BIBLIA - CONFERENCIAS - DATOS DEL AUTOR - ESPIRITUALIDAD - ESPIRITUALIDAD IGNACIANA - FE Y POLÍTICA - LAICOS - MARÍAPARÁBOLAS Y FÁBULAS - POESÍA - RELIGIOSOS - TEOLOGÍA

 

 

 

 

IV. CONVERSACIONES SOBRE IGNACIO Indice

3. DE BONDAD POBRE 2: IÑIGO: INMUNE AL RESENTIMIENTO – RICO EN PERDÓN.

 Queridos hermanos:

 El primer día del triduo nos asomamos al interior del San Ignacio que firmaba sus cartas presentándose como “el pobre peregrino”. Y vimos que había sido un peregrino de Dios toda su vida, aún después que dejó de firmar sus cartas así. Y que esa es la condición de la santidad cristiana: peregrinos en un camino.

El segundo día comenzamos a comentar el título “de bondad pobre” con que Ignacio firmaba sus cartas en un segundo período. San Pablo llama a la Caridad un camino: “Aspirad a los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor” (I Cor 12,31) y sigue con el himno de la Caridad.

 

Ignacio descubrió que había algo mejor que las grandes obras y hazañas de austeridad y privaciones, algo más grande y mejor que peregrinar a Jerusalén pidiendo limosna y dependiendo sólo de Dios y poniendo su confianza sólo en su Providencia. Descubrió que a ese modo, exterior, de imitar el género de vida que había llevado Jesús y sus Apóstoles, había que perfeccionarlo teniendo – como también dice Pablo – “dentro de vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Filip 2,5). Ignacio aprendió que el camino mejor de la caridad es un camino por el que hay que peregrinar también en medio de peligros y privaciones. Y se hizo valiente y decididamente peregrino de la caridad. Creo que a esa experiencia interior apunta y señala el epíteto: “de bondad pobre”.

 

Al hablar de amor y caridad, fácilmente se nos va la imaginación – y se nos resbala el discurso – hacia mundos color de rosa, hacia la declamación lírica de la  fraternidad  universal y la poesía de la Sinfonía de Beethoven: “todos los hombres serán hermanos”. Apunta la funesta ilusión de que bastaría que uno fuera bueno para que desapareciera el mal del mundo. Y sin embargo no es verdad que porque uno adopte las reglas de juego de la Caridad divina, los demás jugadores del torneo de la vida se den por enterados. No es verdad que baste ponerse en rol de cordero para imponerle respeto a los lobos, o para que los lobos desaparezcan. Y a veces los corderos que se desencantan del intento, vuelven al juego de los lobos aventajándolos en saña y ferocidad. Parece que un cordero resentido puede hacerse más cruel que un lobo lobo. Porque es pero el que mata por resentido que el que simplemente mata porque tiene hambre.

 

El camino de la caridad es un camino mejor, pero es un camino arduo, riesgoso, cuya ley es vencer el mal con el bien, y permanecer en él, soportándolo todo. Ignacio pobre en bondad quiere ir de peregrino por ese camino y le pide a Dios que lo lleve: “soy un niño” “guíame, condúceme tú”:

 

Mi conversación de hoy sobre Ignacio continúa la de ayer sobre el Ignacio “de bondad pobre”. Pero hoy quiero comunicarles una impresión mía, algo que me impresiona en Ignacio, me asombra y me llena de deseo de poder ser como él.

Si busco un título para la conversación de hoy, quizás el más adecuado sería, para sintetizar mi visión de Ignacio: “Rico en perdón”, “Ignacio  rico en perdón” “Inmune al  resentimiento”. Jesús puso la esencia de la justicia cristiana, aquello que diferencia lo que ha de ser la justicia del discípulo de la justicia que es común en paganos y en judíos piadosos, en el amor a los enemigos. Este es un aporte nuevo a la humanidad. No sólo al corazón del individuo sino a la transfiguración de la convivencia social y de la vida pública. Esta levadura cristiana del perdón y del amor a los enemigos, que los santos introducen en la historia, lleva dos mil años fermentando el mundo. La historia de la humanidad no puede construirse sobre el resentimiento y la venganza. La justicia no llega a su plenitud sino en la misericordia, y ésta exige el perdón y la clemencia.

En estos últimos tiempos, he sido conducido en espíritu a meditar sobre el hecho del resentimiento. Un mal que aqueja nuestra sociedad, una tentación que acecha nuestro espíritu, una debilidad, un engaño en el que hemos incurrido.

