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EL INDIFERENTE: ¿ES INDIFERENTE?

La indiferencia religiosa como estado espiritual a la luz de Marcos 1, 21-28

 P. HORACIO BOJORGE, SJ

 

Este estudio se ha publicado como folleto en 1981 y 1984 y como artículo en 2003

Primera Edición: Sección No Creyentes: Conferencia Episcopal del Uruguay, MONTEVIDEO 1981

Segunda Edición: Colección Sentir en la Iglesia Nº 1, TACUAREMBÓ (Uruguay) 1984

Republicado como artículo en: Cuadernos de Espiritualidad y Teología Año XIII – Nº 28 – 2003, págs. 125-150

(Revista del Centro de Estudios San Jerónimo, Convento de Santo Domingo, San Martín 286, 5700 SAN LUIS, Argentina, E-mail: dominicossanluis@infovia.com.ar)    

 

C O N T E N I DO 

PRESENTACIÓN

 A la segunda edición:

Mons. PABLO GALIMBERTI, Obispo de San José de Mayo, Uruguay, Presidente de la Comisión para los No Creyentes de la Conferencia episcopal del Uruguay

A la primera edición:

R. P. PABLO GALIMBERTI, Pbro. Conferencia Episcopal del Uruguay Sección No Creyentes

 

CRISTO: ¿TIENE ALGO OUE VER CON NOSOTROS?

 

LA INDIFERENCIA ES UN ESTADO ESPIRITUAL

 

MUY FRECUENTE Y CUESTIONADOR ...

 

DE ANTEAYER, DE AYER Y DE HOY...

 

ESTADO DE ESPÍRITU Y JUICIO DE LA RAZÓN

 

UN ESPIRITU QUE HAY QUE DISCERNIR

 

CÓMO LO DISCIERNE EL NUEVO TESTAMENTO ...

 

"NO ME INTERESA..."

 

"... EN REALIDAD, ME DA MIEDO"

 

DEL MIEDO A LA IRA

 

INDIFERENCIA Y AGITACION

 

"PERO ES UNA EXCELENTE PERSONA..."

 

UN TEXTO EVANGELICO REVELADOR: MARCOS 1,21‑28

 

NUESTRA INTERPRETACION

 

APENAS JESUS ENTRA EN ACCION

.

PRIMERA FORMA DE RESISTENCIA AL ESPIRITU SANTO

 

ENTRAR, SALIR Y ESTAR EN ...

 

UN ESPIRITU ANTAGONISTA DEL ESPIRITU SANTO

 

DE LA INDIFERENCIA A LA BLASFEMIA

.

NO ES EL DISCÍPULO MAYOR QUE SU MAESTRO

 

LA OPOSICION A CRISTO: CONSCIENTE 0 INCONSCIENTE

 

APARENTA LO QUE NO ES

 

NO ES DIGNO DE CONFIANZA EN NADA DE LO QUE DICE

 

UN CASO ILUSTRADOR: NO CREO EN DIOS PERO LE TENGO MIEDO

 

UN ESPIRITU DE PREPOTENCIA

 

¡CÁLLATE Y SAL DE EL!

 

CADA UNO SE JUZGA POR SU ACTITUD ANTE CRISTO

 

CONCLUSIONES  

....................................................................................

 

PRESENTACIÓN

 

A LA SEGUNDA EDICIÓN

 

Nos complace que el ensayo del Padre Horacio Bojorge S.J. aparezca en una segunda edición.

 

En un clima uruguayo atravesado por tantas ansias de poder, pasiones políticas, afanes y clamores de reivindicación, resulta llamativo comprobar fuertes resistencias para entrar en el terreno de las “cuestiones últimas” que denominamos “lo religioso”, la Fe, en último término, Dios mismo.

 

Son diversos los enfoques desde los cuales se suele abordar el fenómeno de la indiferencia religiosa. Las descripciones y explicaciones sociológicas o sicológicas, si bien nos aproximan, son insuficientes; tienen que abrir paso a una última palabra: ¿qué nos dice la misma Palabra revelada – Dios mismo – acerca de la indiferencia? ¿Cuál es, en definitiva, el juicio de Fe?

 

El autor entra en esta ineludible y ardua tarea de esbozar un diagnóstico espiritual y teológico de este fenómeno que a todos nos toca, empezando por nuestras propias indiferencias.

 

Auguramos que este ensayo continúe reavivando la Luz de la Fe en el corazón de los uruguayos.

 

Mons. PABLO GALIMBERTI DI VIETRI

Obispo de San José de Mayo, Uruguay, Presidente de la Comisión para los No Creyentes

de la Conferencia episcopal del Uruguay

 

 

A LA PRIMERA EDICIÓN

El fenómeno de la indiferencia religiosa preocupa a la Iglesia de nues­tro tiempo de modo especial. "Muchedumbres cada vez más numerosas se alejan prácticamente de la religión" constataba el Concilio Vaticano II. Y los Obispos uruguayos, al proponer el actual plan pastoral señalaban que la indiferencia e insensibilidad religiosa es en nuestro país una forma típica en que se expresa la ausencia y negación de Dios.

¿Cómo interpretar este fenómeno? Constatar los hechos es un primer paso al que deben seguir otros. No son suficientes respuestas simplistas o evasivas, como la suposición de que muchos indiferentes son buenas per­sonas y que eso es lo único que importa. Como tampoco es suficiente afirmar que gran culpa de esa postura la tienen los propios católicos.

Necesitábamos, entre nosotros, una reflexión seria como la que nos propone el Padre Horacio Bojorge S. J., que abordara este tema de la in­diferencia desde la Luz, que es Cristo, superando muchos ensayos que al buscar comprender al indiferente, desde el horizonte de las propias tinie­blas de la indiferencia, terminan debilitando la verdadera Luz que brilla en las tinieblas.

He aquí el gran valor del presente ensayo que, con el arte de un sabio maestro, recoge los aspectos prácticos del fenómeno confrontándolos e iluminándolos con un enfoque bíblico tomado especialmente del Evan­gelio de San Marcos. Como resultado de esta confrontación nos ofrece sólidos criterios para discernir esta actitud a‑religiosa que a primera vista podría dar la impresión de ser extremadamente respetuosa.

Esta es precisamente la inquietante pregunta que persigue el autor: ¿Qué se esconde debajo de cierto tipo de indiferencia? La respuesta no podrá dejar "indiferentes" a cuantos tienen la misión de evangelizar. Paso a paso el autor nos conduce a las raíces del fenómeno, o sea, al "espíritu" que anima tal postura.

Los principios de discernimiento extraídos del Nuevo Testamento nos ayudarán a descubrir y repensar las dimensiones de este fenómeno tan común en nuestro medio ambiente, no sólo fuera sino también dentro de la propia Iglesia, y a continuar buscando caminos siempre renovados para crecer en nuestra fidelidad a Cristo y para evangelizarlo siempre más eficazmente.

 

R. P. PABLO GALIMBERTI, Pbro.

Conferencia Episcopal del Uruguay. Sección No Creyentes  

 

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·   CRISTO: ¿TIENE ALGO OUE VER CON NOSOTROS?

