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II. EVOCACIONES DE SAN IGNACIO. 

1. MEMORIA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA. 

Cinco Evocaciones. 

La liturgia, que es maestra de nuestra fe, nos enseña que las fiestas de los  santos son memorias. Es decir que lo que corresponde en ellas es alegrarse en el recuerdo y alegrarse mediante los recuerdos. Por eso, con ocasión de la fiesta de San Ignacio se me ocurría evocar junto con ustedes algunos recuerdos. Se trata por lo tanto de cosas sabidas para jesuitas. Historias y anécdotas conocidas por todos en las que “no hay novedad”. La novedad de la memoria no está en los contenidos de lo que se evoca sino en la fuerza de la evocación; en la fuerza que la evocación puede tener para renovarnos a nosotros; para renovar la vida de los que recuerdan. Entonces podrá no ser novedad lo que digo, pero, de repente, lo que digo nos renueva.

 

La vida de San Ignacio es una de las más documentadas en narraciones y en recuerdos de los primeros compañeros. Hay santos de los que apenas conservamos un par de fechas y el hecho de su martirio; de otros sabemos bien poco. De algunos se conservan escritos pastorales, de los menos un relato autobiográfico.

 

En un artículo en Razón y Fe de 1956, en el número extraordinario dedicado al IV Centenario de la muerte de San Ignacio (31.7.1556), dice el Padre Ricardo G. Villoslada:

 

“No se puede negar que tenemos del fundador de la Compañía de Jesús un conocimiento preciso y profundo. Lo conocemos en todos los lances y circunstancias de su vida exterior: por dónde anduvo, cómo hablaba, cómo vestía, la diaria distribución de sus actividades, qué comía, cuánto dormía, qué enfermedades padecía – cosa que ni él ni sus médicos lo supieron – y no menos en las particularidades de su vida íntima. Conocemos su temperamento y carácter, sus gustos e inclinaciones, su formación intelectual, las influencias que recibió, sus ideales y propósitos, sus normas de gobierno, sus métodos de apostolado; conocemos su doctrina espiritual y su modo de vivirla, sus contemplaciones místicas y los dones divinos que el Espíritu Santo le comunicaba. Podemos seguir casi día a día los negocios corporales y espirituales que traía entre manos, las cartas que escribía, los personajes con quienes trataba, los pensamientos y las preocupaciones de cada instante. Pocos hombres de la historia son tan perfectamente conocidos como el fundador de la Compañía”. (La Figura histórica de San Ignacio de Loyola a través de cuatro siglos en: Razón y Fe 153 (1956) Nº 696-7, pp. 45-70, texto citado en p. 45-46.)

 

Entonces, recordar a San Ignacio no es difícil. Al contrario, más bien es difícil la decisión de qué elegir entre todo eso recordable. Porque San Ignacio es inmensamente recordable: 12 tomos de cartas y documentos, 3 tomos de fuentes narrativas, 1 tomo de obras en la BAC...

 

La Compañía ha tenido la gracia de sus memorialistas y archiveros. Ignacio sembró en los suyos la virtud de la gratitud que inculcaba en todos, y los suyos le agradecieron recordándolo. San Ignacio nos legó, además, en los Ejercicios, el modo de orar por las tres potencias que reafirma la igualdad en la dignidad de las tres facultades del hombre y que, después de siglos de racionalismos, nos ayuda a recuperar el aprecio de la memoria, el valor de la cual somos proclives a olvidar. La memoria nos conduce a la importancia de lo individual, de lo concreto, de lo histórico. Mientras que la razón, a veces, nos lleva por un desvío ideológico hacia los conceptos. En momentos en que la cultura occidental rumbeaba hacia el nominalismo y hacia una inflación de la razón que conduciría al racionalismo, Ignacio legó a los suyos el aprecio por la memoria. Y los suyos recogieron el legado y cultivaron el recuerdo, en primer lugar de Ignacio. La memoria, facultad  de lo individual concreto, la facultad de lo histórico y de lo que se conoce por intuición, es instrumento privilegiado del amor. Recordamos lo que amamos, recordamos porque amamos. Y, a su vez, el amor parece alimentarse del recuerdo. Veamos pues algunos recuerdos acerca de Ignacio. Los tomo de documentos históricos que se conservan en Fontes Narrativae. Voy a tomar recuerdos que distintas personas guardaron de Ignacio. He seleccionado 5 recuerdos:

 

1.1)  El recuerdo que dejó en el pueblo sencillo, en Manresa, y que recogen dos jesuitas que van allí de ministerios.