Por eso quiero hoy gozarme con ustedes en la contemplación de un hombre a quien el Señor libró del resentimiento y que fue rico en perdón. Ignacio fue así. No hubo en su corazón lugar para el rencor ni para el resentimiento. El aprendió de Jesús que es manso y humilde de corazón y por eso encontró – conforme a la promesa de Cristo – reposo para su alma; paz interior. El tuvo “los mismos sentimientos que Cristo Jesús”.

 

La bondad cristiana se consuma en el perdón. E Ignacio supo perdonar. No guardó resentimiento a los franceses por haberlo herido y haber tronchado su carrera cortesana en Pamplona. No entró en él, a causa de ese episodio de su vida, el gusano del resentimiento nacionalista. El recomienda a los jesuitas que “se guarden de aquel afecto con que unas naciones suelen hablar mal de otras”. Y supo conglomerar, para fundar la Compañía de Jesús – para asombro de muchos –, hombres de  diversas nacionalidades. Superó los resentimientos divisionistas, que tenían a Europa  debilitada frente a la amenaza turca, hasta el punto de estar al borde de colapsarse ante el empuje militar turco. Los resentimientos y la división entre cristianos eran la causa de su debilidad ante el empuje musulmán. Ignacio superó en su corazón los resentimientos nacionalistas e inculcó a los suyos el mismo arte. Así pudo surgir la Compañía de Jesús, formada por españoles, portugueses, franceses, flamencos, alemanes, italianos...Y estos pudieron fundar las misiones, conviviendo entre los indios, misioneros italianos, españoles y tiroleses y confraternizar con ellos;  venciendo los resentimientos que dividían a los españoles americanos y peninsulares. Así surgió la cultura católica criolla de la que somos herederos en estas regiones. Y por es mismo, cuando desapareció la Compañía de Jesús, suprimida por las cortes ilustradas, desapareció un elemento conciliador entre españoles peninsulares y españoles americanos y se facilitó el desmembramiento y fragmentación de la gran nación hispanoamericana. La causa de la emancipación americana, fue la inevitable consecuencia de una sociedad donde el resentimiento cundió como epidemia para la que no hubo remedios ni médicos.

 

Como herido de guerra, Ignacio fue víctima de las luchas por el poder entre el Emperador y su entorno de nobles flamencos por un lado y los celos y las suspicacias de la nobleza española y las ciudades españolas por otro. La intervención de los franceses en uno de cuyos episodios fue herido Ignacio, sobrevino aprovechando el río revuelto español. La discordia y el resentimiento tiene un efecto multiplicador. Ignacio estuvo a punto de ofrendar su vida a esas guerras ajenas, por el partido del Señor a cuyo servicio le tocó estar, en parte por tradición y fidelidades familiares y en parte por esa red de intereses en que los hombres estamos prendidos y con los que nos identificamos y hasta por los cuales peleamos y morimos.

Pero al fin y al cabo eso era el mundo y el duro e implacable juego del dinero, las glorias, el poder y las armas. Ignacio se evadió de aquella red que estuvo a punto de costarle la vida, por la gracia de su conversión. No guardó rencor ni resentimiento – podría decirse alguien –, porque habiéndose convertido pudo tener misericordia con ese mundo pecador, que jugaba su juego según sus leyes.

 

Pero Ignacio tampoco sucumbió al rencor y al resentimiento ante el tribunal de la Inquisición. Un tribunal encargado de los asuntos religiosos que le entabló proceso ocho veces en veinte años y lo tuvo un total de 64 días de prisión, 22 de ellos en cadenas. Hay gente que por tres días ha quedado resentida. Ignacio le contestó a un visitante que vino a verlo en la cárcel y que le preguntaba como se hallaba en la prisión y si le pesaba de estar preso: “Yo responderé lo que respondí a una Señora que decía palabras de compasión por verme preso. Yo le dije: en esto mostráis que no deseáis de estar presa por amor de Dios. ¿Pues tanto mal os parece la prisión? Pues yo os digo que no hay tantos grillos ni cadenas en Salamanca – Ignacio estuvo allí 22 días encadenado – que yo no desee más por amor de Dios” (Aut 69)

Y años más tarde le informaba al rey Juan III de Portugal acerca de todos los procesos sufridos, de los motivos y de su disposición de ánimo, en una carta destinada a adelantarse a otros que pudieran presentarle la realidad desfigurada con ánimo de intriga y difamación. En esa carta, le dice Ignacio al rey, después de enumerar los procesos y prisiones: “El Señor que me crió y ha de juzgar para siempre me es testigo, que por cuanta potencia y riquezas temporales hay debajo del cielo, yo no quisiera que todo lo que he dicho no me hubiera pasado, y que deseo que hubiera sido más, a mayor gloria de su divina Majestad”.

