CUIDADO CON LOS FALSOS PROFETAS

Mateo 7,15-20

 

EL EVANGELIO AQUÍ Y AHORA

Radio María

Cuarto Miércoles 12ª Semana

Junio 28 de 2000

 

Texto BJ

15 « Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas,

pero por dentro son lobos rapaces.

16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?

17 Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos.

18 Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos.

19 Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego.

20 Así que por sus frutos los reconoceréis.

 

Texto BPD

Jesús dijo a sus discípulos:

            15 Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. 16 Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? 17 Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. 18 Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos.

            19 Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. 20 Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán.

 

Queridos hermanos radioyentes de Radio María:

En el texto evangélico de hoy, Jesús nos pone en guardia contra los falsos profetas. Y al ponerme a exponer y explicar sus palabras no puedo menos que pedirle que me asista con su gracia, con el Espíritu Santo de la Verdad y que me guarde del espíritu de la mentira y de la falsa profecía. Que nada falso se infiltre, ni hoy ni nunca, en mi explicación de su Palabra. Nada que envenene su enseñanza que es verdadero Pan de Vida.

De un buen administrador se espera que sea fiel y que no se apropie de los bienes que administra, que no son suyos, sino del dueño que se los confía para que los administre. Así también, los sacerdotes, no somos dueños de la palabra de Dios, sino sus ministros, su servidores, sus administradores o mayordomos.

Sería un falso profeta el sacerdote que predicara sus propias opiniones humanas y no la doctrina que la Iglesia recibió de Jesús, la que enseña guiada por el Espíritu santo, y de la cual él debe ser fiel administrador y servidor. Un buen profeta es el que no aspira a ser panadero, sino que está contento de ser repartidor. No se amasa los mensajes: reparte diligentemente el pan que el Padre amasa para sus hijos.

 

Enseñanzas para los discípulos que no entiende todo el mundo

El Evangelio que acabamos de leer, junto con el que se leía ayer y el que leeremos mañana, forman la conclusión del Sermón de la Montaña.

            Como ustedes saben, el Sermón de la Montaña contiene las enseñanzas de Jesús a sus discípulos: “al ver a la muchedumbre, Jesús subió a la montaña y se le acercaron sus discípulos. Y entonces comenzó a enseñarles con estas palabras: felices los pobres en el espíritu...” (Mateo, 5,1)

                La muchedumbre está al fondo. Los discípulos en primer plano, cerquita de Jesús. Reciben la enseñanza de Jesús, que se la entrega a ellos, como hará con el pan para repartir entre la muchedumbre. Los discípulos son los encargados de entender la enseñanza de Jesús y seguirla predicando a toda la Humanidad en todos los tiempos.

Tengamos pues, bien claro, que las cosas que Jesús enseña, son cosas que los hombres no podrían entender, a menos que se hiciesen discípulos de Jesús. No nos asombre que haya quien no sólo no las entienda, sino que las declare locura, ilusión, mentira, opio del pueblo, verso, misticismo irreal o irrealizable... No nos escandalicemos de que esas enseñanzas sean descuidadas, rechazadas e incomprendidas por tantos.

Si yo las entiendo, eso no es un hecho natural, sino pura gracia. Puedo llenarme de alegría, y agradecerle al Padre, ¡gracias porque me has dado un corazón de discípulo de tu Hijo!

Si no las entiendo, en vez de cuestionar esas palabras que me parecen duras, debería quizás cuestionarme a mí mismo y preguntarme si el duro no es mi corazón, o mis oídos incapaces de entender: “Corazón mío ¿eres discípulo de Jesús? ¿lo amas?” Porque si tu corazón está cerrado al amor a Jesús, también tu inteligencia permanecerá cerrada para sus enseñanzas. Y si no te haces discípulo del Hijo de Dios, ¿quién te podría enseñar a llegar a ser Hijo de Dios? “A los que creen en su nombre se le dio poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12)

            Esto es algo de lo que nos olvidamos a veces los creyentes. Y nos extrañamos de que no todos entiendan, acepten y reciban las enseñanzas de Jesús. Que les suenen tan extrañas e irreales.

            Por eso, al terminar su sermón del Monte, Jesús nos dice las palabras que leíamos ayer: “Vosotros, entrad por la puerta estrecha. Porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por él. En cambio es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que lo encuentran”  (Mt 7,13-14).

