es pues homicida y mentiroso desde el principio, y esos son sus deseos, su epithumía. Es el retrato exactamente antagónico del Espíritu Santo: Espíritu de verdad, que da la vida a los hombres y es Espíritu de agapé, de amor divino. Verdad contra mentira; vida contra homicidio; agapé contra epithumía. El espíritu opuesto al Santo, merece su nombre de enemigo (ejthrós, Mt. 13, 39; Sant. 4, 4).

Para entender el sentido del término "mundo" (gr.: cosmos; hebr.: colmá) hay que tener en cuenta la doctrina del Espíritu Santo. El antagonismo del mundo, el odio del mundo a Cristo y a los suyos (Jn. 17, 14), corresponde al antagonismo que Pablo describe en Gál. 5, 13-25; Pedro, en 1 Ped. 1, 14-18; Santiago, en 4, 1-10.

Los discípulos sólo pueden enfrentar al mundo y al Maligno con la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, el amor y la vida y el abogado o Paráclito, defensor e intercesor que Jesús les entrega al enviarlos al mundo. El mundo, la carne, los apetitos militan contra el amor a Jesús y al Padre.

Separan de ellos. Si el Espíritu Santo es la fuerza que une a los hombres a Dios en koinonía y les permite vivir desde su pertenencia al nosotros, el espíritu del mal es el que separa al hombre o se opone a su integración en el nosotros que lo invita. Y de ese modo lo arroja hacia la conciencia solitaria, autónoma, separada y por fin antagónica del nosotros.

La estructura de esta iniquidad, es la desvinculación y se manifiesta ya en el relato del pecado original, donde el hombre sigue su apetito desvinculándose de la voluntad y prohibición expresa de su creador. Elige el vivir autónomamente sus deseos. El principal engaño es el implícito en la provocación tentadora, que conduce a Adán a huir de la presencia, a apartarse y a ocultar su pecado.

Es del peligro de esta desvinculación por obra del engaño del Malo, que Jesús pide al Padre que guarde a los discípulos. No se trata por lo tanto de retirarlos del mundo, sino de guardarlos de la ruptura de la koinonía, de apartarse del nosotros, siguiendo el camino de las epithumías de la carne y de los ojos y la arrogancia de los propios bienes (alazoneia tou biou: soberbia de la vida, dice 1 Jn. 2, 16). Se trata de la falsa seguridad que el hombre pone en sus bienes y le permite prescindir de los demás y en primer lugar de Dios. El mundo es el orden del cual el hombre es el centro y le permite vivir sin vincularse al nosotros, es sinónimo de carne, del hombre autónomo, el impío de 2 Tes. 2, 3ss. que se sienta en el trono de Dios y se hace adorar.

2.5 En el mundo material pero no materialista sino del Espíritu

Así podría sonar una glosa actualizadora del evangelio "en el mundo pero no del mundo". Y es en esos términos en que lo interpreta Juan Pablo II en la encíclica Dominum et vivificantem: "Por desgracia...la cercanía y presencia de Dios en el hombre y en el mundo...encuentra resistencia y oposición en nuestra realidad humana (...). La oposición a Dios, que es Espíritu invisible, nace ya en cierto modo en el terreno de la diversidad radical del mundo respecto de él, esto es, de su visibilidad y materialidad con relación a él, Espíritu invisible y absoluto; nace de su esencial e inevitable imperfección respecto a él, ser perfectísimo. Pero la oposición se convierte en drama y rebelión en el terreno ético, por aquel pecado que toma posesión del corazón humano, en el que la carne tiene apetencias contrarias al espíritu y el espíritu contrarias a la carne" (Gál. 5, 17) (n. 55).

"Por desgracia, la resistencia al Espíritu Santo...encuentra...en la época moderna su dimensión externa, concentrándose como contenido de la cultura y de la civilización, como sistema filosófico y como ideología, como programa de acción y formación de los comportamientos humanos. Encuentra su máxima expresión en el materialismo, ya sea en su forma teórica – como sistema de pensamiento – ya sea en su forma práctica – como método de lectura y de valoración de los hechos – y como programa de conducta correspondiente. El sistema que ha dado el máximo desarrollo y ha llevado a sus extremas consecuencias prácticas esta forma de pensamiento, de ideología y de praxis, es el materialismo dialéctico e histórico, reconocido hoy como núcleo vital del marxismo".