 

No sólo no quedó resentido por los procesos y prisiones. Quedó honrado por Dios y contento y deseoso de sufrir más por Dios ¡Ignacio rico en perdón!

 

El P. Ribadeneira en la vida de San Ignacio que escribió afirma que:

 

30. Guardó siempre con grandísimo cuidado el no bolver a nadie mal por mal, sino vencer siempre y sobrepujar el mal con hazer bien, conforme al Apóstol. De manera que siempre procurava fuessen mayores los bienes que hazía que los males que recebía. De donde nació que, siendo muchas vezes perseguido de muchos y provocado a justa indignación, nunca dio muestras de enojado, ni se procuró vengar, ni hazerles pesar, ni darles dessabrimiento ninguno, aunque pudiera muchas vezes hazerlo a su salvo. Y para que se entienda esto mejor, diré algunas cosas en particular que le acontecieron en esta parte.

31. El año de mil quinientos y quarenta y seis, un religioso que estava en Roma y se mostrava grande amigo de nuestro B..P.,  por cierta embidia y enojo que tuvo se le bolvió y trocó en grande enemigo y se dexó dezir algunas palabras pesadas, y jatarse que avía de pegar fuego en España a quantos huviesse de la Compañía desde Perpiñán hasta Sevilla; y embió una persona al padre que de su parte se lo dixesse; al qual nuestro padre respondió con la misma persona, por escrito de su mano, estas mismas palabras:

“Señor, dezid al padre fray N. que, como él dize que a todos los que se hallaren de los Nuestros desde Perpiñán hasta Sevilla los hará quemar, que yo digo y desseo que él y  todas sus amigos y conocidos, no solo los que se hallaren entre Perpiñán y Sevilla, mas que quantos se hallaren en todo el mundo, sean encendidos y abrasados del fuego del divino amor, para que todos ellos, viniendo en mucha perfección, sean muy señalados en la gloria de su divina Magestad. Assimismo le diréis que delante  de los señores governador y vicario de Su Santidad se trata de nuestras cosas y están para dar sentencia, que si alguna cosa tiene contra nosotros, que yo le combido para que vaya a deponerla y provarla delante de los sobredichos señores juezes, porque yo me gozaré más deviendo pagarlo y que yo solo padezca, y no que todos los que se hallaren entre Perpiñán y Sevilla ayan de ser quemados. En Roma, de Santa María de la Estrada, a diez de agosto de mil y quinientos y quarenta y seis”.

 

Este Ignacio: recto, bondadoso, sin incurrir en debilidad.

De los ocho procesos salió siempre declarado inocente. La inquisición pudo molestar a Ignacio, pero no fue injusta con él. Más aún, como se ve en este caso, lo protegía del mal humor, nacido de envidia y celos, y de la conducta atrabiliaria. En ese sentido, los críticos de la Inquisición, que la juzgan sólo por los errores, son jueces injustos. Como todo tribunal humano, el tribunal de la Inquisición no pudo estar libre de errores. ¿Qué justicia lo está? Pero fue, en su tiempo, una instancia que puso dique a la arbitrariedad de los que, como este fraile, con un juicio enturbiado por su pasión, podían ocasionar mucho daño a las causas justas y buenas. No hay hoy – quizás – una instancia protectora de esta naturaleza. Y así vemos que algunas instituciones o personas pueden ser impunemente demonizadas y calumniadas. Ellos no tienen hoy, como Ignacio tuvo, la posibilidad de citar sus denigradores ante una instancia objetiva de justicia, que aunque por ser humana sería siempre falible, les impondría a los alegres detractores la responsabilidad de sus dichos y la fatiga de fundar sus detracciones. Sin tribunales, el fuego de la difamación y de la infamia, ¿no es una situación más dañosa que la de los posibles errores de un  tribunal?

