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EJERCICIOS ESPIRITUALES Indice

LA CONTEMPLACIÓN DE LA ENCARNACIÓN

en los Ejercicios Espirituales

por H. Bojorge S.I

Con notas del R. P. Miguel A Fiorito S.J.

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Boletín de Espiritualidad Nº 121 (1990)

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Queremos, en forma de breves observaciones, señalar algunas características del texto ignaciano de la Contemplación de la Encarnación (EE. 102, 106-108); y luego, dar algunos textos bíblicos apropiados que pueden servir al que hace los Ejercicios de San Ignacio y va a contemplar la Encarnación durante los mismos.

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CONTENIDO

1. CARACTERÍSTICAS DE LA CONTEMPLACIÓN

1.1 Una configuración o Símbolo

1.2 Del mirar cómo al mirar como

2. ALGUNOS TEXTOS BÍBLICOS

2.1 Compendios de la historia de salvación

2.2 Escenario universal

NOTAS

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1. CARACTERÍSTICAS DE LA CONTEMPLACIÓN

1.1 Una configuración o Símbolo

La primera observación acerca de esta contemplación ignaciana de la Encarnación es sobre lo que podríamos llamar su naturaleza o género: es una Configuración o Símbolo. Y pasamos a explicar lo que entendemos bajo estos nombres.

Esta contemplación funciona, en los Ejercicios, como una visión globalizante, es decir: 1) como un hilo histórico dramático que encierra, en síntesis, el desarrollo argumental; y 2) como un escenario o marco referencial imaginario de la acción dramática. (1) Y esto, no sólo respecto de la Segunda Semana, sino también de la Tercera y Cuarta. (2)

El primer preámbulo invita al ejercitante a "traer la historia de la cosa que tengo que contemplar" (EE. 102). Y aquí esta historia no es la de un episodio aislado de la vida de Cristo – como va a serlo en la mayoría de los restantes "ejercicios" de las Semanas siguientes –. Aquí la historia es la historia de salvación de todo el Antiguo Testamento, hasta el primerísimo momento de la irrupción y comienzo del Nuevo. Se trata por tanto de una visión compendiada de la historia de salvación, hasta Cristo.

La "composición viendo el lugar" (EE. 103), por su lado, invita a imaginar el amplísimo escenario del mundo entero, que luego – durante la contemplación – deberá ampliarse hasta incluir el "solio real o trono de su divina majestad" (EE. 106, 2º). Se trata aquí de una imagen global, totalizadora, aunque referida y enfilada hacia un punto: "la casa y aposentos de Nuestra Señora, en la ciudad de Nazaret, en la Provincia de Galilea" (EE. 103); de manera semejante a como la historia de salvación del primer preámbulo culmina en el instante del decreto divino y la Anunciación del Ángel a María (EE. 102)

Este género de visiones totalizantes es frecuente en los Ejercicios. Ignacio ofrece a cada paso al ejercitante configuraciones semejantes que ofrecen la visión global de una cierta totalidad: el Principio y Fundamento, la historia y proceso de los pecados en la Primera Semana, el rey Temporal, Las Dos Banderas, la Contemplación para alcanzar amor. También las Adiciones tienden a configurar una totalidad en la acción del ejercitante, unificándola al hacerla convergir hacia el próximo ejercicio. Sobre el trasfondo de esta configuración, resalta mejor todo desorden, toda distracción o dispersión o falta de tensión y atención. Por fin, las reglas de discernimiento y para sentir escrúpulos parecen suponer (al vez que ponen en camino hacia ella) una comprensión globalizante e intuitiva; una configuración en su orden propio.

Uno puede preguntarse si estas "visiones" o configuraciones que Ignacio ofrece al ejercitante para darle modo de orar,(3) no provienen de aquella iluminación junto al Cardoner (4) y las demás que Ignacio recibió en Manresa.