1.2)  El recuerdo que dejó en uno de sus compañeros, Simón Rodrígues, con el que precisamente tuvo una relación atormentada y conflictiva.

1.3)  El recuerdo de un historiador de la Iglesia de la época, una persona que no era de la Compañía y lo mira desde afuera y en la óptica de la época.

1.4)  El recuerdo de un joven, casi un niño, en cuya casa vivió Ignacio durante dos años en Barcelona, a la vuelta de Jerusalén. Un niño que lo pudo conocer muy de cerca pues vivió en su propio cuarto y dicen que dormían en la misma cama.

1.5)  El recuerdo de un obrero de nuestra casa de Roma a los comienzos de su instalación allí.

 

1.1)   El recuerdo que dejó en el pueblo sencillo

 

El Padre Juan Pla, escribe desde Barcelona, en 1574, al entonces General de la Compañía Padre Everardo Mercuriano:

 

“Fuimos a Manresa dos padres para ejercitar los oficios acostumbrados de la Compañía con las almas. Es admirable en esa ciudad, en Manresa, qué viva se guarda la memoria de nuestro padre. Son innumerables los que lo vieron allí, pidiendo limosna y vestido de saco. Vive la matrona que atendió a Ignacio en su enfermedad gravísima y que lo recibió en su casa. Vimos la habitación y el lecho en el cual yacía Ignacio enfermo. La causa por la cual fue conducido a esta casa fue ésta: había emigrado nuestro padre al hospital de los pobres en el cenobio de los dominicanos; allí cayó enfermo. Las mujeres devotas que servían a Ignacio, para no ocasionar escándalo visitándolo en la casa de los religiosos, pidieron a un hombre pío y rico, de nombre Amigant, que recogiera a Ignacio en una habitación de su casa hasta que pudiera reponerse de su salud. De esta manera podían ellas ir a visitarlo sin ninguna sospecha. Aquel piadoso varón concedió de buena gana lo que se le pedía. La mujer de éste, que ahora es viuda, narra los chistes que le hacía a su esposo a quien le llamaban “Simón el Leproso” porque Ignacio se había alojado en su casa así como Jesús en la casa de Simón. Y a ella, la mujer, la llamaban “Marta”, porque había servido diligentemente a Ignacio como a Jesús”. (MHSI, Fontes Narr. III pp.2-3. La traducción del latín es nuestra).

 

El pueblo asociaba la imagen de Ignacio con la de Jesús y lo comparaba con Jesús. A este Amigant le decían que había recibido a Jesús en su casa, en la persona de Ignacio; y bromeaban comparándolo con Simón. Y a su mujer la comparaban con Marta. Veían a Ignacio como un ser próximo a Jesús que andaba por su pueblo. Habían pasado 21 años desde la muerte de Ignacio y 55 desde su paso por la vida de los manresanos. Sobrevivía su memoria en el pueblo. Se recordaba la enfermedad que había pasado y la caridad de los que lo habían auxiliado. Dos sacerdotes de la Compañía recogen piadosamente estas memorias.

 

1.2) El recuerdo que dejó en uno de sus compañeros: Simón Rodrígues

 

Simón Rodrígues escribe ya hacia los 70 años de vida. Escribe desde Lisboa en 1577, a pedido del Padre General Mercuriano, un largo memorial del que se conserva una versión portuguesa, además del texto latino.

 

Entre todos los primeros compañeros, sabemos que Simón Rodrígues tuvo una relación conflictiva con Ignacio. Por eso su recuerdo y testimonio tiene un valor particular.