 

Pero vengamos al último episodio de la vida de Ignacio en que quiero compartir con Ustedes mi asombro por la grandeza de ese corazón que el Señor quiso hacer inmune a todo rencor y resentimiento. Tomo el relato de Ribadeneira mezclado con el más sobrio de la autobiografía:

 

Estudiando nuestro padre en París, un su compañero de aposento se le alçó con el dinero que le avía dado a guardar, y que le vino a poner en tal aprieto que, con grande detrimento de sus estudios, huvo de pedir por amor de Dios de puerta en puerta lo que avía de comer. (Ribadeneira MHSI, Vida de San Ignacio p.763)

 

Por una cédula de Barcelona le dio un mercader, luego que llegó a París, veinticinco escudos, y estos dió a guardar a uno de los españoles de aquella posada, el cual en poco tiempo lo gastó, y no tenía con qué pagalle. Así que, pasada la cuaresma, ya el peregrino no tenía nada dellos, así por haber él gastado, como por la causa arriba dicha; y fué costreñido a mendicar, y aun a dejar la casa que estaba. (Aut. 73)

 

No sólo traicionó aquel amigo la confianza que por lo visto le tenía Ignacio, sino que le produjo grandes inconvenientes que amenazaban sus mismos estudios, por los que habían venido a París.

 

Y fué recogido en el hospital de sant Jaques, ultra los Inocentes. Tenía grande incomodidad para el estudio, porque el hospital estaba del colesio de Monteagudo un buen trecho, y era menester, para hallar la puerta abierta, venir al toque del Avemaría, y salir de día; y así no podía tan bien atender a sus lecciones. Era también otro impedimento el pedir limosna para se mantener. (Aut. 74)

 

Sin embargo, el ánimo de Ignacio está tan totalmente ajeno a cualquier consideración personal de interés propio, está tan pura y exclusivamente embebido en el bien de las almas por servir a Dios, que está inmunizado a cualquier reacción de resentimiento. Y eso que él era muy sensible a la virtud del agradecimiento contra la que su compañero había pecado.

Nos cuenta Ignacio que:

 

El español en cuya compañía había estado al principio y le había gastado los dineros, sin se los pagar se partió para España por via de Ruán; y estando esperando pasaje en Ruán, cayó malo. Y estando así enfermo, lo supo el peregrino por una carta suya, y viniéronle deseos de irle a visitar y ayuda; pensando también que en aquella conjunción le podría ganar para que, dejando el mundo, se entregase del todo al servicio de Dios. (Aut. 79)

 

Ribadeneira relata el hecho comentándolo a su manera:

 

Del que le hizo esta burla tan pesada se vengó desta manera. Yéndose éste de París para España y esperando embarcación en Ruán, que está como ventiocho leguas de París, adoleció allí de una enfermedad peligrosa, y como conocía la gran mansedumbre y caridad de nuestro padre, escrivióle amigablemente, dándole cuenta de su trabajo; y como si le huviera hecho algún señalado beneficio, assí le pedía que le viniesse a socorrer en su dolencia y ayudarle a salir della. No dexó perder nuestro B. P. tan buena ocasión de exercitar su caridad, y ofrecer su salud y vida por la vida y salud de aquél de quien se quería vengar, echándole sobre la cabeça brasas, no de vengança, sino de amor y caridad. Determina, pues, de partir luego para Ruán en busca deste hombre, para ayudalle en quanto pudiesse, y con grande alegría de espíritu y esfuerço de ánimo caminó tres días descalço y ayuno, sin gustar ni una sola gota de agua, ofreciendo a nuestro Señor este trabajo y penitencia por la salud y vida de aquel que assí le avía engañado. (Ribadeneira, MHSI, Vida de San Ignacio p. 763-765)

 

Nadie habría hecho lo que Ignacio si su corazón hubiera estado dominado por el ánimo de recuperar el dinero perdido. Lo que quería Ignacio y lo llevaba a actuar así era el deseo de ganar un amigo iungrato para la gracia de Dios. Toda su lucha era si no estaría tentando a Dios con aquel gran deseo.

 

Y para poder conseguirlo, le venía deseo de andar aquellas 28 leguas que hay de París a Ruán a pie, descalzo, sin comer ni beber; y haciendo oración sobre esto, se sentía muy temeroso. Al fin fué a Santo Domingo, y allí se resolvió a andar al modo dicho habiendo ya pasado aquel grande temor que sentía de tentar a Dios.