Todo el proceso de los Ejercicios puede verse como tendido hacia la meta de lograr una visión de un contexto total dentro del cual pueda ubicarse el ejercitante, encontrando su propio puesto en el conjunto de la creación y de la historia de salvación. Hasta que no se tiene una visión del todo, no se obtiene el sentido de una parte o de un miembro del mismo. El principio gestáltico es un principio hermenéutico de corriente aplicación en teología e interpretación bíblica, mucho antes de ser reivindicado por los estudios psicológicos. (5) Así como los "símbolos" de la fe ofrecen el marco de referencia sapiencial y el hilo de Ariadna para entender la multiplicidad de las Escrituras, de manera análoga Ignacio ofrece al ejercitante, a esta altura de los Ejercicios, con la contemplación de la Encarnación, una configuración dramática y escenográfica a la vez: dramática en cuanto remite a una acción histórica; y escenográfica por su representación plástica y espacial, cósmica.

1.2 Del mirar cómo al mirar como

Si nuestra primera observación atañía al género al que pertenece la contemplación de la Encarnación, esta segunda observación apunta a su función en la "mecánica" o en la "dinámica" propia de los Ejercicios. (6)

Ignacio espera que el ejercitante pueda pasar, con ayuda de la gracia, de este "mirar cómo miraban"las Personas de la Trinidad a un "mirar como ellas miran". Es decir, que el ejercitante pase desde la contemplación de la mirada y de la óptica divina, a la comunión con la manera de ver de Dios". (7)

A lograr este pasaje apunta la petición, tanto de la Segunda como de la Tercera y Cuarta Semana. En la Segunda Semana el ejercitante pide pasar, del conocimiento del Señor, a su amor y seguimiento. En la Tercera y la Cuarta, pide la comunión con Cristo en el dolor y la alegría respectivamente.

La mirada de Dios se presenta, pues, como el punto de partida de una dinámica de transformación del ejercitante y como punto de llegada de su proceso de purificación interior, de su búsqueda de la voluntad de Dios y de su liberación de las afecciones desordenadas.

Pero, al mismo tiempo, la mirada de las Personas divinas es, en Dios mismo, el punto de partida del "proceso de toma de decisión" divino. Contemplando esta sucesión del mirar– decir–obrar divino, contemplando la sucesión de mirada–decreto–misión, el ejercitante se asoma al proceso de toma de decisión divina y se pone en condiciones de aprender algo, ya que él mismo está tratando de decidir y viene en busca del "know how" (conocer cómo) de la decisión.

Pero esa dinámica, propia de la causa ejemplar, no es la única, ni la última, ni la principal motivación ofrecida al ejercitante.

El proceso que, iniciándose con la mirada divina, continúa con el decreto de la redención y el envío del Ángel a María, no hace con esto sino comenzar un nuevo tramo del movimiento histórico de salvación que, continuándose a través de los siglos en la Iglesia, alcanza hoy al ejercitante y lo invita a descubrir el modo propio de insertarse en él. Coloca la elección en la clave de las "misiones" que tienen su origen en las misiones de Gabriel, del Verbo y del Espíritu. Relaciona el "hoy" del ejercitante con "la historia de la cosa que tengo que contemplar" (EE. 102). Vincula al ejercitante con el actuar de las personas contempladas. Confronta, los afectos y temores con los que se allega a hacer su elección, con los propósitos divinos.

Sitúa al ejercitante en una configuración dinámica; mejor, en una dinámica configuradora.

2. ALGUNOS TEXTOS BÍBLICOS.

Virtud peculiar de las configuraciones ignacianas es que suplen la ignorancia bíblica de un ejercitante, así como el Credo suple la ignorancia bíblica de muchos cristianos. Ofrecen una síntesis de lo que las Escrituras contienen. De modo que muchos ejercitantes pueden ir descubriendo después, con los años, la verdad "bíblica" de sus experiencias de Ejercicios.

Pero las configuraciones de Ignacio destilan Sagrada Escritura y parecerían ser el resultado de una larga meditación bíblica, si no lo fueran de especiales ilustraciones divinas. Hay, pues, algunos textos bíblicos señalables como particularmente congeniables con esas configuraciones y en particular con la del ejercicio de la Encarnación.