 

Simón Rodrígues comienza diciendo qué maravilloso es el despliegue de vida de la Compañía de Jesús, la cual es obra divina. Continúa luego explicando cómo Dios se valió para esa obra de diez hombres:

 

“También todos los de la Compañía saben cómo Dios nuestro Señor, por su grande y liberal bondad y misericordia, eligió a 10 hombres de nación franceses y españoles, teólogos de la Universidad de París, para poder comenzar este edificio que de nuevo quería hacer y levantar (la Compañía de Jesús). El primero de los dichos 10 fue el bienaventurado padre y maestro Ignacio, de nación español, vizcaíno de la provincia de Guipúzcoa, de la noble casa de Loyola, al cual, Dios Nuestro piadoso Señor, después de su conversión, siempre le dio una ardiente y fervoroso celo y deseo de la salvación de las almas y un ánimo muy constante en los trabajos en los cuales la sabiduría divina, que lo tenía escogido para colocarlo como piedra fundamental en el cimiento de este su nuevo edificio, quiso primero ejercitarlo y probarlo  por algunos años en diversos trabajos y, como a persona más experimentada en trabajos, siempre los otros compañeros lo tuvieron como padre y como guía en todas sus cosas y después lo eligieron como General.” (MHSI, Fontes Narr. III, pp. 11-13)

 

Esto es lo que consigna como recuerdo de Ignacio en su memorial el jesuita Simón Rodrígues. Luego sigue trazando la viñeta biográfica de los demás diez compañeros.

Es un lugar común de los jesuitas de la época insistir en que la Compañía es obra de Dios. Como para salir al paso de toda posible vanagloria o culto de la personalidad. Ignacio hizo todo lo posible para evitarlos. Y lo logró. Simón Rodrígues nivela mucho a los primeros diez. Aparte de ocupar el primer lugar, Ignacio no es objeto de un tratamiento redaccional privilegiado. 

 

1.3)   El recuerdo de un historiador de la Iglesia de la época: Gundislavo de Illescas, en su Historia Pontifical y Católica (Burgos 1578), dice:

 

“En el Pontificado de Pablo III, cerca de los años del Señor 1538, tuvo origen y principio la nueva religión que se llama de la Compañía de Jesús, que vulgarmente la llaman y sin propósito, de los Teatinos, por la razón que veremos abajo en la vida de Pablo IV. El fundador de esta santa congregación de estos muy devotos religiosos, fue el bendito Padre, don Iñigo López de Oñez y Loyola, español natural de Loyola en Guipúzcoa, hombre noble e hijo del señor de aquella casa, el cual, después de haber gastado gran parte de su juventud en la guerra (conociendo cuán peligroso camino para salvarse era el que llevaba), tocado de la mano del Señor, propuso buscar a Cristo, para servirlo como buen soldado suyo. Probó primero diversas maneras de vivir, unas veces en soledad, ejercitando la vida contemplativa, y otras entre los hombres, poniendo la mano en las obras de misericordia, corporales y espirituales, siempre macerando su carne con ayunos y oraciones. Visitó por su propia persona el Santísimo Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo y todos los lugares santos a donde nuestro precioso Maestro tuvo por bien de obrar el misterio de nuestra redención. Parecióle tras de esto que aún podría hallar otra vida más perfecta y, abrazando la pobreza voluntaria y con celo de aprovechar a muchos con su vida y ejemplo, determinó irse a Roma. Y tomando en su compañía algunos pocos clérigos virtuosos y de buena fama (los más de ellos españoles) comenzaron él y ellos a dar de sí extraña satisfacción a todos los que los conocían. Porque su principal ejercicio era visitar enfermos y encarcelados y consolar los afligidos, sin ninguna manera de interés  ni provecho temporal. De los primeros que se le juntaron al Padre Ignacio fue uno Francisco de Estrada, natural de Dueñas y compañero mío en el estudio de las primeras letras, hombre doctísimo y de muy ejemplar vida, de los que más han trabajado y trabajan hoy en el fertilísimo vergel de esta santa religión; tanto que de puro fatigado de tantos caminos ha estado a punto de perder la vista de los ojos. Vive hoy en Toledo con grandísima admiración por la grande elocuencia que muestra en el púlpito, en cualquier lengua en que quería predicar.” (MHSI, Fontes Narrat. III, pp. 137-138)

 

El nombre de este jesuita Francisco de Estrada me recuerda – permitan la disgresión porque viene al caso – el testimonio de otro Estrada, el monje cisterciense Fray Luis de Estrada, quien desde su retiro de Huerta, no sabía cómo lamentar la muerte de Ignacio y la gran pérdida que estimaba que ella significaba para la Iglesia, asombrándose de la indiferencia y frialdad con que se había recibido la noticia de su muerte (verosímilmente, entre algunos jesuitas, pues de la indiferencia de otros no ve uno que el monje pudiera asombrarse y dolerse tanto). Escribe el cisterciense:

 