Lo que sigue desea ser un aporte para la reflexión sobre un problema, muy común y discutido, de la práctica pastoral: la indiferencia. ¿Qué hacer con los indiferentes, es decir con los que no se interesan y prescinden ante Cristo. la Iglesia, los sacramentos? ... El siguiente fragmento de un intercambio de ideas entre sacerdotes y catequistas, situará al lector ante el problema aquí aludido, que es el punto de partida de nuestra reflexión:

Catequista 1:         La forma más extendida de la increencia y la falta de fe en nuestro medio, no es tanto el ateísmo militante cuanto la indiferencia ¿A qué se debe? ¿Cómo suscitar el interés?

 Sacerdote 1:    Pienso que no hay que exagerar. Hay indiferentes, pero también muchos creyentes. Que muchos de ellos no sean practicantes, no quiere decir que sean indiferentes.

 Un párroco: Eso es verdad. Pero también es verdad que muy a menu­do, el indiferente lo es respecto de la Iglesia, pero acepta la exis­tencia de Dios. No es ateo. Cree en Dios pero no en los curas.

 Sacerdote 2: Ese Dios de esas personas, no es el Dios de la revela­ción cristiana, sino el Dios de la razón y los filósofos. Es un Dios “sabido" pero no un Dios "creído".

 Catequista 1: El indiferente, el que prescinde, a mí me preocupa. Es una actitud exasperante, A veces uno prefiere al que está franca­mente en contra. ¿Cuáles son las causas de esa actitud? ¿Cómo vencer el desinterés?

 Catequista 2: Pienso que en las causas tiene mucho que ver la socie­dad materialista y de consumo, el ambiente y el medio. Para des­pertar el interés por Cristo trato de enganchar con algún interés vital, con alguna pregunta existencial.

 Sacerdote 3: Si en ejercicios, por ejemplo, uno comienza con el Prin­cipio y fundamento de San Ignacio, hay muchachos que dicen que no entienden qué es eso de alabanza y reverencia. ¿Quién es ese Dios que necesita que uno lo ande alabando?

 Catequista 1: Y son muchachos de familias cristianas, practicantes. Lo que más sorprende es encontrar la indiferencia dentro de la Iglesia.

 Un párroco: Hay que mostrar un cristianismo que lleve al compromiso con el hermano. La Iglesia tiene que mostrar un rostro creíble, de­mostrando que se preocupa por los verdaderos problemas del hom­bre. ¿Hemos mostrado el verdadero rostro de Cristo? ¿No será que no hay interés porque nuestro testimonio no es trasparente?

 Sacerdote 2:Puede ser que en algunos casos no. Pero en otros sí. En ese planteo nos podríamos preguntar si Cristo mostró el ver­dadero rostro de Dios, porque también él encontró indiferentes, otros no creyeron en él y se retiraron o se le opusieron. Así que el problema de cómo mostrar la importancia del Dios revelado en Cris­to a los indiferentes y los no creyentes, fue ya el problema de Cris­to, antes de ser nuestro problema. Habría que estudiar y tomarse en serio el modo concreto con que Cristo y los Apóstoles enfren­taron la indiferencia durante su vida. Y ver si de ahí podemos sacar alguna enseñanza.

 Sacerdote 3: Eso, mientras no caigamos en una lectura fundamentalis­ta. lo que Cristo hizo y dijo hace dos mil años: ¿tiene algo que ver todavía con estas situaciones nuestras de hoy?

 Sacerdote 2:Yo me pregunto sí por temor a ser fundamentalistas en nuestra lectura del Nuevo Testamento, no nos deslizamos entonces nosotros mismos en una cierta actitud de indiferencia frente al valor de la vida y las enseñanzas de Cristo, o sea ante Cristo mismo. la pregunta característica de la actitud de indiferencia y que la define mejor, me parece precisamente esa ¿Qué tiene que ver Cristo con nosotros?

Estas líneas que siguen, pretenden ser nuestro aporte al debate que hemos dejado entablado.

·   LA INDIFERENCIA ES UN ESTADO ESPIRITUAL

La hipótesis que queremos compulsar aquí es que la indiferencia re­ligiosa, tal como queda delineada, no es una actitud humana neutra des­de el punto de vista religioso, sino que es un estado espiritual cargado en sí mismo de significación religiosa: no es un hecho natural o cultural que haya de ser objeto de la veneración y el culto que la mentalidad sa­jona rinde a los "facts". La actitud de indiferencia es un estado espiri­tual, una situación que nos parece, además, ubicable desde las coorde­nadas de discernimiento espiritual que nos ofrece la revelación del Nuevo Testamento. Nuestra hipótesis es que el Nuevo Testamento nos ofrece enseñanzas para interpretarla, definirla y comprenderla.

·   MUY FRECUENTE Y CUESTIONADOR ...

Este desinterés, prescindencia o indiferencia, es una actitud muy extendida, que topamos todos los agentes de evangelización y de pas­toral: sacerdotes, catequistas, profesores de religión. Por otra parte, cualquier cristiano medianamente fervoroso lo conoce de sobra y puede ilustrarlo con multitud de anécdotas y casos. Es el primer baldazo de agua fría que recibe el encendido y fervoroso celo apostólico de cual­quier creyente. Un shock que comúnmente sacude de raíz las segurida­des del propio apóstol y lo desconcierta.

·   DE ANTEAYER, DE AYER Y DE HOY...

El fenómeno de la indiferencia religiosa no es nuevo, aunque en el mundo occidental conoce una creciente y casi vertiginosa expansión desde el siglo XVIII en adelante, como epifenómeno de la Ilustración, al que le es particularmente favorable el clima de la civilización técnica y urbana y que toma en nuestros días particular relieve bajo formas secularistas.

·   ESTADO DE ESPÍRITU Y JUICIO DE LA RAZÓN

F. De La Mennais, en su Ensayo sobre la Indiferencia en Materia Religiosa, observaba ya en la primera mitad del siglo pasado, que el sentido de la palabra indiferencia varía según se aplica a las personas o a las doctrinas. Unas veces designa un estado del alma, otras un juicio de la razón. Nosotros, aquí nos referimos a la indiferencia como estado del alma, mejor dicho, del espíritu. En este sentido subjetivo o psicoló­gico, la indiferencia es un estado de lasitud o flojedad que quita al hom­bre el deseo de conocer la verdad que no puede ignorar sin peligro, y lo deja como insensible a sus mayores intereses. Nos ocupa, no cual­quier indiferencia frente a cualquier verdad vital, sino aquella que se presenta específica y propiamente frente a Cristo. Definimos la indiferencia como desinterés ante Cristo.

No nos referimos ni trataremos por lo tanto de otras cosas que se conocen como indiferencia. No tratamos de lo que en espiritualidad se conoce como "indiferencia ignaciana"; esa indiferencia de que habla San Ignacio en sus Ejercicios. Tampoco nos ocuparemos de refutar los "jui­cios de la razón" que se han conocido como juicios de indiferencia; por ejemplo "que las verdades de la fe no importan, sino que sólo la moral es importante". 0 "que todas las religiones son iguales e indiferentes". 0 "que se puede indiferentemente desechar o admitir muchos de los dogmas revelados". Estos y otros, juicios de la razón, tienen obviamente relación con una actitud subjetiva de indiferencia. Brotan de ella. Pero a nosotros nos interesa aquí la fuente, que es la actitud subjetiva, más que sus variadísimos efectos y enunciados racionales.