"Por principio y de hecho el materialismo excluye radicalmente la presencia y la acción de Dios, que es espíritu, en el mundo y, sobre todo, en el hombre por la razón fundamental de que no acepta su existencia, al ser un sistema esencial y programáticamente ateo. Es el fenómeno impresionante de nuestro tiempo...el ateísmo. Aunque no se puede hablar del ateísmo de modo unívoco, ni se le puede reducir exclusivamente a la filosofía materialista dado que existen varias especies de ateísmo...sin embargo es cierto que un materialismo verdadero y propio...tiene carácter ateo(...). Se puede decir que el materialismo es el desarrollo sistemático y coherente de aquella resistencia y oposición denunciados por san Pablo" (n. 56) (...)

"En la contraposición paulina entre el espíritu y la carne está incluida también la contraposición entre la vida y la muerte...El materialismo, como sistema de pensamiento en cualquiera de sus versiones, significa la aceptación de la muerte como final definitivo de la existencia humana. Todo lo que es material es corruptible y, por tanto, el cuerpo humano (en cuanto animal) es mortal. Si el hombre en su esencia es sólo carne, la muerte es para él una frontera y un término insalvable. Entonces se entiende que pueda decirse que la vida human es un existir para morir (...). En el horizonte de la civilización contemporánea los signos y señales de muerte han llegado a ser particularmente presentes y frecuentes (...) desde el sombrío panorama de la civilización materialista y, en particular, desde aquellos signos de muerte que se multiplican en el marco sociológico e histórico en que se mueve ¿no surge acaso una nueva invocación, más o menos conscientes, al Espíritu que da la vida?" (n. 57).

En toda esta exposición del Papa, es fácil reconocer la actualización de los temas bíblicos, o la relectura bíblica de los tiempos presentes.

Si el hombre no tiene comunión con Dios, entonces la verdad es la muerte del hombre. Pero precisamente esa es la mentira el espíritu homicida en poder de cuyo engaño yacía el mundo hasta la llegada de Cristo y los suyos y hasta la efusión del Espíritu que permite a los hombres entrar en comunión con Dios.

La pertenencia a Dios y a la Iglesia por el amor de ágape, funda un nuevo modo de existir en el mundo y relacionarse con la creación: los demás hombres y todas las criaturas. No sólo a predicar ese nuevo modo, sino a existir de acuerdo a él, han sido enviados al mundo los hijos de Dios.

2.6 El mundo los ha odiado

El odio de que son objeto los hijos en el mundo, se explica por los apetitos contrarios de la carne y del Espíritu, norma de hermenéutica histórica que ha vuelto a poner de relieve el Papa en su encíclica Dominum et vivificantem, pero que había ya desarrollado ampliamente antes de asumir el pontificado en sus ejercicios en el Vaticano: Signo de contradicción (Madrid, BAC Minor, 1979).

Si el aporte propio de los cristianos al mundo ha de ser el mensaje de la pertenencia y la invitación a la koinonía, esa manera de ser: vinculada mediante un acto libre de adhesión como es el ágape, y por tanto espiritual; es resistida por proyectos de vida cerrados a la participación y a lo interpersonal. Cerrados, quiere decir que nos admiten como norma última, aunque puedan aceptarlos como instrumentales o en la medida en que no obstaculicen sus metas.

Por eso, si el cristiano, en procura de una meta histórica, relega, olvida o abandona su pertenencia, pierde su identidad, pero también aquello mismo que ha sido enviado a traer al mundo. Y es a la trágica posibilidad de que esto suceda que se refieren expresiones neotestamentarias como "guárdalos del mal" (Jn. 17, 15) "no queráis conformaros (susjematízesthe) a este eón, sino transformaos (metamorfousthe) por la renovación de la mente para vuestro discernimiento de la voluntad de Dios, de lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rom. 12, 2). No hay una posibilidad de encontrar el bien al margen de lo que es agradable a Dios, ajustado a su querer y perfecto como él. No hay por lo tanto posibilidad de realizar el bien fuera de la relación de pertenencia, de adhesión libre y amorosa al nosotros divino-eclesial. El laico en el mundo está como quien ha sido enviado a realizar esta pertenencia.

Su modo de estar en el mundo deriva de su koinonía: "conformes (summorfous) con la imagen de su Hijo (Rom. 8, 29; cfr. Flp. 3, 21), y no con la "figura de este mundo que pasa" (sjéma tou kosmou toutou; 1 Cor. 7, 31).

 

3. EL MODO CRISTIANO DE ESTAR EN EL MUNDO

3.1 La postura cristiana.

En tiempos del Nuevo Testamento, las actitudes de los cristianos respecto de los demás hombres y el modo cristiano de estar en el mundo, significaba una novedad respecto de las imperantes entre judíos y gentiles de esa época. not11(11) Veremos cómo la postura cristiana compatibiliza y afirma la compatibilidad de vivir en comunión con Dios y con los hombres, así como concilia la manera de estar en la materia con el culto divino.