“Sabéis vos, mi buen Jesús, cuántas veces me llegué a muchos diciéndoles por cosa muy extraña, que de vuestra Iglesia faltaba vuestro seguidor Ignacio, y cómo me afligía de ver que no se mudaban, ni lloraban, ni se espantaban... ¿Qué es esto, Señor, que murió el santo, el justo, el bendito y no hay quien mire en ello y lo pondere de corazón?... Decidme, cristianos; respondedme, siervos de Dios, los que no derramáis lágrimas oyendo la muerte del buen Ignacio... Decidme: ¿en tan poco tenéis la ausencia de una tal persona de la Iglesia de Dios?...¡ Qué aflicción se siente en el navío, cuando por desastre muere el piloto, y apenas se halla quien sepa asistir  al clavo y regir la navegación! Pues, pobre de mí, habiendo en el mundo tanta falta de ejemplo y doctrina, ¿por qué todos no alzamos las manos al cielo, cuando se muere una tal persona, que con vida y ejemplo nos guiaba?” (Citado por Ricardo G. Villoslada, en el Art. Antes mencionado, p.48)

 

Y ya que hemos hecho esta digresión que nos ha traído a hablar de la muerte de Ignacio, nos podemos permitir antes de retomar el hilo, aducir aún otra memoria: el recuerdo del Padre Polanco, que tan cerca estuvo de Ignacio en Roma hasta su muerte. Y el recuerdo de Polanco precisamente acerca de los últimos momentos de Ignacio. Polanco nos lo ha conservado en una carta que le escribe a Ribadeneyra para narrarle los últimos momentos de Ignacio. Este documento confirma la poca importancia que se daba Ignacio, contagiándole esta actitud aún a colaboradores de la talla de Polanco:

 

“Hemos ponderado la humildad de este santo viejo que, teniendo certitud de su tránsito (como la mostró el día de antes, que no me acuerdo haberle visto afirmar cosa futura con demostración de certeza, sino ésta, y la de la  provisión de Roma, que nos prometió un año antes como después al tiempo mismo ha venido), teniendo, digo, esta certidumbre de su tránsito, ni quiso llamarnos para darnos su bendición ni nombrar sucesor, ni aún vicario, en tanto que se hará la elección, ni cerrar las Constituciones, ni hacer otra demostración alguna, que en tal caso suelen hacer algunos siervos de Dios. Sino que, como él sentía tan bajamente de sí y no quería que en otro que en Dios nuestro Señor estribase la confianza de la Compañía, pasó al modo común de este mundo, y por ventura debió él de alcanzar esta gracia de Dios, cuya gloria sola deseaba, que no hubiese otras señales en su muerte; cómo en la vida también fue amigo de esconder los dones de Dios secretos, fuera de algunos que para la edificación debían manifestarse; y también la divina Sapiencia, que en sus siervos a veces muestra señal de milagros sensibles, para que los que tienen poca fe o poco entendimiento se muevan por ellos, y a veces, en lugar de éstas, muestran efectos de grandes y sólidas virtudes, testimonios ciertos de su gracia, para los que tienen abiertos los ojos con la luz de fe y otros dones espirituales. Este segundo modo parece ha usado la Providencia en la cabeza de la Compañía, como lo usa en los miembros de ella por todas partes mostrando en la conmoción de las almas y en la conversión y fruto espiritual de ellas, por tan débiles instrumentos, en tantas partes, en los de fuera y en los de dentro.” (MHSI Fontes Narr. I, pp.767-768)

 

Lo que dice Polanco acerca de la reserva de Ignacio para hablar de los dones secretos de Dios, no debe despistarnos. El Padre Villoslada traza un retrato de Ignacio que nos lo presenta cordial y comunicativo:

 

“Ignacio de Loyola era un gran conversador, poco palabrero con los extraños, pero con los suyos efusivo, de corazón abierto a las confesiones amistosas, inclinado naturalmente a dar cuenta de su propia conciencia. ¡Cosa curiosa! El hombre más amigo de reflexionar, de reflectir sobre sí mismo, era al mismo tiempo el más propenso a la  expansión psicológica y a las confidencias íntimas. No tenía el menor inconveniente en descubrir sus pecados de juventud, sus flaquezas, sus tentaciones, sus dificultades a quien viniese a él buscando consuelo y dirección. En su Autobiografía nos contó las peripecias más interesantes de su vida de peregrinante.” (R. Villoslada, Art. cit. p. 46)

 

La cuenta de conciencia no era en primer lugar un recurso de gobierno de San Ignacio, sino derivaba de su modo de ser, como un resorte de vida espiritual. No es que él fuera un reservado y que pretendiera que los otros se abrieran con él, sino que era un hombre abierto y que reclamaba abertura de alguna manera en reciprocidad o que la suscitaba mediante su propia abertura.