 

Estas palabras expresan la tristeza de Jesús, nuestro salvador, por la suerte eterna de tantos hombres, creados para ser hijos de Dios y que nunca llegan a serlo. Pero estas palabras manifiestan al mismo tiempo la preocupación de Jesús por la suerte de sus discípulos en medio de la generación pecadora. El Mensaje de Nuestra Señora a los pastorcitos de Fátima nos confirma que esos siguen siendo los sentimientos de Jesús y de su Madre.

 

Primera Pausa

 

Jesús manifiesta su preocupación por nosotros

Antes de pasar el contenido del texto evangélico que hemos leído, quiero invitarte, querido oyente, a contemplar un poco a este Jesús preocupado por nosotros, preocupado por sus discípulos. Después de haber considerado esta preocupación, comprenderemos mejor el sentido y el alcance del texto evangélico que vamos a meditar.

Nos hace bien saber que Jesús está preocupado por nosotros. Que Él sabe que estamos en este mundo, en una situación difícil, riesgosa, que vamos por un camino estrecho y angosto, que tenemos que nadar contracorriente y entre remolinos. Que, como dice Pedro, el demonio anda suelto y rondándonos como un león rugiente que busca a quién devorar (1ª Pedro 5,8).

            Esta solicitud de Jesús por nosotros se manifiesta en muchos pasajes de Evangelio donde Jesús, nos recomienda que nos cuidemos, con la solicitud de una madre que teme por sus hijos y los pone en guardia acerca de los peligros que les sobrevendrán.

Leemos en el sermón de despedida de Jesús en el evangelio de Marcos (cap. 13): “Cuídense, porque los entregarán” (v.9); “estén alerta, porque surgirán falsos cristos y falsos profetas... miren que se lo he advertido antes” (v. 22); “estén  en guardia, atentos, y no se duerman, no sea que cuando venga yo los encuentre dormidos” (v.33).

En el sermón de la última cena se reflejan los mismos sentimientos de Jesús, de preocupación por la situación en que estamos en el mundo. Jesús sabe y nos avisa, -para que nos cuidemos y sepamos cómo actuar-, que: “en este mundo tendrán tribulación, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

Ser discípulos de Jesús y vivir según la verdad no es un seguro de bienestar material, social, ni familiar. Jesús nos advierte que el mundo nos odiará, por ser de Cristo (Jn 17,14), y porque no es el discípulo mayor que su maestro (Mt 10,24). Nos advierte que a veces los propios familiares de su discípulo serán sus enemigos (Mt 10,34-36). En su oración sacerdotal, Jesús pide al Padre por los discípulos que deja en este mundo: “Por ellos te pido... yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo” (Jn 17,11).

Si alguna vez me siento tentado de pensar que Jesús y el Padre me han olvidado; que Jesús duerme en medio de la tormenta y que no le importa nada de mí; que mi suerte le es indiferente...

Entonces haré bien en detenerme a meditar todas esas palabras de Jesús que manifiestan su preocupación por sus discípulos y que apuntan a enseñarnos a vivir como Hijos del Padre, imitándolo a Él. El Hijo perfecto, y el maestro en el arte de dejarse engendrar por Dios Padre.

 

Segunda Pausa

 

            Tenemos que volver a leer el texto evangélico mirándolo a Jesús con cara preocupada por nosotros y poniéndonos en guardia contra un mal del que Él está cierto que nos acecha y nos puede dañar terriblemente: los falsos profetas.

                Los había antes que él, los había en su tiempo y Jesús profetiza que los habrá siempre pero que abundarán especialmente en los últimos tiempos.

            De los falsos profetas en el Antiguo Testamento, Dios dice por boca del profeta Jeremías: “Por tanto, así dice Yahveh Sebaot tocante a los falsos profetas: [...] a partir de los profetas de Jerusalén se ha propagado la impiedad por toda la tierra. [...] No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan. Os están embaucando. Os cuentan sus propias fantasías, no cosa de boca de Yahveh.” (Jer 23,15-16).

            De los falsos profetas en el tiempo de Jesús, sabemos que, en ese tiempo, aparecían con frecuencia aspirantes a Mesías, que embarcaban a los idealistas en aventuras mesiánicas, militares y políticas. Muchos eran celosos creyentes, por lo que a su partido se les llamaba zelotes: los celosos, los comprometidos.