2.1 Compendios de la historia de salvación

En la línea de la historia del primer preámbulo, pueden buscarse en la Escritura ciertos compendios de la historia de salvación al estilo de las recapitulaciones de las obras salvíficas que forman parte de los llamados "formularios de Alianza"; o bien algunos que ofrece la meditación sapiencial; o – por fin – en el Nuevo Testamento, los que acompañan la presentación del kerigma.

No es fácil, sin embargo, encontrar alguno suficientemente amplio – y a la vez sintético – para abarcar, hacia más atrás de Abraham, hasta los orígenes de la humanidad. Por eso se podrá recurrir a sumas combinaciones de textos.

2.2 Escenario universal

Dios que se asoma desde el cielo, o que se sienta en su solio o en su trono para juzgar, o que administra justicia desde su tribunal celestial, es una imagen familiar al lector bíblico, más allá de éste o aquél texto en particular.

Vamos a recordar aquí sólo algunos: Job 1,6 ss. y 2,1 ss.; Daniel 7, en particular 7,9 ss.; Salmo 2, 1-4; Mateo 25,31 ss.; Apocalipsis 4,1 ss. y passim.

El ícono de la Trinidad, de Roublev, es una configuración iconográfica que recapitula significaciones bíblicas que van desde los tres visitantes que hospeda Abraham, hasta las "tres Personas divinas en su solio real" (EE. 106). Los íconos son precisamente configuraciones pictóricas.

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NOTAS

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(1) Nota de la Redacción: estas dos funciones de la Contemplación de la Encarnación nacen precisamente, como enseguida señalará nuestro autor, de los dos "preámbulos" de toda contemplación en Ejercicios: "la historia de la cosa que tengo que contemplar..." (EE.102) y la "composición viendo lugar..."(EE.103)

(2) N. de la R.: S. Ignacio presenta, como introducción a las contemplaciones de la Infancia, la contemplación de la Encarnación. Y en ella agrega, al material de los Evangelios (EE.262), una consideración, haciendo, de las personas de la Trinidad, "personajes" que también hay que "ver...oír lo que dicen...mirar lo que hacen" (EE.106-108). Y como esta contemplación no sólo es introductoria para la Infancia, sino para el resto de la Segunda Semana – e incluso para la Tercera y la Cuarta –, habría que tener en cuenta, siempre que se contemplan los "Misterios de la vida de Cristo" (EE.261 ss.), este consejo ignaciano; y lo mismo diríamos de la "contemplación a la vez en la acción", propia de la espiritualidad ignaciana (cfr. M. A. Fiorito, Buscar y hallar la Voluntad de Dios, Ediciones Diego de Torres, San Miguel (BA), 1989, tomo 2, pp. 416-420). Y el otro consejo que S. Ignacio nos da en la otra contemplación introductoria, la del Nacimiento, es la de la contemplación de la Cruz en todo "misterio de la vida de Cristo", incluso en la Cuarta Semana (siguiendo en esto al Evangelio de Juan, que presenta al Resucitado con sus llagas; (cfr. Jn 20,27, con nota de la BJ). Sobre "La Trinidad y la Cruz en los Evangelios", véase M. A. Fiorito, o.c. en esta misma nota, tomo 1, pp.341-345.

(3) N. de la R.: que "es más dar forma, modo y ejercicios cómo el ánima se apareje y aproveche en ellos y para que la oración sea acepta, que no dar forma ni modo alguno de orar" (EE. 238). No es pues S. Ignacio "maestro de oración" en el sentido de que enseñe modos de hacer oración – esto lo deja al Espíritu, el verdadero y único Maestro de oración (Rom 8,26) – sino que nos dispone a ella, ayudándonos a "quitar de sí todas las afecciones desordenadas y, después de quitadas...(a) buscar y hallar la voluntad divina..."(EE.1). Es, pues, más que "maestro de oración", "maestro de discreción", ya que ayuda a "conocer las varias mociones que en la ánima se causan; las buenas para recibir y las malas para lanzar..." (EE.313), para así "hacernos indiferentes...en tal manera que no queramos de nuestra parte más..." una cosa que otra, "solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados", que es la Voluntad de Dios (EE.23; las cursivas son nuestras). Y así como Santa Teresa de Jesús ha sido ya declarada Doctora de la Iglesia y maestra de oración, así esperamos que un día S. Ignacio sea declarado Doctor de la Iglesia y maestro de discreción.