 

1.4) El recuerdo de un joven casi niño: Juan Pascual

 

Juan Pascual conoció a Ignacio en Manresa y en Barcelona cuando dejaba de ser niño y llegaba a adolescente. La madre de Juan Pascual, Inés Pascual o “la Pascuala” como se la nombra en algunas cartas, fue una de las mujeres bienhechoras de Ignacio en su  época de penitente en Manresa y de su estadía en Barcelona. El testimonio de Juan Pascual se refiere pues, a los años 1522 a 1526, pero teniendo en cuenta la interrupción de un año, 1524, en que Ignacio va de peregrino a Tierra Santa. Ignacio se alojó esos años en casa de Pascual, mientras  estaba en Barcelona.

 

En su testimonio, Juan Pascual, que era ya septuagenario al darlo, es algo impreciso al recordar la edad que tenía al conocer a Ignacio. Unas veces habla de diez años, otras de doce o quince. Lo cierto es que era un niño en pasaje a la adolescencia.

 

Su testimonio conserva naturalmente aquellos episodios y aspectos de la vida de Ignacio que más podían impresionar a alguien de su edad. Juan conoció a Ignacio muy de cerca y pudo observarlo en el trato cotidiano de la convivencia doméstica.

 

Se conservan dos documentos con los recuerdos de Juan Pascual, uno, en castellano, de 1578 y otro, en catalán, de 1582, bastante más extenso.

 

Me voy a limitar aquí a reproducir el primero, interrumpiendo su lectura con algún comentario. El documento se encuentra en Monumenta Histórica Societatis Jesu, Fontes Narrativae, tomo III, páginas 145-150. Como a algún lector puede resultarle difícil el castellano antiguo, lo actualizo un poco, pero no del todo, para no quitarle todo el sabor. Dice así:

 

“Joán Pasqual, hijo de Agnés Pasquala, que tanto amparó a nuestro Padre Ignacio, contó al Padre Maffeo y a mí (escribe el padre jesuita Pedro Gil) en Barcelona, hoy a 7 de julio de 1578 lo que sigue: Que el tiempo que Nuestro Padre fue venido de Hierusalem, estando en Barcelona en casa de la Pasquala, en la calle Cotoners de la Parroquia de Santa María, como tenía hambre de las almas, supo que en un monasterio de  monjas llamado Sta. María de los Ángeles (el cual está fuera de la ciudad a la parte de Levante un tiro de arcabuz, junto a la puerta de St. Daniel) no solamente era perdida la observancia religiosa, más aún vivían sensualmente con pública inhonestidad. Determinó de amonestarlas en particular, y tanto le ayudó el Señor, que algunas, dexada la mala vida, determinaron recogerse y frequentar los sacramentos.”

 

El recuerdo inicial de Juan, se refiere al celo encendido de Ignacio por el bien de las almas. La relajación de la vida monástica o conventual, era un fenómeno común en la época, pero también estaba vivo en el pueblo cristiano el sentido que censuraba aquel desorden, reprobando el escándalo. Los desórdenes de la lujuria impresionan especialmente a los adolescentes que ven los malos ejemplos. Y Juan Pascual debió escuchar los comentarios acerca del mal ejemplo dado por aquellas consagradas, de labios de su madre y sus amigas. Tenía también conciencia de lo difícil que es corregir esas situaciones de relajación, porque encarece:

 

“y tanto le ayudó el Señor, que algunas...” se corrigieron. Pero sigamos el relato:

 

“Tenía entonces el P. Ignacio un clérigo, varón santo, que se llamaba mosén Pujalt por confesor, y acabó con él que las confesase; y el P. Ignacio, para inducirlas a darles ejemplo, alguna vez comulgaba junto con ellas en el mismo monasterio, de mano del mismo sacerdote. Por donde los malvados mancebos, que tenían a las monjas como por amigas, movidos a saña, un día, al mismo sacerdote y a nuestro Padre les dieron crueles golpes con palos; tantos, que el sacerdote dicho mosén Pujalt, de los golpes y del espanto, como más débil de cuerpo, murió, y nuestro Padre estuvo algunos días con dolor de las heridas”