Hay que tener también en cuenta la diversidad de formas subjetivas en que se presenta ese estado de espíritu. En algunos casos la indiferencia es un óbice para acceder a la fe. En otros casos es uno de los pasos de un proceso de apostasía, o un estado inicial de enfriamiento en el fervor de una vida cristiana.

·   UN ESPIRITU QUE HAY QUE DISCERNIR

Lo que pretendemos aquí es ofrecer un diagnóstico, que a nuestro parecer se desprende del Evangelio, acerca de la naturaleza religiosa de esa actitud de indiferencia. Tratamos de mostrar cómo el Nuevo Tes­tamento considera que la indiferencia es, sí, una actitud humana, pero sobre todo y más profundamente, un estado espiritual.

Esta expresión, estado espiritual, tomada en sentido evangélico, sig­nifica o equivale a decir que el hombre indiferente está en determinado espíritu. Al indiferente frente a Cristo, lo define el evangelio, como un hombre que está en un espíritu impuro. Es decir, en un espíritu de sig­no opuesto y contrario, por naturaleza, al Espíritu de Dios, o sea al Espíritu Santo. 

Por lo tanto, impuro, no ha de entenderse, en este caso, en el sen­tido técnico restringido que el término recibe en el lenguaje moral, para designar los pecados contra el sexto mandamiento: impuro en sentido evangélico es sencillamente lo opuesto a lo santo. Y lo santo denota en el Nuevo Testamento el estado de comunión, de comunicación, de participación con Dios que se establece primordialmente por la fe en Cristo y como consecuencia de esta fe se refleja en una determinada conducta moral.

En el lenguaje evangélico, es Espíritu Santo el que conduce a la fe en Cristo y espíritu impuro el que obstaculiza en el hombre su acceso a la fe.

·   CÓMO LO DISCIERNE EL NUEVO TESTAMENTO ...

Los principios de discernimiento aludidos, están claros en múltiples pasajes del Nuevo Testamento.

"Todo espíritu que confiesa a Jesús como Cristo venido en carne, es de Dios. Y todo espíritu que rompe la unidad de Jesús (unidad con Dios) no es de Dios" (1 Jn 4,2‑3). San Juan acaba de invitar a que no confíen los cristianos en cualquier espíritu, sino que lo disciernan. Para ello les ofrece un "test" elemental: el hecho de confesar o no a Jesús, es decir creer o no en Jesús. Esta fe en Jesús ha de entenderse, obvia­mente, en el sentido Pleno que tiene dentro de la teología de San Juan.

También San Pablo coincide con este principio de discernimiento: "Os hago saber que nadie, hablando con Espíritu de Dios, dice: Anatema Jesús; y nadie puede decir: Señor Jesús, sino por el Espíritu Santo" (1 Cor 12,3). Para entender mejor qué pueda significar ese ''anaterna Jesús'', téngase en cuenta que Pedro, según Marcos 14,71, interrogado acerca de su relación con Cristo "comenzó a anatematizar y a jurar" ne­gando toda relación con él.

Por fin, para Pedro, el signo distintivo de que el Espíritu Santo ha ba­jado sobre Cornelio, es que éste ha creído en Jesús (Hechos 10,15.28. 34‑35; 11,12,16‑18). "No tengas por impuro lo que Dios hizo puro".

La indiferencia, desinterés o prescindencia ante Cristo, como obs­táculo para creer en Cristo, no procede del Espíritu Santo.

·   "NO ME INTERESA..."

El estado de alma del indiferente ante Cristo se expresa por supues­to mediante juicios. Fundamentalmente, mediante la negación de que Jesús tenga algo que ver con uno, o que uno tenga que ver algo con Jesús. No hay intereses, deseos, temores, problemas ni soluciones que puedan ser comunes. En otras palabras, Jesús no tiene nada que ver con el propio bien. Ni Jesucristo le importa, ni él le importa a Jesucristo.

Un caso: MG, 18 años, estudiante en el último año de enseñanza secundaria, En el transcurso de la primera clase de religión declara ser ateo y pide ser eximido de asistir a clase. En una entrevista posterior explica que su padre murió hace dos años, a pesar de sus oraciones. Desde entonces ha abandonado la fe. Sólo se aviene a asistir a la clase de religión ante el siguiente planteo de la dirección de¡ colegio: tratán­dose de una institución católica, es libre de cambiar de colegio si no desea asistir a clase de religión, pero debe asistir si decide quedarse. Bajo la primera apariencia de desinterés "Jesucristo no me interesa" se esconde, como queda de manifiesto en la conversación, este otro juicio: "no le intereso a Cristo". Y esta afirmación viene envuelta de vehemencia y rencor.

Otro caso: TG, director de un colegio católico de enseñanza media. Al recibir a un nuevo profesor de religión, le dice que a su juicio, las clases de religión suelen fracasar porque no se trata en ellas de los problemas que preocupan a los jóvenes: amor, amistad, relaciones pre­matrimoniales, noviazgo, orientación profesional. El profesor pregunta si esos problemas no corresponde tratarlos más bien en la clase de Educa­ción cívica y moral. El intento de explicar que la fe es una dimensión específica de¡ hombre, con su densidad e importancia propias y que la instrucción religiosa tiene su razón de ser en sí misma, se pierde en el vacío. Igualmente fracasa el intento de mostrar que es imposible dar la solución cristiana a esos problemas si no es partiendo de la fe y una religiosidad bien orientada e ilustrada. La incomprensión de este lengua­je queda apenas disimulada por una respuesta bien educada pero evasiva.

Los presupuestos subyacentes a esta actitud son claros. No distan ni difieren mucho de los principios defendidos por Rousseau en el Emilio (Libro IV): "Nada hay verdaderamente esencial más que las obliga­ciones de la moral". En otras palabras: la fe y lo que uno cree es indi­ferente, con tal que uno obre bien". Se da por supuesto que es posible saber qué es bueno y obrar bien prescindiendo de la fe. De nuevo: ¿Qué tiene que ver Cristo con la vida?

·   "... EN REALIDAD, ME DA MIEDO"

Para el sistema de discernimiento evangélico ‑trataremos de mos­trarlo‑ el espíritu de indiferencia es un espíritu de mentira, pues en realidad está ocultando bajo el aparente desinterés e indiferencia, una aversión (miedo o ira) que en una primera instancia elude el enfren­tamiento. Bajo la aparente indiferencia se esconde o disimula un juicio negativo ya formado, acerca del Cristo que se pretende ignorar.

La mentira se traiciona empero, porque mientras se proclama un juicio de indiferencia, no se consigue reprimir a menudo una reacción emocional frente a Cristo, la cual traiciona otro juicio oculto, que la justifica.