Los judíos vivían su comunicación con Dios de tal forma que excluía o impedía su relación con los demás hombres, a menos que éstos se purificaran por su conversión a la alianza y su entrada en el pueblo de Dios. El judío que quería observar la ley en toda su integridad, debía separarse del mundo pagano, no solamente en cuanto a la abstención de los vicios propios del paganismo, sino que tenía que renunciar a toda clase de contactos con él.

Por su lado, los griegos ponían la perfección del hombre en la imitación, en la asimilación de Dios. Pero para lograrlo debían desligarse del mundo sensible, del mundo de la materia. Con la actividad de su inteligencia aspiraban a participar de la inmaterialidad del acto puro. Para Aristóteles la perfección misma de Dios le impide conocer el mundo y más aún interesarse por él.

Frente a la separación judía, Pablo no pide a sus cristianos que se separen del mundo en que viven, les da como norma la permanencia en el estado de vida en que fueron llamados. El esclavo no podía convertirse al judaísmo mientras no fuese libre, pues no podía, siendo esclavo, observar el reposo sabático y las demás observancias rituales respecto de los alimentos y purificaciones. Pablo, con su consejo de permanecer cada uno en el estado en que lo llamó el Señor (1 Cor. 7, 17-24) quiere hacerle comprender a sus cristianos, los cuales podrían no advertir la diferencia existente entre los cambios que se exigían de ellos por su conversión al cristianismo y los cambios exigidos de los conversos al judaísmo, qué distinta es la ley de Cristo de la ley judía y cómo la perfección del cristianismo es posible alcanzarla en la misma situación exterior en que uno se encuentra: hasta qué punto se puede estar en el mundo sin pertenecerle.

Es precisamente así, sin separarse de los demás hombres más que en el pecado, como, a imitación de su maestro (Heb. 4, 15), el cristiano, sin avergonzarse de ser hermano de todos los hombres, no se aparta de los hombres como hacían los judíos. Un nuevo concepto de pureza e impureza –según el cual sólo lo que brota del corazón puede hacer impuro al hombre, pero no lo que viene de fuera– le permite al cristiano estar en el mundo sin pertenecerle por el pecado (Mc. 7, 20).

Esto es precisamente lo que pide su Maestro, en la oración sacerdotal, para ellos: "No te pido que los saques el mundo, sino que los guardes del Malo" (Jn. 17, 15). Y es la misma gracia que les enseña a pedir en su oración "no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal" (Mt. 6, 13). El Padrenuestro expresa también la conciencia cristiana acerca del estar en el mundo.

Por otra parte, frente a la cultura pagana helenística, el estar en el mundo, la existencia terrena y temporal, como condición material y efímera, no es un impedimento para la comunión del cristiano con Dios. Todo lo contrario. Dios ha amado tanto al mundo que le ha entregado a su único Hijo, lo ha enviado al mundo para salvarlo (Jn. 3, 15-17). A la luz de la doctrina de san Pablo, en particular Rom. 8, 19-23; Col. 1, 16-17; la resurrección de Cristo y la de los creyentes "sirve de estímulo al cristiano para discernir, incluso en el universo de la materia destinado a perecer en apariencia, un valor de eternidad que no se había atrevido a imaginar".(12) La creación entera participará un día de la libertad de los hijos de Dios. La salvación cristiana incluye, además de la resurrección de los cuerpos, la esperanza de una renovación cósmica. Y por otra parte, aunque el universo aparece como destinado a tener un fin: la caridad permanece. Lo que une al creyente a Dios y a los hermanos, el impulso que viene de Dios y lo lleva hacia el mundo, es una fuerza de Dios y por lo tanto eterna, actuante ya en el corazón del mundo y en el corazón del tiempo.

Cuando Pablo insta a "buscar las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios" a "pensar en las cosas de arriba y no en las de la tierra" (Col. 3, 12) no invita a los cristianos a desinteresarse del mundo en que viven. Los invita a abstenerse de las obras de la carne y a buscar las del Espíritu. A "mortificar vuestros miembros terrenos, fornicación, impureza, liviandad, concupiscencia, avaricia, que es una especie de idolatría" (Col. 3, 5; Gál. 5, 16ss.). "Vosotros, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, bondad,, humildad, mansedumbre, longanimidad, soportándoos y perdonándoos mutuamente siempre que alguno diera a otro motivo de queja. Como el Señor os perdonó, así también perdonaos vosotros. Pero por encima de todo revestíos de la caridad, que es el vínculo de perfección" (Col. 3, 12-14; cfr. 5, 22-26).