 

            De los profetas falsos en los últimos tiempos nos ha dicho Jesucristo que se harán pasar por Cristo. Que se opondrán a Cristo mediante la falsificación y la impostura. Dirán: Soy Yo. O dirán: mírenlo aquí, mírenlo allí.

            Habrá también falsos profetas de la religión del mundo y del dinero. El mundo incrédulo también tiene su religión, su idolatría secreta, con sus promesas, sus sacerdotes, sus sacrificios y holocaustos y sus profetas. A diferencia de los falsos profetas embaucadores, estos falsos profetas de Baal, hablarán abiertamente contra Cristo. Y a causa de ellos, muchos creyentes débiles en su fe, caerán en la apostasía. Pero ellos no constituyen, un peligro para los que aman a Cristo de verdad.

            Peligrosos para los discípulos serán los falsos profetas que hablarán como si fueran discípulos. Los falsos hermanos de los que habla San Pablo. Y los lobos con piel de oveja de los que nos habla el mismo Jesús en el texto de hoy.

Tendrán la boca llena de Cristo. Pero un Cristo sin Padre y que  no lleva al Padre. Un Cristo que no es camino, porque no lleva al Padre, sino que se queda en sí mismo. Un Jesucristo que tampoco parece tener madre ni hermanos. Un Jesucristo polígamo; que tiene tantas esposas como Iglesias hay o pueda haber. No, ese Jesucristo no es Dios verdadero, porque no es Hijo del Padre ni es hombre verdadero, porque no tiene madre ni hermanos, ni una esposa a la que es fiel. Ese no es el Cristo venido en Carne. ¿Y quién es el que niega al Cristo venido en carne sino el Anticristo, es decir, el que se hace pasar por Cristo? (1ª Juan 2,22; 4,2-3)

Esos falsos profetas y anticristos hablarán tan bien de Cristo, dirán cosas tan verdaderas, que no será posible reconocerlos por lo que dicen, sino por lo que hacen: “no puede un árbol malo dar buenos frutos... por sus frutos los conoceréis”.

¡Qué sabiduría la tuya, mi Jesús, mi maestro, mi Señor! Gracias por enseñarme a discernir a los falsos profetas atendiendo a lo que hacen, más que a lo que dicen.

El beso de Judas era un beso perfecto. Exteriormente era una perfecta expresión de amor. Todos los que lo vieron pudieron emocionarse ante el amor del discípulo. Pero Jesús sabía que el fruto de aquel corazón era la traición. La falsa profecía puede ser una obra de arte de la mentira, y no es raro que lo sea, porque proviene del padre de la mentira.

Ya lo dice en efecto San Pablo refiriéndose a algunos embaucadores en la iglesia de Corinto:  “Esos tales son unos falsos apóstoles, unos operarios engañosos, que se disfrazan de enviados de Cristo. Y nada tiene de extraño, porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Por lo tanto no es extraño que sus ministros se disfracen también de ministros de justicia. Pero su fin será conforme a sus obras” (2 Cor 11, 13-15). Pablo aplica aquí el discernimiento por las obras, que nos enseña Jesús.

Cuando nos ponemos a meditar en estas cosas, puede asaltarnos un cierto temor. Y me parece saludable porque nos evita vivir en la presunción y en el descuido. ¿Quién podrá presumir de que a él el Diablo, que es el padre de la mentira, no lo va a engañar? ¿cómo juzgaremos si los frutos son buenos o malos? ¿cómo podremos reconocer a los falsos profetas?

 

Tercera Pausa

 

De los frutos juzga el Espíritu y nos enseña la Sagrada Escritura

            ¿Cómo discerniremos los frutos buenos de los frutos malos?

            Tenemos al Espíritu Santo y a la Sagrada Escritura.

Jesús nos comunica el Espíritu Santo, que nos enseña todas las cosas. Que convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio.

            Al hacernos discípulos de Jesús recibimos Espíritu de Hijos, Espíritu de verdadera profecía, con el cual podemos reconocer las falsas profecías. El fruto bueno se juzga por el sabor. Y el Espíritu Santo nos da el gusto  y el olfato de las cosas divinas, que nos permiten reconocer las que no lo son. El amor no se engaña acerca de lo que lo contradice.