 

La imaginación y la sensibilidad del joven Juan tiene que haber recibido un fuerte impacto con aquella tunda sufrida por Ignacio y que ponía ante sus ojos el ejemplo de una caridad heroica y de un celo por el bien de las almas que no se atemorizaba ni ante la lujuria primero, ni ante la violencia después. No sólo él como niño, sino también su madre quedó atemorizada por aquel lance:

 

“Después le rogaba la Pasquala que no volviese  más al monasterio; pero él no desistió, diciendo que deseaba padecer más aún por el bien de las almas; y así entre algunas monjas se conservó la frecuencia de los sacramentos.”

 

Con eso se conformaba Ignacio, por lo visto, sin desanimarse porque no lograra reencaminar a toda institución conventual. Le bastaba arrimar a algunas almas al Señor, apoyándolas luego para que perseveraran en el camino emprendido, cosa que no debía ser fácil. No sólo por presiones exteriores al convento, sino presumiblemente por no pocos sinsabores internos a él, de parte de las que no se habían reencaminado.

 

Continúa el relato de Juan Pasqual con un incidente que se conserva en su memoria como igualmente extraordinario y milagroso que el anterior: el de lo que presenta como una presumible revivificación de un muerto:

 

“Asimismo contó (Juan Pasqual) que había en Barcelona, en la Parroquia de Sta. María del Mar, en la calle  de Beglioch, dos hermanos labradores, los cuales riñeron por la hacienda; y tanto se enojó el uno porque la sentencia del juez le fue contraria, que se ahorcó y desesperó. Y estando alborotada la vecindad, pasó por allí el Padre y, oyendo los gritos, subió a la casa, y vio al hombre descolgado y muerto. Empezó, apartado un poco, a hacer oración. Y al cabo de un rato, quiso el Señor que a deshora resucitó el ahorcado y pidió confesión. El Padre dijo que viniese el confesor. Vino, confesó su pecado, y, confesado y absuelto, luego murió. Y esto vio el dicho Juan Pasqual de edad de diez años que tenía, y su madre Inés Pasquala, y otros.”

 

La gracia que logra la oración de Ignacio es la de la confesión y absolución; la de la conversión in extremis de un desesperado, ya sea que se trate de una vuelta a la vida o simplemente a la conciencia. Juan prosigue contando sus recuerdos, ahora de orden doméstico:

 

“Asimismo refirió que dormía el dicho Juan Pasqual con el P. Ignacio en una cámara (habitación) que hoy está en pie, y en una misma cama; y que de noche se levantaba el Padre y hacía oración postrado; y que alguna vez le veía levantado del suelo, diciendo: ¡ Oh Señor! ¡ Y quién os amase! ¡ Oh Señor! ¡ Y si el mundo os conociese! Y que le salía de su rostro como resplandor.”

 

Es éste el recuerdo que dejó Juan Pasqual haber sido testigo de las oraciones nocturnas de San Ignacio. Sabemos por el relato autobiográfico de Ignacio que esas oraciones nocturnas estaban también medidas por sus discernimientos, por lo menos cuando comenzó a experimentar que los consuelos le impedían en sus avances como estudiante de latín; necesarios para capacitarse en el servicio de las almas, que para Ignacio era prioritario.

 

“Asimismo, refirió su madre, Inés Pasquala, le proveía (a Ignacio) con limosnas cada año, y que cuando Isabel de Josa (otra dama protectora de Ignacio) fue a Roma, le pidieron a la Pasquala que fuese (también a Roma) y ella no quiso, dijo Nuestro Padre que se hubiera alegrado más de ver a la Pasquala que a las dos.”