(4) "El favor singular que hizo Dios en Manresa al peregrino, fue el de realizar de golpe su facultad de comprender, de darle una inteligencia superior en la vida espiritual, que le permitió el discernimiento de espíritus y también el ordenar sintéticamente un cierto número de verdades generadoras de la más generosa conducta cristiana", dice P. Dudon, citado por I. Iparraguirre en su introducción a los Ejercicios (Obras Completas, BAC, Madrid – segunda edición – p. 128). Iparraguirre afirma allí mismo: "El punto culminante de esta enseñanza divina (alude al pasaje de la Autobiografía n.27, donde Ignacio afirma que "en este tiempo – de Manresa – Dios le trataba como un maestro de escuela a un niño, enseñándole ..." ), el momento preciso que separa su vida de discípulo y de maestro, del desorientado que busca luz y guía en hombres y del que se siente seguro de la luz divina, el es de la eximia ilustración del Cardoner, que – en frase de Leturia – "equivalió a una completa regeneración espiritual" (Estudios ignacianos, Institutum Historicum, Roma, 1957, II, p. 14). Dice Ignacio que en toda su vida ulterior, "no le parece haber alcanzado tanto como de aquella sola vez" (Autobiografía n. 30). Laínez atestigua que "cerca de este tiempo – de Manresa – ...vino cuanto a la sustancia, en estas meditaciones que decimos Ejercicios...de suerte que en obra de un año que estuvo en Manresa, tuvo tanta lumbre del Señor, que en casi todos los misterios de la fe fue especialmente ilustrado y consolado del Señor, y singularmente en el misterio de la Trinidad, en la cual tanto se deleitaba su espíritu que con ser hombre simple y no saber sino leer y escribir en romance, se puso a escribir (acerca) de ella un libro" (Carta de Laínez, en FN I, p. 82).

(5) La siguiente página de J. Ratzinger ilustra esa afirmación: "Yo personalmente estoy convencido...de que hay una univocidad real de la Escritura, y que consiste en su "imagen" como afirmación total que se ilumina a sí misma: el que lee con paz y sosiego la Biblia como un todo, puede con toda serenidad hacerse algunas preguntas, pues sabe distinguir enseguida a dónde conduce su camino y a dónde no. Pero esta univocidad no es un hecho que haya que aprender de un modo historicista o abstracto-hermenéutico. Presupone, para ser percibido, la contemplación de la imagen como un todo y, por tanto, la contemplación está determinada por la imagen misma, por el nexo vivamente aquel escriturismo exclusivo cuyo fracaso fue rotundo. La autoevidencia sin reservas que poseería la Biblia y que brillaría tan sólo gracias a conocimientos supuestamente históricos, es una "fata morgana", no existe. Y esta es la razón de que la fe de la Iglesia, del mismo modo y con la misma decisión fundamental con que halló la Escritura y optó por ella, haya caracterizado desde un principio el eje de esa Escritura en la formulación del símbolo, y con ella haya indicado el camino para una interpretación clarificadora. Hay que considerar, por tanto, dos aspectos: los símbolos, en cuanto forma fundamental y punto permanente de cristalización de eso que posteriormente se llamó dogma, no son un sobreañadido a la Escritura, sino el hilo conductor que la atraviesa, un canon explicitado dentro del canon; el hilo de Ariadna, para usar un ejemplo, que hace posible, recorrer el laberinto y que facilita el conocimiento de su plano. Por consiguiente tampoco constituyen una aclaración exterior, añadido a algo que no está suficientemente claro, sino que precisamente nos remiten a esa imagen que se ilumina a sí misma; ponen de relieve esa imagen, dejando ver la claridad de la propia Escritura. Dado que el símbolo se encuentra en un determinado punto espacio–temporal de la vida y del entendimiento humanos, necesita continuamente nuevas ampliaciones y añadiduras para desempeñar, sin interrupción su función clarificadora..." (cfr. J. Ratzinger, Normas para la predicación del Evangelio en la actualidad, en Palabra en la Iglesia, Sígueme, Salamanca, 1976, pp. 26-27; las cursivas son nuestras, excepto la palabra exclusivo). El mismo principio de totalidad que subyace y gobierna esta página de Ratzinger, se encuentra en la Constitución Dei Verbum (especialmente en el n.12). Hay un hecho que nos inclina a pensar que Ignacio extrajo sus configuraciones de las Escrituras por vía de "ilustración interna". Es la declaración de Ignacio relativa a la certeza que imprimieron en su alma las ilustraciones de Manresa: "Estas cosas que ha visto le confirmaron entonces y le dieron tanta confirmación siempre en la fe, que muchas veces ha pensado consigo: Si no tuviese Escritura que nos enseñase estas cosas de la fe, él se determinaría a morir por ellas, solamente por lo que ha visto" (Autobiografía n. 29)