"San Pablo está pues muy lejos de exhortar al cristiano a que se evada del mundo en el que le ha colocado Dios. Ciudadano de otro mundo, donde se halla su verdadera patria (Flp. 3, 20-21; cfr. Heb. 13, 14), participando ya de la vida de Cristo resucitado, ‘escondido con Cristo en Dios’ (Col. 3, 3), debe vivir una vida celeste; pero vivirá esta vida en este mundo, inmerso en la ciudad terrena, con dificultad, con dolor –pues mientras viva en este ‘cuerpo mortal’ (Rom. 6, 12) la carne estará en lucha constante con el Espíritu (Gál. 5, 17s.; Rom. 8, 5s.)– ‘mortificando sin cesar las obras de la carne con el Espíritu’ (Rom. 8, 13). Verdadero hijo de Dios animado por el Espíritu (Rom. 8, 14), no deserta de la ciudad terrena, puesto que la ‘construye’ ya que sólo ‘la caridad edifica’ (1 Cor. 8, 1). Una ciudad de acuerdo con las exigencias de la naturaleza misma del hombre, creado a imagen y semejanza del Dios de amor, y hecho, por consiguiente, para amar; una ciudad en la que se ama y en la que se es feliz en la medida en que es posible el amor, esbozo de la ciudad celeste; ciudad donde por fin se podrá amar sin límites y sin engaño, los dos sufrimientos mayores de nuestro exilio".(13) "Lejos de desinteresarse del mundo, los cristianos deben meter en él la levadura que transforme todo en ‘cosas de arriba’, y hagan de esta manera la ciudad terrena, desfigurada por el pecado del hombre, un poco más conforme con el plan de Dios, tarea insistentemente recordada por los profetas y más aún por el mismo Cristo y sus apóstoles". (14)

3.2 Líneas de aplicabilidad actual

La tentación de condicionar el trato con los demás hombres a la aceptación de la ley, no es un esquema de conducta exclusivo del judaísmo. Todo grupo que de alguna manera aparta del trato igualitario y discrimina a los que no pertenecen a su nosotros clauso, practica de hecho una conducta de pureza-impureza. Los mismos cristianos no son ajenos a deslizarse en esas conductas carnales. Hay una proclividad sombría a considerar como enemigo al que no es "de los nuestros" por el mero hecho de no serlo. De considerar que el trato con el extraño puede dañar la comunión del grupo o su comunión con los valores (absolutos) que lo aglutinan. Esa conducta se encuentra en las asociaciones ideológicas o políticas que practican tanto más consecuente cuanto inadvertidamente la discriminación. Y al cristiano, a su vez, lo acecha la tentación de replegarse frente a quienes practican estas conductas en perjuicio de los cristianos. Las exigencias evangélicas no han perdido actualidad.

También sigue vigente la óptica helénica de la incompatibilidad de Dios y la materia. La versión actual es la materialismo ateo, por el cual ya no es, como antes, la materia la que impediría acceder a Dios, sino Dios quien impediría habitar en el mundo haciendo justicia al ser mundano y material. Ya no es la materia la que impediría el acceso a Dios, sino Dios quien alienaría al hombre de su ser hombre, material. En ambas versiones, lo que se excluye es la posibilidad misma de la koinonía. Y toca al cristianismo mostrar, en obras, el Espíritu que lo anima y les permite conciliarlas "reconciliando en sí todas las cosas, las del cielo y las de la tierra" (cfr. Col. 1, 20-21).

3.3 Puesto que ya llegó el Mesías

Que el Salvador del mundo haya llegado ya, es también fuente de actitudes que caracterizan la actitud cristiana frente a la historia.

Las actitudes judías las describe así un autor judío S. W. Baron: "El judaísmo insiste en que los objetivos generales del pueblo judío y, en cierto modo, de la humanidad, serán alcanzados en un futuro desconocido gracias a medios tan milagrosos como misteriosos. Una ausencia tal de conexión entre la vida moral del individuo y el fin último e inconocible, catapultado de tal manera fuera de la esfera de influencia ética y que sólo puede alcanzarse por intermedio de la nación, no es inteligible sino desde el ángulo de un monoteísmo histórico". (15) En esta perspectiva la nación eclipsa al individuo.

En la perspectiva cristiana, la salvación propia y de la historia no depende ya de la venida del Salvador, incalculable e inapresurable. La salvación ha sido alcanzada y está ofrecida y son los cristianos los portadores de la invitación de ingresar a la koinonía de la salvación. La responsabilidad ética que pesa sobre los enviados es enorme de alguna manera depende de ellos la salvación de la historia y de todos y de cada uno. Es quizás por eso que "el juicio comienza por la casa de Dios" (1 Ped. 4, 17) y que exige más de quienes han recibido más (Lc. 12, 48). A este aspecto puede referirse también el servicio de los cristianos y su condición de servidores de todos.