            Tanto como nos podría preocupar y alarmar la profecía de Jesús acerca de la asechanza inevitable, perenne y cierta de los falsos profetas, nos puede animar la confianza que Jesús deposita en sus discípulos, en la Iglesia, depositaria del Espíritu Santo, para desenmascarar la astucia de las falsas profecías.

            Por vocación de Hijos de Dios, los discípulos de Jesús, estamos llamados y capacitados para “probarlo todo y retener lo bueno” (1ª Tes. 5,21) puesto que se nos capacita y destina a “juzgar al mundo” (1 Cor. 6,2).

 

Pero Además de la enseñanza interior del Espíritu Santo, tenemos también las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, acerca de las obras malas de la carne y los frutos buenos del Espíritu.

San Pablo enseña: “El fruto del Espíritu Santo es caridad, gozo, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza” (Gal 5,22-23). Estos son los frutos buenos que da el árbol bueno. Si los falsos profetas dan frutos malos, han de ser los contrarios a la caridad, al gozo y a la paz. Lo contrario de la caridad es la búsqueda del propio interés y no de la gloria del Padre, de los intereses de Cristo y del bien de los demás. Los falsos profetas se buscan a sí mismos, viven para sí, para su gloria y sus intereses. Sus frutos son desamor, egoísmo, odio, envidia, y acedia; tristeza en lugar de gozo, y, en lugar de paz: inquietud, ansiedad, desasosiego, discordia.

Así describe Pablo las obras de la carne, opuestas a los frutos del Espíritu puesto que nacen de deseos contrarios: “Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y otras cosas por el estilo” (Gal 5,19-21).

La profecía verdadera proviene del Espíritu de la caridad y produce frutos de gozo y paz... Los frutos de la falsa profecía son los contrarios. Pero eso no impide que los falsos profetas, siendo “más amantes de los placeres que de Dios” tengan “la apariencia de la piedad pero nieguen su eficacia” (1ª Tim 3,4-5). Es el pecado de hipocresía que Jesús tanto afea y deplora.

            San Doroteo de Gaza afirma que este tipo de mentira que consiste en encubrir, hipócritamente, la propia impiedad bajo un discurso piadoso, suele darse en los ambientes más piadosos, como son los monasterios. A esta forma de mentira, San Doroteo la llama mentir con la vida. Oigamos lo que dice este santo abad del desierto a sus monjes:

“Ya hemos hablado del que miente con el pensamiento y con las palabras. Nos queda por decir quién es el que miente con su misma vida. Miente con su vida el lujurioso que se precia de casto; el avaro que habla de limosnas y elogia la caridad; o también el orgulloso que elogia la humildad. No la elogia con intención de recomendar la virtud sino que [...] para cubrir su propia vergüenza pone por delante el nombre de la virtud hablando de ella como si fuese virtuoso. Y muchas veces lo hace para hacer daño y engañar a alguien, ya que ninguna maldad, ninguna herejía, ni el mismo diablo podrá engañar si no es simulando una virtud [...] De esta manera, sea para evitar la humillación o por vergüenza, o con el objeto de seducir y engañar a alguien, el mentiroso habla de las virtudes, las alaba y admira, como si él mismo las hubiese adquirido. Así es el que miente con su propia vida. No es simple, sino doble. Es uno por dentro y otro por fuera. Toda su vida no es más que duplicidad y farsa” (IX Conferencia: Sobre la Mentira)

 

Cuarta Pausa

 

            Hemos explicado el sentido literal del evangelio de hoy a la luz de las mismas Escrituras. Llega el momento de arrojar la luz que irradia el evangelio sobre hechos y acontecimientos de nuestra cultura, del mundo y del pueblo de Dios en que vivimos...

La falsa profecía, como vemos, no es una posibilidad irreal sino un hecho comunísimo. Jesús tenía razón en ponernos en guardia.

Ni siquiera el sacerdote está libre – por lo visto - de esta tentación. Diría que precisamente él es el más expuesto a incurrir en falsa profecía, ya que su misma vocación y su mismo ministerio ordenado son proféticos. El sacerdote se convierte fácilmente en falso profeta cuando busca agradar a la gente diciéndoles lo que quieren oír, en vez de proclamar la palabra de Dios aunque les desagrade.