Hay que aclarar que este miedo a Cristo o a Dios, es algo muy dis­tinto de lo que la Escritura llama Temor de Dios, o la fenomenología re­ligiosa ha descrito como "tremendum" (R. Otto).

Temor de Dios, es para la Escritura, el comienzo de la sabiduría y es sinónimo de respeto. El que respeta a Dios, afirma que Dios es bue­no. Si teme algo de El, es el justo castigo de la propia maldad. El temor de Dios es por lo tanto la afirmación de¡ Bueno como bueno y de lo malo como malo. Es, por eso, comienzo de sabiduría y condición previa y necesaria de¡ amor de Dios. Nadie ama lo que no respeta. Y el res­peto (re‑spectus) es la mirada atenta, la consideración correcta que mira y advierte, reconociéndolo, al que tiene delante.

El miedo a Dios, en cambio, supone que alguien (que se considera bueno a sí MISMO) considera que Dios puede dañarlo. Tiene miedo a Dios. Considera que Dios no es bueno sino malo. El miedo es opuesto al temor de Dios. Porque si de éste nace y en él se funda la caridad, en el miedo hay tristeza por ser Dios quien es. Del miedo a Dios sólo puede brotar el odio a Dios. "Los demonios creen ‑dice Santiago 2,19- ­pero tiemblan".

Se trata aquí de un conocimiento que excluye el amor. En cambio, el conocimiento recto de Dios y la consiguiente caridad "expulsan el miedo" (1 Jn 4,18). Las palabras que usa aquí Juan "éxó bállei", perte­necen al vocabulario del exorcismo y la excomunión. Sugieren que se trata de un miedo de mal espíritu, opuesto al Espíritu Santo. Para Juan, el amor es criterio de discernimiento para distinguir el buen conoci­miento de Dios: "el que no lo ama, no conoce a Dios" (1 Jn 4,8).

En el hombre, el miedo a Dios, puede explicarse por ignorancia o error. Pero no así en el espíritu impuro. En el espíritu malo, no hay ignorancia de la bondad de Dios, sino propiamente tristeza por el bien de Dios, por ser Dios quien es. La Envidia, definida como tristeza por el bien de Dios, o porque Dios es bueno, es el pecado típicamente demo­níaco. Y en esto reside la mentira demoníaca: en que llama mal al bien que es Dios.

De esa mentira envidiosa, o envidia mentirosa, brota el odio diabó­lico a Dios. Y cuando Dios se hace visible en Jesucristo, la envidia y el odio diabólicos se hacen mentira y saña homicida: “Vosotros tenéis por padre al diablo, y deseáis cumplir los deseos de vuestro padre. El era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla la mentira habla de lo suyo, porque es mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8,44).

 

·   DEL MIEDO A LA IRA

Es característico del espíritu malo combinar la mentira y el odio. El Espíritu malo niega su odio: "¿Por qué tratáis de matarme?” ‑pre­gunta Jesús‑ "Respondió la turba: Estás endemoniado ¿quién trata de matarte? (Jn 7,20).

El uso del lenguaje nos delata que la actitud fingida de indiferencia es una forma de herir: “lo mató a indiferencia".

En nuestra hipótesis, el espíritu de indiferencia frente a Cristo, es una apariencia fingida, bajo la cual se oculta y disimula el miedo a Cristo, y en una instancia más profunda la ira, la aversión y hasta el odio. Esas actitudes más profundas, pueden no ser conscientes, o como suele decirse: están reprimidas.

·   INDIFERENCIA Y AGITACION

El primer sorprendido ante este planteo, ante esta confrontación con el sistema de interpretación y de discernimiento evangélico, puede ser el hombre que se comporta con indiferencia. Sin embargo, esta confrontación es precisamente un test que desenmascara la indiferencia como un estado espiritual que encubre una reprimida carga emocional adversa a Cristo. Esa carga emocional se descubre y salta precisamen­te en el proceso de confrontación, que obra así como un exorcismo del espíritu impuro de indiferencia. Automáticamente el indiferente se con­mueve, se conmociona, reacciona. La indiferencia, la apatía, el desinte­rés, ceden el paso a la irritación, la hostilidad, el rechazo o la negación, Se ha puesto en movimiento un proceso que no debe sorprender al creyente ni desconcertarlo.

Si la evolución es favorable, el indiferente se ha puesto en camino para alcanzar la liberación que le permita creer en Cristo y amarlo, reco­nociendo su pecado.

No se puede ignorar a Cristo y no pecar.

Si el proceso es adverso, el hombre irá adoptando actitudes de opo­sición cada vez más clara y abiertamente reconocibles e identificables. Pero, en todo caso, habrá sido superada la etapa de encubrimiento, ha­brá sido desenmascarada la mentira que encierra la actitud de indiferen­cia. Habrá quedado claro que el indiferente, no es de ninguna manera indiferente.

·   "PERO ES UNA EXCELENTE PERSONA..."

Todavía una aclaración que pretende salir al paso de una dificultad u objeción que suele hacerse a este sistema de interpretación.

En la práctica pastoral encontramos a menudo el caso del “indife­rente honesto", del hombre recto, de la persona buena y hasta de la excelente persona, que es, sin embargo, religiosamente indiferente.

Aún descartados los casos del "falso indiferente", es decir del cre­yente no practicante y otros semejantes que suelen ser llamados indi­ferentes pero en realidad no lo son, quedan aún casos de personas excelentes que no se interesan por Cristo.

Veremos que el sistema de interpretación evangélico, nos enseña precisamente a distinguir entre el hombre y el espíritu que está en él. La indiferencia es un estado espiritual, una situación espiritual religiosa que puede coexistir perfectamente en el hombre con una conducta mo­ralmente buena o éticamente correcta en sus relaciones restantes y en su conducta exterior. La indiferencia afecta específicamente su relación con Cristo. Una relación, no está demás notarlo, que también cae bajo el juicio moral.

Por otra parte, se puede estar en un estado espiritual sin tener exacta conciencia de su signo. Jesús puede en ocasiones reprochar, incluso a sus discípulos: "no sabéis de qué espíritu sois" o "apártate de mí satanás". El estado espiritual, como los estados de ánimo, no tie­nen por qué ser continuos, pueden ser a veces ocasionales. La doctrina de discernimiento espiritual de San Ignacio de Loyola, de profunda ins­piración bíblica, da también testimonio de estos hechos.

Veamos ahora cómo lo que venimos diciendo parece desprenderse de un pasaje evangélico: Marcos 1,21-28. De la interpretación de este texto nos ocupamos en la segunda parte de este aporte al debate sobre la indiferencia.

·   UN TEXTO EVANGELICO REVELADOR: MARCOS 1,21‑28

"21 Y entran en Cafarnaúm y apenas llegó el sábado, entrando en la sinagoga, enseñaba. 22 Y quedaban desconcertados con su enseñan­za porque les estaba enseñando como quien detenta autoridad y no como los escribas. 23 Y enseguida, había en la sinagoga de ellos un hombre en espíritu impuro que se puso a gritar diciendo: 24 “¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? (¿Por qué te en­trometes?). Has venido a arruinarnos. Sabemos quién eres tú: el Santo de Dios." 25 Pero Jesús lo increpó imperiosamente diciendo: “¡Cállate y sal de él!" 26 Entonces, el espíritu impuro, salió de él agitándolo fuertemente y dando un gran grito.27 Y todos se queda­ron estupefactos, de manera que se preguntaban entre sí, comen­tando: "¿Qué es esto? Un método nuevo de enseñanza, desplegan­do autoridad. Se impone a los espíritus y le obedecen". 28 Y su fama se extendió enseguida por todos lados, a toda la región de Galilea”.