3.4 Relación compleja con el mundo

No conviene simplificar la situación del cristiano en el mundo. En el Nuevo Testamento la plantea en forma extremadamente compleja. Y conviene hacer justicia a esa complejidad, sin sacrificar aspectos que sería imposible agotar aquí. Pero al menos terminamos esta parte alertando al respecto. En un estudio dedicado al tema, se ha hablado de la dramaticidad de la relación del cristiano con el mundo. (16) Su autor, R. Schnackenburg, no se muestra partidario de "eliminar, mediante una separación conceptual, mediante una aclaración tan diferenciada que del mundo tiene el Nuevo Testamento, esa tensión que experimenta el lector de la Biblia, debida a sus diversas acepciones y series de expresiones (...) el estilo lingüístico va desde el "mundo" como creación, como universo, como habitáculo del hombre, hasta el "mundo" como forma hecha historia, incluso como factor espiritual, como un terreno moral, que afecta al hombre en su quehacer" (17)

Aceptando y asumiendo las tensiones, Schnackenburg recapitula su estudio así: "El cristiano vive en tensión continua en su relación con el mundo. Se encuentra entre la posesión y la pérdida de los bienes de este mundo, entre el servicio al mundo y la distancia del mundo, entre el placer y la renuncia. En su existencia unida al mundo presente y amenazada por la muerte y la contingencia, no existe un orden estático en sus relaciones con el mundo, sino únicamente una decisión y una conducta dinámica distinta en cada caso" (18)

En otro lugar de esta obra, dice R. Schnackenburg: "Es verdad que los escritores del Nuevo Testamento no piensan en primer lugar en el servicio al mundo, en el trabajo profesional, en la estructuración de la sociedad y en la formación del futuro terreno, sino en las tareas apostólicas, en la obra misionera en el mundo. No hay que olvidar que las comunidades de aquel tiempo no poseían ninguna influencia política ni representaban ningún factor económico o social. Sin embargo ejercieron un poder religioso y moral en el mundo de entonces y constituyen, aún hoy, una advertencia continuada para la Iglesia actual de ver en esto su misión principal. Si el futuro de nuestro mundo actual no sólo es determinado por la ciencia y la técnica, por la previsión y la organización política, sino también y no en último lugar, por el comportamiento humano, por los esfuerzos humanos y morales, por las ideas y metas directivas de los hombres, entonces tiene la postura cristiana, que viene de la fe y lleva al amor, una significación eminente: es una esperanza indestructible porque levanta el futuro de la humanidad al plano del futuro de Dios, confiando en su promesa de fidelidad" (19)

Nuestro punto de vista está implícito aquí, pero nos parece que no debe quedar implícito sino que debe explicitarse.

El tratamiento que hace Schnackenburg es interesante, pero su enfoque, ajeno a subrayar la importancia primordial de la koinonía pasa por encima de este aspecto.

4. VELAD

Puesto que los discípulos están en el mundo, pero no son del mundo, y puesto que debido a esto el mundo los odia y el maligno ronda como león rugiente buscando a quién devorar, la actitud del cristiano en el mundo ha de ser de alerta, vigilancia continua.

En el capítulo 13 de Marcos es posible reconocer las instrucciones póstumas de Jesús a sus discípulos acerca de su futura situación en el mundo y la historia(20) .

De hecho, la exhortación final, se extiende a todos los discípulos y se convierte, de instrucción esotérica, en enseñanza abierta: "Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡velad!" (Mc. 13, 37). Así fue usada, en efecto, en la paraklesis apostólica, como exhortación a todos los cristianos y para inculcarles una actitud de vida y espíritu.

La necesidad de velar, vigilar o estar alerta, tiene relación con tres aspectos de la vida cristiana en el mundo: uno es la posibilidad de engañarse o ser engañados, ya sea por el deslumbramiento con las instituciones, ya sea por impostura; otro es por las situaciones de persecución que exigirá revisar las actitudes ante las autoridades y ante los familiares; otra por fin es la espera de la venida del Señor y de su juicio.

La relación definitoria del cristiano es su relación con Cristo. Pues bien, es esa misma relación la que se ve amenazada por la impostura, cuando vengan quienes se hacen pasar por él. El anti-cristo es un impostor y ejerce una persecución por impostura, no por oposición abierta.