 

Ignacio era un fino psicólogo, además de un caballero bien educado. Tal como la cosa suena, podría haber excitado los celos de Isabel de Josa. Pero esta salida de Ignacio debe entenderse sin duda a la luz de la virtud de aquellas buenas mujeres, y de la llaneza y confianza en el trato que las unía con Ignacio. Era una manera de mandarle decir a Inés Pascual, cuánto era su aprecio por ella. Y no una forma de disminuir el que tenía por Isabel de Josa (el cual por otra parte, sin injusticia, podría haber sido menor, pues no había vivido en su casa). Una idea del perfil espiritual de estas mujeres, nos da lo que dice su hijo a continuación acerca de la muerte de su madre Inés Pascual:

 

“Esta Inés Pasquala murió en la misma cama y cámara del P. Ignacio, de la cual hoy hay aún tablas y colchón; murió asistida por el Padre Araós (jesuita español) como una santa. Porque habiéndole dicho misa el P. Araós, y habiéndole dado la bendición, le pidió: - Madre ¿cómo se llama? – Inés Pasquala -; y riendo dio el alma al Criador.

 Halláronse a esta mujer tres cilicios. Y antes  que muriese, diciéndole el P. Araós que con la penitencia se había acortado la vida, respondió que su Señor Jesús no tenía tan buena cama en la muerte.”

 

Así era esta alma que Ignacio había contribuido a orientarla espiritualmente:

 

“Asimismo contó que el P. Araós escribió al P. Ignacio de la muerte de la Pasquala, y que el P. Ignacio le  respondió que antes de que el P. Araós hubiera tomado la pluma para escribirle, lo sabía y que rogase por ella y tuviese encomendado a su hijo.”

 

La carta de Ignacio a Araós se conserva, pero la viuda de Juan Pasqual testimonió más tarde en el proceso  de canonización, que Ignacio decía en ella que había sentido que Inés estaba en el cielo, de lo cual ellos colegían que Ignacio tenía un don profético.

Las memorias de Juan Pascual se cierran con el recuerdo de la despedida y de las últimas palabras que cambiaron con Ignacio:

 

“Cuando se despidió de él la última vez, preguntóle al dicho Juan Pasqual cómo él sólo no se había aprovechado de su conversación y no se había hecho monje como otros. Le dijo que sería casado y tendría grandes trabajos. Y así fue; que poco después siendo menestral (industrial artesanal) harto rico, perdió en un año más de nuevecientos ducados, y otros trabajos innumerables.”

 

1.5) El recuerdo de un obrero, Benedetto Amaroni

 

Benedetto di Cristofano Amaroni, sienés, estando en Roma el año 1549 trabajando en su oficio de carpintero cuenta en una carta suya:

 

“fui preguntado por un venerable Padre de la Compañía de Jesús, llamado Maestro Pedro Codacio, milanés muy activo y de gran autoridad, si yo deseaba trabajar dentro de la casa en que se había instalado en su comienzo esta Compañía, en la Plaza de los Altieri. Me contrató por dos escudos al mes y trabajé en dicha casa muchos meses, con gran contento y satisfacción mía. Y en dicha casa traté familiarmente con el Padre Ignacio, fundador y meritísimo General de dicha Compañía. Yo estaba asiduamente en dicha casa, trabajando en las cosas más necesarias y dormía allí como si hubiera sido uno más de dicha familia. Para confesor mío, me asignaron al Padre don Apolanco (Polanco), secretario y escribiente de dicho P. Ignacio. en aquel tiempo recuerdo que llegó una carta desde las Indias, con noticias del Padre Francisco, uno de los doce fundadores.” (MHSJ, Fontes Narr. III, p.469, nota 1).

 

Benedetto era pues un testigo privilegiado de la vida de Ignacio, ya General, en Roma. Así lo comprendieron los jesuitas que recogieron su testimonio. Este se conserva en Monumenta Historica, Fontes Narrativae III, pp. 469-474.  Y  de él traducimos lo que sigue:

 

“Yo Benedetto Amaroni, de 75 años de edad (el testimonio se recoge en 1599), encontrábame en Roma aproximadamente por el año 1545, puesto que deseaba aprender allí algo de escultura y dibujo. Y por aquel tiempo se comentaba en Roma que doce buenos religiosos se habían movido por celo de Dios, y particularmente sentí nombrar al Padre Reverendo Ignacio, español, cabeza (capo) de aquellos doce religiosos, que  quería hacer aprobar la religión del nombre de Jesús y que con dicho fin, durante muchas semanas y días padeció muchas dificultades y contratiempos para llevar a término esta su santa intención, yendo una y otra vez a las casas de los Ilustrísimos Cardenales para autenticar la dicha religión. Y muchas veces los Padres fueron rechazados (ribbuttati: rebotados) y tuvieron que oír villanías: “sobran órdenes religiosas” y cosas por el estilo. Pero él no cejó nunca de orar y predicar por toda la ciudad de Roma. Ahora bien, cuando quiso Dios que fueran escuchados, llevaron su petitorio a los Cardenales y así en el primer consistorio bajo el Papa Pablo III, de feliz memoria, fueron oídos y se les concedió cuanto pedían. Cuando los Padres recibieron la noticia se abrazaban y daban gracias a Dios muy contentos.