(6) A esta altura de los Ejercicios, el ejercitante ya se ha ejercitado, desde el comienzo, en ponerse en la presencia de Dios y en considerar "cómo Dios nuestro Señor me mira" (EE.75). Esta Adición la debe hacer antes de cada ejercicio, de manera que está en cierto modo iniciado en la búsqueda de esa mirada del Señor sobre él: "Mira que te mira Dios, mira que te está mirando", como decía S. Teresa. Véase a este propósito M. A. Fiorito, Buscar y hallar la Voluntad de Dios, o.c. en nota 2, tomo 1, pp. 53-56 ("La mirada del Señor") y pp.191-195 ("La mirada del Señor en la Primera Semana). Pero a diferencia de ésta, la mirada de Dios sobre la Humanidad no la imagina libremente el ejercitante, pues se encuentra, revelada, en las Escrituras. Aunque no solamente ahí, pues también se refleja la mirada de Dios en la de los santos y en la del Magisterio.

(7) N. de la R.: esto segundo, de "mirar como ellas (las Personas divinas) miran" es tanto – o más – importante que lo primero, de "mirar cómo miran". Si nos quedamos sólo en lo primero, podríamos tener, de la realidad, una visión pesimista, derrotista, de "todas las gentes en tanta ceguedad y cómo mueren y descienden al infierno (EE. 106)... cómo juran y blasfeman (EE. 107)... lo que hacen las personas (humanas) sobre la haz de la tierra, así como herir, matar, ir al infierno, etc." (EE. 108), que se parece a esos "cuadros de situación" que presentan las ciencias humanas como la sociología, la economía y la política. Mientras que si entramos en comunión con la mirada de las Personas divinas, tendremos una visión teológica de la misma realidad, que es una visión más completa que la que dan las meras ciencias humanas. Los Ejercicios Espirituales, pues, fuente de conversión y de crecimiento de todo jesuita – y de todos los que siguen su espiritualidad – "nos invitan a contemplar el mundo de hoy (no sólo a la luz de las ciencias humanas, sino también) con aquel amor con que contemplan las Personas divinas, de tal manera que comprendamos mejor las necesidades de los hombres tal como Dios las contempla y así nos ofrezcamos a participar en el designio divino de la salvación del mundo" (CG. 33. n. 91). Está bien el recurso a las ciencias humanas en orden a la elaboración de un "cuadro de situación", cuando esto es posible (CG. 32, D.4, n.4); pero no hemos de olvidar lo que la Escritura, la Tradición y el Magisterio nos dicen de la misma realidad, en la que está presente y actuante el amor de Dios, que "quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tim. 2,4, con nota de la B.J). Y nótese que más arriba, al hablar del "cuadro de situación" de las ciencias humanas de propósito no mencionamos la historia de la cultura que, en América Latina, da una visión positiva del "pueblo fiel de Dios, del cual tanto – y tan bien – habla el Documento de Puebla (véase el índice temático, en las palabras "pueblo de Dios", "piedad popular"...), y que es una ciencia humana a la que las otras ciencias humanas olvidan.