Por ejemplo: Me he encontrado jóvenes que mantenían relaciones prematrimoniales y a los que un sacerdote les había dicho que eso no era pecado, mientras fuese por amor. Falsa profecía. Debía haberles dicho ese sacerdote, que el verdadero amor sabe esperar, sabe dominar la pasión de la lujuria y que la caridad verdadera entre los novios, la amistad entre los novios, se agiganta cuando se ayudan mutuamente a vivir en el amor a Dios, a dominar sus pasiones, a practicar la virtud. Cuando la novia se hace el ángel guardián de su novio y lo ayuda a dominar su pasión con su razón. Y cuando el novio guarda y aguarda a su novia, y muere a su pasión por amor a ella. Obrando así, practican ya, desde el noviazgo la castidad esponsal, que es la virtud que asegura más adelante un matrimonio fiel y feliz. Donde ambos esposos se realizan a sí mismos como hijos de Dios y ayudan al otro a vivir como Hijo de Dios.

Porque también son falsos profetas los moralistas y sacerdotes que enseñan que todo vale dentro del matrimonio, como si fuese imposible pecar de lujuria dentro del matrimonio. Falsa profecía, que oculta la verdad acerca de este magno y misterioso sacramento destinado a llenar no sólo la tierra sino también el cielo, de Hijos de Dios y adoradores del Padre.

Falsos profetas son los sacerdotes, catequistas, o padres, que les dicen a los niños o a sus hijos que no tienen que ir a Misa si no lo sienten. Falsa profecía. Deberían profetizarles la verdad, o sea, que el que no siente nada por Dios, es porque tiene un corazón de piedra. Y que ese es un corazón que está muerto. Deberían profetizarles diciendo que Amar a Dios sobre todas las cosas es el primero, el más grande y el más importante de todos los mandamientos. Y que si no quieren ir a misa es señal de que no están amando a Dios como Dios quiere y merece ser amado. Y que así nunca llegarán a ser Hijos de Dios, ni heredarán la vida eterna. Y que esa es la peor desgracia que le puede suceder a un ser humano.

Falso profeta es el que tuerce cualquier verdad revelada porque le resulta dolorosa o incómoda, o porque lo hace sentir culpable; o porque hace acepción de personas; o por una falsa compasión.

Hay sacerdotes que por una malentendida misericordia pastoral, les dicen a los divorciados y vueltos a casar que pueden acercarse a comulgar. Y, no falta el que se busque y encuentre un sacerdote que le diga lo que quiere oír. Ya predecía San Pablo que “Vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina. Sanadora, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se buscarán maestros que les hagan caricias en los oídos”  (2 Tim 4,3). Es decir, que les digan lo que quieren oír. La imagen que usa Pablo hace pensar en los perros a los que les gusta que les acaricien las orejas. Y agrega: apartarán sus oídos de la verdad, por el prurito de oír novedades, y se volverán a las fábulas”.

            La actitud de los que “siempre están aprendiendo y no son capaces de llegar al pleno conocimiento de la verdad” que denuncia San Pablo (2 Tim 3,7) es hoy la de los escépticos que hacen blasón de elegancia de estar eternamente en búsqueda y de no afirmar nunca una certeza de fe.

San Cipriano, obispo y mártir, truena en su tratado sobre los apóstatas, contra los que como falsos profetas que pretenden interpretar el sentir de Dios, les regalan el perdón a los creyentes que, habiendo negando a Dios, se avinieron a ofrecer sacrificios a los dioses. Los argumentos del santo obispo son aplicables a muchas situaciones en las que se echa mano de falsa profecía y los hombres se manotean el juicio de Dios reduciéndolo a su juicio humano:

“Los que os llaman dichosos os inducen en error y obstaculizan la senda de vuestra conversión. El que [...] es necesario que el sacerdote del Señor no engañe a nadie  con halagos engañosos, sino que les recete y aplique remedios eficaces. Sería médico inhábil el que palpara con mano melindrosa en vez de abrir los abscesos [...] Pero ha sobrevenido, queridísimos hermanos, como si no fuera bastante esta terrible tormenta de la persecución, ha venido a sumarse una nueva calamidad, que consiste en un mal engañoso y una indulgencia perniciosa que se practica con los que negaron a Cristo, bajo el título de misericordia. Obrando en contra del vigor evangélico y contra la ley del Dios y Señor nuestro, algunos otorgan la comunión a los incautos, incurriendo en una temeraria indulgencia, tan perjudicial para los que la dan como para los que la reciben sin ningún provecho. No procuran la curación que da la penitencia, ni la verdadera medicina que consiste en la reparación de la falta. Se desentienden de la penitencia de los corazones y se borra la memoria de tan grave delito. Se encubren las heridas de los moribundos y la llaga mortal clavada en lo más profundo de las entrañas se cubre con simulada compasión. Los que vuelven de haber ofrecido en el altar del diablo se acercan al santuario del Señor con las manos manchadas e impregnadas del olor de los sacrificios [...] Pero nadie se llame a engaño: solamente el Señor puede tener misericordia. Solamente Él puede perdonar los pecados que se han cometido contra Él mismo [...] El hombre no puede sustituirse a Dios, ni el ministro puede perdonar los delitos graves cometidos contera su Señor [...] si alguno con temeraria y anticipada precipitación cree poder conceder el perdón de los pecados a todos [...] Además, obrando así, desconoce el mérito de los mártires. Si no corrige al que negó a Dios, tampoco reconoce el mérito del que lo confesó. [...] desacredita la dignidad de los mártires y aja la corona de su gloria”  (San Cipriano, Tratado sobre los Apóstatas Nos. 14-21)

 

            He citado largamente el pensamiento de San Cipriano porque es muy iluminador para nuestros días. ¿No nos hacemos cómplices los creyentes, -y a veces más que nadie los mismos sacerdotes-, con demasiada facilidad de los que menosprecian a Dios y ofrecen sus sacrificios a los ídolos de este mundo?

            ¿Acaso no hemos visto y seguimos viendo cristianos quemando incienso a los dioses de este mundo?

           

            El dios del progreso, que tiene sus falsas profecías de un futuro mejor: un mundo sin clases que se ha de lograr mediante la abolición de las clases. Un mundo de paz y sin guerras que hay que lograr mediante guerras. Un mundo de bienestar económico que hay que lograr mediante sacrificios económicos.

Hijo del dios del progreso económico, el dios dinero, tiene sus falsos profetas, que viven prometiendo seguridad y bienestar y tiene sus sacerdotes, que viven reclamando insaciablemente sacrificios hoy para que sobrevenga el bienestar en un mañana que nunca llega.

Profecías del dios del progreso pronuncian los mesías políticos, que prometen la salvación a plazos, mediante la renovación quinquenal de las promesas de salvación socio-económica.

 

Y terminamos ya, queridos oyentes. ¿No es verdad que Jesús tiene sus razones para estar preocupado por nosotros? Nos ve caminar por esta senda estrecha, flanqueada por las cadenas de altavoces de los falsos profetas, las cadenas radiales y de las redes y cables de televisión; aturdidos por el bombardeo de los falsos profetas de la modernidad, servidores de la cultura dominante. Con cuánta razón nos dice: Guardáos de los falsos profetas. Velad y orad para que no caigáis en tentación, Porque el espíritu está pronto pero la carne es debíl.

Y al despedirme de Ustedes hasta el próximo 26 de Julio, los invito a orar juntos al Señor:

 

“Oh Jesús que en la Cruz has demostrado

tu gran amor, tu gran misericordia

y tu fuerza nos das, para seguirte

por tu mismo camino hacia la gloria.

 

“Oh Jesús que en el Monte nos has dado

tu enseñanza divina y salvadora

y te muestras inquieto y preocupado

por tanta profecía engañadora.

 

Te agradecemos porque nos enseñas

que hay quienes desearían esclavizarnos.

Que andan lobos vestidos como ovejas

Y debemos velar e ir con cuidado.

 

Alcánzanos del Padre un amor fuerte

Que queme las mentiras como escoria

Danos tu caridad.-- Tu Amor ardiente,

nos haga Hijos para darle gloria.

 

Que amar al Padre con amor de Hijos

y hacer gozosos su voluntad santa

sea nuestra dicha durante el camino

y mucho más lo sea allá en la Patria. Amén.