 

Al comienzo el P. Ignacio se instaló en una pequeña iglesia ruinosa en la plaza de los Altieri, y allí comenzaron a ampliar y a arreglar la iglesia y la casa. Así poco a poco esta congregación comenzó a ser conocida y tratada y ellos difundían la predicación de Dios continuamente, por las plazas y los barrios. De ahí que, sintiendo la ciudad de Roma su buena fama, comenzaron a ayudarlos, y ellos comenzaron a ampliar, y por esta causa quisieron tener un joven que trabajase en la casa. Me buscaron a mí. Y como me resultó agradable su trato, me fui con ellos, llevándome mis herramientas y demás enseres. El primer trabajo que hice recuerdo que fue de bancos para el comedor, el cual era miserable y oscuro (...) Después me tocó trabajar en un pequeño escritorio de la escribanía o secretaría, en la habitación en la que la mayor parte del día estaba el Padre Ignacio, de feliz memoria. Allí, viéndolo trabajar, con grande consolación mía, oía lo que decía dicho Padre. Allí venían muchos a pedirle permisos, o su bendición, muchas veces volviendo de diversos lugares, lo encontraban en aquella habitacioncita (stanzioluzza) estando yo presente. Estaba el Padre Ignacio con gran serenidad y jamás, en todo el tiempo que trabajé y estuve en dicha casa, jamás le sentí decir una palabra vana. Sólo diciéndome, entre otras observaciones: “A Usted, llamándose Benedetto, sólo le falta ser bendito en el Paraíso”. Y jamás lo vi enojado (corrucciato: ceñudo), nada más que una sola vez, estando con su bastoncito, porque era un poco defectuoso de una cadera, y habiendo venido uno de dicha familia religiosa, que había cometido no sé qué falta, desobedeciendo; y vino a dicha habitación y se echó a los pies del venerado Padre, pidiéndole perdón y misericordia; y dicho Padre le replicó muchas veces que se pusiese de pie, pero el otro no se levantaba; entonces le vi que demostraba que le desagradaba que aquél no se levantase, y se fue, turbado, de la habitación a su pieza.

 

(...) Sucedió que, teniendo yo un hermano que estaba en Roma ejerciendo de  organista y que venía a visitarme por lo menos una vez por semana, comenzó a conversar con el P. Ignacio y resolvió al cabo de varias entrevistas hacer ciertos ejercicios en la casa profesa. Algunos días después de hechos los ejercicios, vino y me pidió perdón de rodillas por cualquier escándalo que me hubiese dado, diciéndome:

- Benedetto, hermano, Dios en su bondad ha querido que yo me haga religioso en este lugar. Pero yo, reaccioné mal. Entonces el Padre Ignacio me hizo llamar y me dijo que no tomara aquello así. Que yo me iba a alegrar más tarde de aquel cambio y que me quedara tranquilo y no hiciese nada. Y agregó que para mayor contentamiento, pondría a mi hermano en su pieza. Y allí, en aquel santo servicio, estuvo mi hermano cinco o seis meses, aprendiendo letras y costumbres y particularmente la lengua española. Y viniendo mi hermano a verme varias veces al día, me comentaba la vida y la santidad del Padre, diciéndome que repartía la noche en tres partes: una para su descanso, la segunda para el gobierno y régimen de la Compañía y la tercera por todos los bienhechores de la Santa Iglesia. Su vida, su parsimonia, oraciones y abstinencias dejaban admirados a todos.”

 

Así vieron y recordaron a Nuestro Padre San Ignacio estas personas a las que debemos agradecer que nos hayan dejado el testimonio de sus recuerdos. Que la Memoria de San Ignacio nos ayude a recurrir a él con familiaridad y confianza. Ah! una última cosa: quizás no le guste que nos arrodillemos delante de él cuando le pedimos alguna cosa...No lo hagamos enojar.