·   NUESTRA INTERPRETACION

Adelantamos los, elementos fundamentales de nuestra interpreta­ción. En el comienzo mismo del ministerio de Jesús, el primer espíritu impuro o de oposición que le sale al paso, es el espíritu de indiferencia, caracterizado por la frase "¿Qué tenemos que ver nosotros y tú?" o por otra traducción también posible y equivalente: ''¿Por qué te entro­metes?" en un asunto que no es el tuyo, sino nuestro. Las frases si­guientes, así como los gritos y la agitación, delatan lo que hay realmen­te bajo la fingida proclama de indiferencia: temor por el que viene para su mal; un conocimiento de Cristo que no va unido a amor, aunque con­tenga una exacta apreciación de la relación de Cristo con Dios.

Pasemos ahora a un análisis más detallado.

·   APENAS JESUS ENTRA EN ACCION

Cafarnaúm es como la patria de¡ ministerio de Jesús.. Es el epi­centro de su ministerio, que se desarrolla, según Marcos, principalmente en Galilea. La sinagoga de Cafarnaúm es el teatro privilegiado de sus enseñanzas, pero también testigo de milagros suyos y de una oposición progresiva, que se suscita a raíz de ellos.

Este primer incidente tiene lugar en la sinagoga de Cafarnaúm y será seguido de otros, tanto en ésta como en las demás sinagogas de Galilea. En el sumario de Mc 1,39, Jesús entra en las sinagogas de Ga­lilea enseñando y expulsando demonios, La segunda vez que entra en la sinagoga de Cafarnaúm (Mc 3,1 ss), Jesús cura, en sábado, al hombre de la mano seca y los fariseos y herodianos se confabulan para acabar con él. Sin embargo, Jairo, uno de los jefes de la sinagoga, cree en Je­sús y éste resucita a su hija (Mc 5,22.35.38). El milagro no tiene lugar en la sinagoga, sino en la casa de Jairo. Otra vez, en sábado, comienza a enseñar en la sinagoga, donde suscita de nuevo desconcierto y escán­dalo (Mc 6,2 ss). Jesús, en esta ocasión, comprueba su falta de fe y se ve impedido de hacer milagros, lamentándose de ser tenido por extraño en su propia casa. Por fin, hacia el fin del Evangelio según Marcos, las sinagogas, aludidas ahora en general, son el escenario de la competencia de los escribas por los primeros puestos (Mc 12,39) y el lugar donde se enjuicia y se azota a los cristianos (Mc 13,9).

A partir de estos y otros indicios del evangelio según Marcos, algu­nos, exegetas afirman, atentos al significado teológico de que se revis­ten los lugares en este evangelio, que para Marcos, Galilea es el lugar donde Jesús ha fundado su Iglesia, pero a lo largo del evangelio, esta iglesia se va separando progresivamente de la sinagoga, institución que simboliza al Israel que rechaza a Cristo, y que es representada de ma­nera ejemplar por la sinagoga de Cafarnaúm. Galilea es por lo tanto símbolo de la Iglesia. La Sinagoga de Cafarnaúm es símbolo del Israel que no recibe a Cristo. "Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron'' dirá Juan 1,11.

El incidente relatado en Mc 1,21 ss, presenta por lo tanto la prime­ra forma de que se reviste ese rechazo. Indiferencia. Cuyo verdadero contenido se irá revelando a lo largo de la vida de Jesús y de la Iglesia.

Podría afirmarse que la indiferencia es como un preludio, aún larvado, de la oposición y la persecución.

Podemos aún agregar algunos indicios contextuales que confirman lo dicho. En Marcos 1,14‑15, Jesús pasa del desierto a Galilea. El desier­to es, para Marcos, un lugar asociado al mundo religioso del Antiguo Testamento: es el escenario del Espíritu Santo como Espíritu profético, actuante en San Juan Bautista. Galilea será el lugar donde Jesús funda­rá su Iglesia. Y Jesús hace su entrada en ella predicando, ‑impulsado, entendemos nosotros, por el mismo Espíritu que lo empujó al desierto ­para su primer enfrentamiento directo con el demonio. Las tentaciones del desierto son el primer contraste, arquetípico, entre el Espíritu Santo y el espíritu del mal. Ese encuentro fija el prototipo de discernimiento, necesario para distinguir luego la obra de los Espíritus opuestos que obran en los hombres,

Desde el desierto a Galilea, y desde Galilea a las regiones paganas circunvecinas, queda dibujado el camino de la expansión evangélica. De Galilea a Jerusalén se dibuja el camino prototípico de¡ enfrentamiento de Jesús con la oposición Judía. Ese camino se reproduce en pequeño cada vez que Jesús entra a la sinagoga o sale de ella. No es recibido en la sinagoga, en la que debería poder entrar como en su casa. Es re­cibido en cambio en otras casas: la casa de Jesús está allí donde encuen­tra la fe. Así por ejemplo, la casa de Pedro, donde cura a la suegra de éste.

Por último, también la orilla del mar y el mar mismo, tienen su sen­tido teológico. Es allí donde Jesús encuentra y llama a sus discípulos para que lo sigan. En el mar se les aparece y se les manifiesta, autorre­velándose. Allí enseña Jesús a las turbas y a sus discípulos. Y allí los convoca, para encontrarse con ellos después de su resurrección.

·   PRIMERA FORMA DE RESISTENCIA AL ESPIRITU SANTO

La resistencia del espíritu impuro en la sinagoga de Cafarnaúm se sitúa "enseguida" tras el comienzo del ministerio de Jesús. Inmediata­mente después del seguimiento de los cuatro primeros discípulos, que ha tenido lugar a la orilla del mar.

La palabra "enseguida" (griego: euthús) es un término predilecto de Marcos, que lo emplea 42 veces en su evangelio y sólo se encuentra 12 veces en el resto del Nuevo Testamento.

En el pasaje analizado, Marcos nota que Jesús entra en la sinagoga enseguida apenas llega el sábado (euthús) y que el hombre en espíritu impuro se pone a gritar enseguida (euthús) como reacción a la ense­ñanza de Jesús. El pasaje termina diciendo que su fama se extiende enseguida (euthús) por todos lados.

Difícilmente puede uno sustraerse a la impresión de que el ense­guida no es una muletilla ni una pura fórmula, sino que ha de tener una significación teológica en la intención de Marcos.