La vigilancia es necesaria para velar sobre la grey o la casa, es decir sobre las pertenencias y los intereses del Señor. Es la actitud de los pastores en la noche (gregoreuo, agrupneuo), de los vigías nocturnos. Parece haber una relación entre los cuatro discípulos y las cuatro velas nocturnas, tanto aquí en Mc. 13 como en la escena del Huerto.

Para la conducta cristiana, la segunda venida del Señor, para juzgar, es un constitutivo esencial. No hay conducta específicamente cristiana si no desarrolla a la luz de esta conciencia, por la cual toda decisión y todo el obrar está sometido a juicio ajeno. Y donde toda decisión se toma preguntándose acerca del juicio del Señor sobre ella. Es un vivir y obrar conferido, que difiere totalmente de la conciencia solipsista del hombre solo ante sí mismo. El cristiano no actúa sólo sopesando razones y pros y contras, sino consultando el juicio divino. La situación de vinculación determina un modo de vida que sólo la vinculación señala, explica y determina.

Esto importa porque remite al juicio de Cristo su inevitable conflicto con el mundo. En efecto, como diremos inmediatamente, la vida secular del cristiano parece abocada inevitablemente y de antemano – por profecía del Señor, incluso – al choque entre sus aspiraciones de ordenar la creación instaurando un orden mundano que le permita vivir una vida cristiana y el orden mundano tal como lo encuentra, organizado, determinado y dominado por los que no creen. Y actualmente, por los que están de vuelta de la fe y no desean concederle ingerencia, no sin alegatos históricos atendibles.

Es necesaria la fe en el juicio de Dios y en su segunda venida para que el juicio propio no se apodere de la razón de la historia y de la razón de Estado. Perteneciendo a un nosotros, los miembros serán juzgados por la cabeza de todos, conforme a la norma viva: el protonosotros que lo originó y lo lleva adelante.

Velar esperando la venida del Señor para el juicio, es en realidad vivir atento a la propia conducta y sometiendo el hacer dejar, las decisiones y operaciones, toda la vida, a la voluntad del Padre y al juicio del Hijo. Es velar por sí mismo, atento al mal que sale del propio corazón (Mc. 7, 21).

5. LA CULTURA DE LA PERTENENCIA

En las dos mujeres del Apocalipsis, la ramera y la madre que huye para salvar al hijo, la que sirve a la bestia y laque persigue la serpiente, la Babilonia y la Nueva Jerusalén, pueden verse dos ciudades, dos culturas, dos modelos de humanidad. Una es la mujer de la eputhimía. La otra, la mujer del ágape. Una es la ciudad de los deseos y los placeres, la del hombre autárquico y solipsista. Otra la cultura de la familia, donde lo primero es el hijo, lo interpersonal, la trasmisión de la vida.

Hay una ineludible relación entre la relación religiosa, de la fe en Cristo, con la mujer que huye al desierto para salvar al hijo. Entre fe y cultura familiar. Pero también entre amor familiar y persecución.

El fiel laico, en un mundo babilónico da, con su vida, con la valoración de las personas por encima no sólo del bienestar, sino incluso de las "razones", las "ideas", las "conveniencias" y los "valores", el testimonio del gran nosotros inclusivo del absoluto, porque inclusivo de las tres personas.

El deslizamiento de la vinculación real a un Ersatz gnóstico es fácil y a la vez puede pasar inadvertido, es de difícil percepción. La desvinculación cordial puede quedar oculta incluso para el mismo corazón. Sobre todo si permanecen las formas exteriores, del lenguaje y del entorno. El que incurre en infidelidad, es renuente a calificarse de infiel y al apóstata no le gusta el calificativo. El deslizamiento de la cultura de la pertenencia a la cultura babilónica procura salvar las apariencias. Sobre ese cambio pertenencial no se llevan estadísticas. Y el mismo cambio forma parte de una gran maniobra de engaño capaz de "engañar a los mismos elegidos". El precepto de velar, se refiere también a la atención requerida para percibir lo casi imperceptible. Pero porque lo perciben, los creyentes son los vigías de la humanidad y los que la defienden por la noche, contra los invasores que vienen desde la noche de lo impersonal para robar la herencia de los hijos de Dios.

6. LA VICTORIA DEL CREYENTE

Al asignar a los creyentes el orden secular como lugar propio, la Iglesia les recuerda la vocación y misión que Dios les confía.

Son enviados al mundo y han de insertarse plenamente en las tareas seculares, sociales, políticas y económicas.