La idea presente en la palabra griega es la de "ser recto, ser dere­cho" De ahí, adverbialmente: "inmediatamente", "enseguida". Quizás no haya que urgir tanto un sentido exclusiva o predominantemente tem­poral: "rápidamente", sino entender que esa rapidez va cargada de sig­nificación teológica, sugiriendo una relación de concomitancia. El esque­ma arquetípico que parece insinuarse aquí, puede expresarse así: La predicación suscita inmediatamente resistencia y oposición. Y la opo­sición, una vez vencida, es punto de partida de una nueva propagación.

Queda insinuado así, por Marcos, una cierta ley de alternancia y consecuencia en el acontecer espiritual, revelada en las vicisitudes de la vida de Cristo, interpretadas como vicisitudes del enfrentamiento del Espíritu Santo con los espíritus impuros. Es la ley de toda predicación.

·   ENTRAR, SALIR Y ESTAR EN ...

Igualmente importantes y significativos son por lo tanto los movi­mientos de entrada y salida de un lugar hacia otro, para entender la perspectiva evangélica de Marcos.

Bíblicamente, el entrar y salir, tienen como es sabido su significa­ción propia, asociada sin duda a la imagen sapiencial del camino y de la ley o la conducta del hombre. “Entradas y salidas" es expresión típica hebrea para designar todas las empresas (Núm 27,17; Dt 28,6; 31,2;

Jos 14,11; 2 Re 19,27; Sal 120,8), todos los movimientos, toda la activi­dad de alguien.

Jesús ordena al espíritu impuro que salga del hombre.

Jesús no sólo entra y sale de casas, sinagogas, ciudades, regiones, sino que también entra en agonía, habla de las condiciones para entrar en el Reino, advierte a los discípulos que oren para no entrar en tenta­ción ...

El acontecer espiritual se expresa por lo tanto con un lenguaje to­mado de la simbólica espacial. Se está en un espíritu como en un lugar. Se está situado espiritualmente. El espíritu impuro o el Espíritu Santo son "sitios" espirituales.

En el Nuevo Testamento se hablará de vivir en Cristo, vivir en la carne, o en el espíritu. Y en nuestro pasaje se define al hombre como en espíritu impuro. Lo que un hombre hace frente a Cristo, indica donde está espiritualmente en ese momento. También Pedro, cuando niega a Cristo, está "afuera" ''en el patio, abajo" (Mc 14,66), topográ­fica y espiritualmente, en una situación totalmente distinta a la que está pasando el Maestro.

Además, el Espíritu Santo lleva al hombre a determinados sitios. impulsa a Cristo al desierto (Mc 1, 12) o transporta al apóstol Felipe (Hechos 8,39 s). Son también obras propias del Espíritu Santo, el reunir en un lugar, para orar por ejemplo, o el enviar en misión.

No por ser Espíritu es una realidad ajena a lo espacial. Obra espa­cialmente y es susceptible de ser expresado en categorías espaciales.

Por eso, nuestra traducción ha querido respetar el giro griego "un hombre en espíritu impuro", evitando la traducción común en muchas versiones: "un hombre poseído por un espíritu", aunque puedan equi­valer.

Todo esto sugiere el realismo con que el Nuevo Testamento inter­preta el estado o la situación espiritual, santa o impura, de un hombre.

·   UN ESPIRITU ANTAGONISTA DEL ESPIRITU SANTO

En los doce primeros versículos de su evangelio, Marcos nos habla tres veces del Espíritu Santo.

La primera, como contenido de la predicación del Bautista, para definir la obra del que viene: "El os bautizará (es decir.: os sumergirá) en el Espíritu Santo" (Mc 1,8).

La segunda, en la escena del Bautismo: "Y al punto (Jesús) subien­do del agua, vio rasgarse los cielos y venir sobre él el Espíritu Santo como paloma" (Mc 1,10). Jesús recibe la plenitud del Espíritu pública­mente.

La tercera: "Y enseguida el Espíritu lo impele a irse al desierto" (Mc 1,12).

Cristo, que viene a sumergir en el Espíritu Santo, viene en la ple­nitud del Espíritu. (La plenitud de los tiempos, se refiere a esta plenitud del Espíritu que está operante en Jesús). Ese Espíritu de Dios lo empu­ja el desierto para el primer enfrentamiento, el arquetípico, el que se irá desglosando en una explicitación anecdótica, durante su ministerio. El desierto es el lugar de ese enfrentamiento directo, de ese encontro­nazo entre ambos espíritus, el Santo y el adversario, que culminará en la Cruz.

En la sinagoga de Cafarnaúm asistimos a la primera anécdota, en la que comienza a manifestarse en la vida pública el enfrentamiento iniciado en la soledad del desierto,

Ya hemos dicho que por espíritu impuro, o inmundo como traducen otros, se ha de entender: no‑santo. Un espíritu opuesto a la comunión con Dios, a toda relación con él.

·   DE LA INDIFERENCIA A LA BLASFEMIA

Ya que toda la vida y obra de Jesús están bajo el signo del Espíritu Santo y de la docilidad a El, comprendemos por qué, decir que pueda tener parte con el espíritu impuro, es blasfemar contra el Espíritu Santo. Equivale, en efecto, a calumniar al Espíritu que está en Jesús y que se manifiesta en su predicación y en sus obras: "...quien blasfemare contra el Espíritu Santo, no tiene perdón eternamente, sino que será reo de pecado eterno. Es que decían: Tiene espíritu impuro" (Mc 3,29‑30).

Esta acusación blasfema es la que poco antes han formulado los escribas venidos de Jerusalén, los cuales decían: "Tiene a BeIzebú" y "en virtud del príncipe de los demonios lanza los demonios" (Mc 3,23).

Es también sugerente la explicitación que ha tenido lugar en los motivos de los opositores, entre la primera y la segunda actuación de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. Se ha pasado de la indiferencia a la voluntad homicida (Mc 3,6).

Marcos 1,22‑28 muestra por lo tanto el punto inicial de un crescen­do que pasando por la voluntad homicida (Mc 3,6) y por la calumnia blasfema (3,23; 29‑30) no dejará de progresar e irse revelando en su verdadero alcance a lo largo de todo el evangelio.

Pero ya dentro de esta primera escena, un análisis de las palabras que profiere el hombre en espíritu impuro, traicionan lo que se esconde bajo la frase inicial de indiferencia. Ante todo, ya el hecho de que el hombre la profiera a gritos, muestra que no se trata de un estado de ánimo neutro ni de una verdadera actitud de desinterés o prescinden­cia. Pero la segunda frase traiciona claramente que el espíritu impuro que habla en este hombre, bajo su pretendida indiferencia, es un espí­ritu de miedo a Cristo: "Has venido a arruinarnos". 0, como traducen otros: "a destruirnos", "a perdernos". Jesús no es mirado por lo tanto con indiferencia, como alguien que no tiene nada que ver, nada en común con uno, sino como un enemigo, como un peligro, como un mal. Por eso es, primero, evitado. Luego será calumniado, perseguido, hostigado, pro­vocado, boycotteado y por fin eliminado.

·   NO ES EL DISCÍPULO MAYOR QUE SU MAESTRO

Todo agente pastoral debería ser instruido para que tomara muy en serio las palabras de Pablo: "Nuestra lucha no es contra carne y sangre (e. d.: contra hombres) sino contra los principados ... contra las huestes espirituales de la maldad que andan en el aire" (Efesios 6,12).

Y debería recordar esta advertencia también cuando se encuentra personas en espíritu de indiferencia, que será también presumiblemente la primera anécdota de su combate apostólico.

Lo sucedido en el ministerio terreno del Señor, será normativo para el ministerio de los discípulos. También a ellos los envía el Señor con poder para enfrentarse con los demonios, como un complemento, al pare­cer necesario, de su tarea de predicar (Mc 3,14‑15; 6,7).

Marcos explicará y aplicará la enseñanza que se desprende de la primera enseñanza de Jesús en la sinagoga, con las palabras mismas de Jesús a sus discípulos: "Si algún lugar no os recibe y no os escu­chan ..." (Mc 6,11). No es otra cosa la actitud del espíritu de indife­rencia. La enseñanza de Cristo es: no insistir.

Quizás a la misma o semejante situación pastoral ha de referirse otra palabra de Jesús:"No déis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pateen con sus pies y revol­viéndose contra vosotros os hagan trizas" (Mt 7,6). En el lenguaje de las parábolas, la perla es imagen del Reino, centro del mensaje evan­gélico. El perro y el cerdo son representación respectiva de lo indigno y lo impuro. Pero aún el perro es capaz de reconocer al que le da de comer. Mientras que el cerdo es capaz de destrozarlo por igual.

 

·   LA OPOSICION A CRISTO: CONSCIENTE 0 INCONSCIENTE

Si en el hombre que se opone a Cristo, o no se interesa en El, puede alegarse la excusa de la ignorancia (". . . perdónalos, porque no saben . .."Lc 23,34), el espíritu impuro obra con pleno conocimiento de causa y de la identidad del que tiene delante: "sabemos quién eres tú: el San­to de Dios".

Sabe quién es Cristo y su relación de santidad, de íntima unión con Dios, pero el espíritu impuro es precisamente eso: el que se opone desde el principio a Dios. El espíritu que afirma que Dios es malo pa­ra él.

·   APARENTA LO QUE NO ES

Hay un detalle que corrobora la afirmación de que el espíritu im­puro de indiferencia, es, como todo espíritu impuro, un espíritu de men­tira, de ficción.

No sólo miente respecto de su verdadera cualidad. Miente también respecto de su número.

El espíritu habla en plural: “nosotros",''tenemos que ver", "arruinar­nos", "sabemos". Cristo lo interpela en singular "cállate", "sal".

(Nota: en algunas traducciones, la tercera frase del espíritu im­puro, suele ponerse en singular, de acuerdo a algunos manuscritos grie­gos. Nosotros, en vez de "sé quién eres", preferimos traducir ''sabe­mos quién eres", siguiendo la lectura de otros manuscritos).

No sólo Cristo los interpela en singular. Marcos también parece suponer que se trata de un espíritu impuro y no de muchos, como el espíritu pretende aparentar.

Los asistentes a la Sinagoga, en cambio, que si bien desconcerta­dos y admirados, aún no creen, parecen estar más bajo la impresión de la fingida pluralidad: "Se impone a los espíritus y le obedecen". Parecen creer menos a las palabras de Jesús, que se encara al espíritu como con uno solo.

Nos parece que de este modo, Marcos señala, aunque en forma indirecta, desde esta primera actuación de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, el carácter mentiroso del espíritu impuro.

·   NO ES DIGNO DE CONFIANZA EN NADA DE LO QUE DICE

Esta afirmación parece confirmarla el pasaje de Marcos 5 en que se nos narra la liberación del endemoniado de Gerasa. Pero allí la men­tira diabólica en cuanto a su número parece ser inversa. Siendo muchos, como se desprende de la misma confesión de su nombre, que Jesús les arranca, los demonios se presentan hablando en singular: "¿qué tengo que ver contigo?" . . . "no me atormentes". Marcos, que al presentar al hombre dice que está "en espíritu impuro" (en singular) habla de "ellos" y en plural después que Cristo los ha desenmascarado, obligándolos a confesar que se llaman Legión porque son muchos.

(Nota: Aquí también, algunos manuscritos griegos ofrecen formas singulares. Nosotros preferimos traducir a partir de los que ofrecen homogéneamente las formas plurales).

El espíritu impuro, a veces es uno y finge ser muchos, otras veces son muchos y fingen ser uno, la lección que Marcos parece ofrecer al lector atento, es que no se puede confiar de ninguna manera en lo que dice el hombre en espíritu impuro, ni siquiera en lo que afirma indirec­tamente dándolo por supuesto. Esta capacidad de engañar la ilustra la experiencia:

·   UN CASO ILUSTRADOR: NO CREO EN DIOS PERO LE TENGO MIEDO

El caso siguiente ilustra cómo pueden coexistir en una persona el miedo a Dios con una actitud intelectual de indiferencia. Lo tomamos de una historia clínica narrada por el psiquiatra Víctor Frankl.

 

"Veamos el caso de un paciente con una grave neurosis obsesiva que duraba en él desde hacía décadas y había resistido a reiterados y largos intentos de tratamiento psicoanalítico. El centro de sus temores neurótico‑obsesivos lo constituía la fobia de que tales o cuales actos suyos podrían ser causa de que su difunta madre o hermana se conde­naran. Por este motivo nuestro paciente no quiso, por ejemplo, entrar a trabajar en la administración pública, ya que hubiese tenido que pres­tar juramento ... ahora bien, en alguna ocasión podría suceder que lo llegara a quebrantar, aun en grado mínimo, y entonces pensaba que se condenarían su madre y su hermana. Tampoco se atrevió a contraer ma­trimonio ... porque si luego fuera infiel al dado en la boda, con ello arrastraría a sus parientes difuntos a la condenación. Recientemente, había dejado de comprarse un aparato de radio, por el mismo pensa­miento obsesivo de que si no lograba entender por completo cierto deta­lle técnico, su hermana y su madre serían condenadas en el más allá.

 

Ante tal abundancia de elementos imaginativos de tipo religioso, si bien en estado latente, preguntamos a nuestro paciente por su vida religiosa, es decir, su actitud frente a las cuestiones religiosas. En respuesta se nos declaró decididamente "librepensador'' y "seguidor de Haeckel". Todo esto lo dijo, haciendo además resaltar orgullosamen­te lo mucho que a ello había contribuido su conocimiento de la física moderna; por ejemplo, declaró dominar perfectamente la teoría elec­trónica. A la pregunta de si se consideraba versado en cuestiones reli­giosas, admitió que las conocía bien, pero añadió que "conocía su de­vocionario como el criminal conoce las leyes", o sea que conocía la religión sin confesarla o profesarla en manera alguna ''Luego ¿es usted incrédulo?" seguimos preguntándole; a lo que contestó "¿Quién puede decir eso de sí mismo? Ciertamente, con la razón soy incrédulo, aunque con el sentimiento puede ser que crea a pesar de todo. Con la razón, en todo caso, no creo en nada sino en un determinismo sometido a las le­yes naturales, y no en un Dios que premia y castiga". Hagamos notar que la misma persona que pronunciaba estas palabras nos declaraba poco antes, refiriéndose a una de sus perturbaciones en la capacidad de actuar: ''En aquel instante me vino la obsesión de que Dios podría vengarse de mí". (Tomado de: La presencia ignorada de Dios. Psicote­rapia y religión. Herder, Barcelona 1979, págs. 77‑78).