Pero no olvidemos que la acción secular de los creyentes implica acceder a posiciones de poder. Y esas posiciones ni están vacantes ni les serán fácilmente cedidas, sino todo lo contrario, económico, social, político es el objeto de las concupiscencias, de la triple concupiscencia que caracteriza al mundo y a su príncipe y que el cristiano tiene prohibido amar.

El poder, objeto de legítimos controles, pero también de emulación y de disputa, genera rivalidades y es capaz de dividir entre sí a los mismos creyentes, no sólo en su acción secular sino incluso en sus tareas intraeclesiales más santas y bienintencionadas.

Pero la lícita voluntad de influir en el mundo y en su configuración, genera desconfianza en los no creyentes respecto de los creyentes. Lo que decía León XIII podría repetirse hoy y de hecho lo ha vuelto a tener que afirmar el Vaticano II. "Afirman algunos –decía León XIII en su carta Au milieu des sollicitudes, 9-13 –que el verdadero fin y la energía en la acción inculcada por Nos a los católicos para la defensa de su fe tienen como móvil oculto y principal no la defensa de los intereses religiosos, sino la ambición de conferir a la Iglesia un poder temporal para la dominación política del Estado.

Esta afirmación viene a resucitar una antiquísima calumnia, inventada ya por los primeros enemigos del cristianismo...Nos, hemos debido recordar brevemente el pasado –dice el Papa tras recordar las persecuciones emanadas de esa calumnia –para que el presente no desconcierte a los católicos. La lucha, la esencia, es siempre la misma".

En la Gaudium et spes 36-41, la Iglesia ha tenido que volver a repetir, una vez más lo que León XIII demuestra en la citada carta, que la Iglesia repite incansablemente desde sus orígenes.

Los nosotros clausos recelan la invitación del nosotros abierto. No sólo la recelan, sino que pueden a menudo malentenderla y rechazarla. Y ciertamente son más proclives a eso los que dentro de esos nosotros clausos –los reyes y señores de las naciones– ejercen el dominio sobre ellos.

A los cristianos, el Nuevo Testamento no les promete ni la toma del poder, ni que lograrán instaurar el reino de Dios sobre la tierra. Este sigue siendo una realidad por cuya realización se pide al Padre. Pero sí se les asegura que su victoria consiste en la fe, o sea en su permanencia en el amor, en su permanencia en el nosotros. Su victoria que vence al mundo es su fidelidad, porque eso es lo que el mundo no tiene ni puede dar. Y ese es el motivo por el cual los considera –con razón– distintos. Y los odia.

A subes, su fidelidad los impele a –los debe impelir a– empeñarse en el mundo por la expansión del nosotros, de modo que, en él, todos seamos más. Pero velando para que esa lucha no se haga de tal modo que –de hecho– redunde en perjuicio de algunos. Velando para no desertar la causa del nosotros so pretexto de lograr su expansión. Ese es el desafío, esa la lucha ardua. Allí está todo el posible engaño y triunfo del maligno. Y sobre eso versará el juicio de Jesús cuando vuelva. Ser agentes de la pertenencia es su meta y su límite. Su capacidad, su motivo y su modalidad propios, distintivos y específicos. Eso caracteriza su ser; es su santidad: su don y su tarea; es su vida en Iglesia y su misión en el mundo.

7. REINO DE DIOS = FAMILIA DE DIOS

La tentación para el cristiano deseoso de instaurar la civilización del amor y de realizar el reino de Dios sobre la tierra, es la misma que se le ofreció a Cristo: "Todos estos reinos te daré si te postras y me adoras". No se puede ganar el reino de Dios apartándose de Dios. Así de simple es el engaño. Pero igualmente difícil de reconocerlo.

Los reinos de este mundo y los reyes y señores de este mundo, tienen, en el Nuevo Testamento, una respetuosa sumisión pero una lúcida crítica de su modo de ejercer el poder, en oposición al servicio de Cristo como norma cristiana.

Lo que caracteriza al reino de Dios, tal como lo trae Jesús, es que es un reino familiar, porque el reino de Dios, en la que todos son hermanos e invocan al Padre común con la oración que su Primogénito les enseñó.

Vocación y misión del creyente son por lo tanto inseparables. Han sido llamados a la familia de Dios y enviados a seguirla convocando. Este es el marco de toda su existencia terrena y temporal.

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NOTAS

(1) Enseñanzas de Pablo VI al pueblo de Dios, 1972, p. 243; L’Observatore Romano, español, 13-II-1972, p. 2).

(2) Apostolicam actuositatem, 5.

(3) Juan Pablo II, Homilía en la Misa de clausura del Sínodo, 30-X-1987; Sínodo sobre los laicos. Proposiciones finales, Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 1987, pp. 44-45.

(4) L’Osservatore Romano, 20-XII-1987, p. 8.

(5) Cristina Araujo, Juan Pablo II y la Civilización del Amor, Sentir en la Iglesia, 7, Tacuarembó, 1988.

(6) Peter Wust, laico, profesor de filosofía en Münster, escribía a sus alumnos el 18-XII-1939 una carta que es su testamento espiritual: "Si ahora hay alguno de ustedes que me pregunte, antes de que yo me vaya y parta para siempre de este mundo, si sé de alguna varita mágica que nos franquee la entrada a la sabiduría de la vida, le contestaré: ‘Sí, la conozco’. Y esta varita mágica no es la reflexión –esta respuesta es la que ustedes podrían esperar de mí como filósofo– no, esta varita mágica está en la oración. La oración, concebida como última consagración (letzte hingabe), nos sosiega, nos hace niños, nos hace objetivos"; Peter Wust, Gestalten und Gendanken, München, 1950, p.266.

(7) S. Lyonnet, La Vocación Cristiana a la Perfección, en: La Vida Según el Espíritu, Salamanca, 1967, p. 229.

(8) S. Lyonnet, art. Cit., p. 232.

(9) La teología hispanopensante no ha sacado –que sepamos– suficiente partido del binomio verbal ser-estar, instrumento lingüístico del que carece la mayoría de las demás lenguas vecinas. Podría examinarse si no permitiría captar y explicar mejor la naturaleza del "estar en el mundo sin ser del mundo". Desde la perspectiva filosófica ha ingresado el tema Juan C. Scannone, Sabiduría popular y pensamiento especulativo, en: Sabiduría Popular, Símbolo y Filosofía. Diálogo Internacional en torno a una interpretación latinoamericana (Ed. Guadalupe, Buenos Aires, 1984), pp.51-90. Según alcanzo a entender, en el estudio de Scannone queda por explicitar el pasaje de un nosotros a otro nosotros, es decir el cambio de pertenencia. El pasaje del nosotros ctónico y mundano, al nosotros divino. Y quizás eso esté a la base de la dificultad que le opone Levinas: "Por supuesto que se debe pertenecer a alguna parte para pensar y ser hombre" (o.c., p. 81). La pertenencia en efecto se puede expresar como un "estar" pero también como un "ser de". Pero el cambio de pertenencia en el que consiste la conversión cristiana es la salida de un nosotros cerrado y la incorporación al nosotros abierto y convocante. El hombre se encuentra estando en un nosotros, siguiendo "la conducta necia heredada de vuestros padres" (1 Ped. 1, 18); pero por libre respuesta a un llamado, pasa a ser de: hijos de quien "llamáis Padre" (1 Ped. 1, 17). Si el estar califica la pertenencia natural. El ser de califica el vínculo de alianza, que presupone la libre, mutua y recíproca elección y donación.

(10) Así divide el pasaje Lightfoot: "The Lord’s prayer in this chapter deals with three subjects: (i) 17, 1-8. His own commission, and the fulfilment of it; (ii) 17, 9-19, the community of the disciples, which is to represent Him in the world; (iii) 17, 20-26 those in the future who receive their faith through the disciples’ teaching. The Lord prays that through their union in love, both with one another and with the Father and the Son, the world may come to believe in the mission of the Son, and also, through the perfected union of believers, to know not only the mission of the Son, but the Father’s love for believers, a love no less than His love for the Lord"; R. H. Lightfoot, St. John Gospel. A Commentary, Oxford, 1957, pp. 296-297.

(11) En este punto seguimos el estudio de S. Lyonnet, "La perfección del cristiano animado por el Espíritu" y su acción en el mundo según san Pablo, en: La vida según el Espíritu, Salamanca, 1967, pp. 249-274.

(12) S. Lyonnet, art. cit, p. 266.

(13) S. Lyonnet, art. cit, pp. 261-262.

(14) S. Lyonnet, art. cit, pp. 264.

(15) S. W. Baron, Histoire D’Israël. Vie Sociale et Religieuse. T.I.: Des Origines jusqu’au debut de l’ére chrétienne, París, PUF, 1956, P.13.

(16) R. Schnackenburg, La comprensión del mundo en el Nuevo Testamento, en: Existencia cristiana según el Nuevo Testamento, Estella, 1973, pp. 173-205.

(17) R. Schnackenburg, o.c., p. 200.

(18) R. Schnackenburg, o.c., p. 205.

(19) R. Schnackenburg, o.c., p. 400-401.

(20) Así ha releído este capítulo Juan Mateos, Marcos 13. El grupo cristiano en la historia, Madrid, 1987.