En los disturbios psicológicos graves resaltan los rasgos que en situaciones más normales son menos claros. Las actitudes de este paciente obsesivo son frecuentes y se encuentran a menudo en el diálogo pastoral.

Hay un juicio oculto que funda una actitud de miedo a Dios, como un ser arbitrario y dañoso, que cela y amenaza los verdaderos bienes y amores de la persona. Por encima de esa angustia frente al Dios malvado se tiende el velo encubridor de un juicio de indiferencia o incredulidad.

El lector nos dispensará de señalarle en el caso expuesto, las obvias analogías que existen entre las afirmaciones del paciente y las frases: "¿qué tenemos que ver contigo?"; "has venido a destruirnos”; "sabe­mos quién eres".

·   UN ESPIRITU DE PREPOTENCIA

El espíritu de indiferencia, suele desplegar una suerte de capacidad especial para impresionar. La presencia de un solo indiferente en un grupo o una clase, tiende a acaparar la atención, a interponerse al grupo y al catequista, profesor de religión o sacerdote. El agente de pastoral puede olvidar, como por una especie de efecto hipnótico, a la mayoría bien dispuesta que tiene delante. Como consecuencia, privilegia al indi­ferente con lo mejor de su esfuerzo, y a menudo llega hasta a impostar su método y su materia en obsequio suyo, con una injusta preterición del grueso de la clase. Contra lo aconsejado por Jesús, insisten en que­rer ser recibidos y aceptados.

El impacto espiritual y psicológico de los encuentros con indiferen­tes marcan a veces a un sacerdote en forma tan pertinaz, que no con­sigue sacárselos de dentro cuando sube el domingo a predicar a cris­tianos fervorosos. ¿No hemos visto a menudo sermones que reprochan a los pobres fieles presentes los males y pecados de los que no asoman la nariz por la Iglesia?

Observando la conducta de algunos agentes de pastoral, uno se puede preguntar si no tienen una cierta predilección por las casas en que no los reciben y no los oyen (a menos que pongan sordina a su fe), como si no encontraran gracia en la fácil aceptación que encuentran en las casas bien dispuestas, cuando precisamente, la gracia y el Espíritu se manifiestan en la acogida al Evangelio.

·   ¡CÁLLATE Y SAL DE EL!

La frase de exorcismo de Jesús, funda, como dijimos antes, la dis­tinción entre el hombre y el espíritu en que está.

Es el hombre, sí, el que grita y el que habla. Sin embargo, Jesús no se encara con él. Distingue e impera: ¡Cállate! ¡sal de él! encarán­dose con el espíritu, como diferente del hombre.

Esta distinción se expresa de dos maneras: el hombre está en el espíritu impuro; el espíritu está en el hombre. Lo primero se desprende de las palabras de Marcos. Lo segundo de la orden de Jesús.

Ya hemos hablado sobre el uso del lenguaje espacial para describir las experiencias y realidades del espíritu. Y también hemos notado que la distinción que hace Jesús entre hombre y espíritu, es importante para la pastoral de las "excelentes personas".

Podemos agregar aquí que el hombre está en el espíritu como en una atmósfera, o en términos biológicos: un medio. Y a su vez un espíritu está en un hombre, como en un recipiente. Al espíritu del hombre, su adentro, su interioridad espiritual, hacen referencia di­chos tales como: "lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre" (Mc 7,15); "¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?" (1Cor 2,11). "Bernabé era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe" (Hechos 11,24).

·   CADA UNO SE JUZGA POR SU ACTITUD ANTE CRISTO

Todo el Nuevo Testamento está lleno de testimonios de la convic­ción cristiana, según la cual, en la confrontación con Cristo se pone de manifiesto "en qué espíritu está" cada hombre. Cristo ‑y la presen­tación evangélica que de él se hace‑ suscita la caída o la elevación; pone al descubierto los pensamientos de los corazones (Lc 2,34‑35); es luz que atrae o ante la cual se huye, poniendo de manifiesto automáti­camente un juicio (e.d.: un discernimiento) acerca de la actitud ínti­ma y oculta del hombre (Jn 3,20‑21).

La indiferencia que se expresa en el "¿qué tiene que ver Cristo conmigo?" es ya una actitud espiritual, que muestra lo que hay en ese hombre, y si hemos de aplicar los criterios del Nuevo Testamento, trai­ciona su signo negativo.

·   CONCLUSIONES

1) El Nuevo Testamento ofrece un sistema de coordenadas para situar el fenómeno de la indiferencia religiosa, el desinterés por Cristo, en las múltiples formas de que puede revestirse, como una situa­ción significativa desde el punto de vista espiritual, o sea desde el punto de vista de su calificación como espíritu impuro, no santo, opuesto al Espíritu Santo, del cual es propio obrar la fe y el amor a Cristo.

 

2) Este espíritu es el primero que, según Marcos, le sale al paso a Jesús en su vida pública, manifestándose como adverso. Presumi­blemente es también el primero que saldrá al paso de sus discípulos.

 

3) Jesús nos enseñó con su ejemplo, a reconocer este espíritu como distinto de] hombre en el cual se encuentra y a través del cual se expresa. Pero además dio a sus discípulos instrucciones acerca de lo que debían hacer ante la indiferencia que no recibe a los enviados. Rechazo y acogida deben ser los indicios orientadores del agente evangelizador.

 

4) El espíritu de indiferencia es, paradójicamente, un espíritu que agi­ta al hombre apenas se confronta con Jesús. Esta es una primera mentira: finge indiferencia y es agitación. La causa de esta agita­ción parece ser el miedo a Cristo, considerado por lo tanto como alguien malo. Las formas que va adoptando posteriormente la opo­sición a Cristo parecen estar ya larvadas desde el comienzo en este espíritu de indiferencia inicial.

 

5) El espíritu de indiferencia, finge ser lo que no es, no sólo cualitati­va sino también cuantitativamente. Esta es una segunda forma de su mentira. Dice ser muchos cuando es uno y finge ser uno cuando son muchos. Unas veces se arroga una falsa representatividad. Otras veces esconde sus solidaridades de facción.

 

6) Aunque el espíritu impuro puede imprimir su influjo en el alma y el cuerpo del hombre, su esfera propia es la del espíritu, o sea la misma en que se decide la actitud religiosa frente al Dios que se revela en Cristo. No hay que pensar ni imaginar que este espíritu se encuentre sólo en casos excepcionales, en los que pudiera re­conocerse o sospecharse a través de los signos llamativos, lo que se entiende comúnmente por "posesión diabólica". Su realidad y su apariencia son mucho más modestas. Es lícito señalar su presencia dondequiera se encuentran actitudes de desinterés o indiferencia respecto de Cristo. Aún en personas totalmente normales, y en al­gunos aspectos hasta ejemplares.