Al día siguiente por la mañana, en que debía partir, se levantó de madrugada, y al comenzar a vestirse le vino un temor tan grande, que casi le parecía que no podía vestirse. A pesar de aquella repugnancia salió de casa, y aun de la ciudad, antes que entrase el día. Con todo, el temor le duraba siempre, y le siguió hasta Argenteuil, que es un pueblo distante tres leguas de París en dirección de Ruán, donde se dice que se conserva la vestidura de Nuestro Señor. Pasando aquel pueblo con este apuro espiritual, subiendo a una altozano, le comenzó a dejar aquella cosa y le vino una gran consolación y esfuerzo espiritual, con tanta alegría, que empezó a gritar por aquellos campos y hablar con Dios, etc. Y se albergó aquella noche con un  pobre mendigo en un hospital, habiendo caminado aquel día 14 leguas. Al día siguiente fué a recogerse en un pajar, y al tercer día llegó a Ruán. En todo permaneció sin comer ni beber, y descalzo, como había determinado. En Ruán consoló al enfermo y ayudó a ponerlo en una nave para ir a España; y le dió cartas, dirigiéndole a los compañeros que estaban en Salamanca, esto es, Calixto, Cáceres y Arteaga (Aut. 79)

 

Moraliza Ribadeneira:

 

Partióse, pues, el buen hombre para España muy corrido y lleno de confusión, acusando por una parte su deslealtad, y por otra espantándose de la caridad de nuestro B. P. y dando gracias a Dios que huviesse tal hombre en la tierra y que él le huviesse conocido, que se vengava de las malas obras que recebía con hazer bien, y las ofensas y agravios que se le hazían los pagava con semejantes oficios de caridad. (Ribadeneira, o.c. p.767)

 

¡De qué amarguras de resentimiento libró Ignacio el vivir para Dios y no para sí mismo! Creo que ahí está la excelencia propia del camino que San Pablo nos recomienda como “el mejor”: ese camino de la caridad en el que Ignacio se había puesto a peregrinar y se reconocía mendigo.

Cuando nos confrontamos con un hombre bueno como éste – más allá de que se considerara a sí mismo pobre en bondad – puede encogérsenos el corazón comprobando lo lejos que estamos  de esa caridad que –como la describe Pablo –: “es paciente, servicial, no es envidiosa, no se jacta, no se engríe,  es decorosa, no busca su propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra con la injusticia, se alegra con la verdad, todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (I Cor 13, 4-7)

 

Ignacio me demuestra que el programa de Pablo no es una utopía, que esa actitud del corazón es posible y que Dios es capaz de darla a quien de veras aspira a ella y se dispone a buscarla.

Como Ignacio, también nosotros vivimos rodeados de la tentación del resentimiento. Hay conflictos, tensiones y partidos en la sociedad y en la Iglesia. Y no es sencillo no querer alistarse en ninguno ni mantenerse con firmeza y constancia en esa resolución. Los hombres de partido no quieren ser amados con Caridad cristiana sino con pasión partidaria y  por eso no ven con buenos  ojos el que rehúsa tomar partido, y no le hacen la vida fácil. Entonces sobreviene la tentación del resentimiento para el que no quiso entrar en ninguna tribu. Hostigado, se polariza.

Ignacio fue peregrino porque no se instaló en el territorio de ninguna facción política ni religiosa. Y logró hacerlo sin pecar contra la caridad, ni sucumbir a ninguna provocación.

Esto me impresiona, me anima y me consuela. Porque personalmente he aspirado siempre – y sigo aspirando a pesar de mis derrotas – a realizar el ideal ignaciano propuesto a los jesuitas por su fundador:

 

“Donde haya facciones y partidos diversos, no se opongan a ninguno, sino que muestren estar como en medio y que aman a unos y otros” (Instrucciones a los jesuitas enviados a Alemania Ob. Comp. p.766, 24 set 1549).

 

“Que no haya ni se sienta en la Compañía parcialidad a una parte ni a otra entre los Príncipes o Señores cristianos, antes un amor universal que abrace a todas las partes (aunque sí sean contrarias) en el Señor nuestro” (Constituciones P.X, 823)

 

Y por haber intentado realizarlo, he aprendido lo difícil que es y cuántos obstáculos interiores y exteriores hay en el camino de la caridad cristiana.

A la inicial decisión ilusionada y aún ingenua de correr por este camino, sucede la lección de humildad que nos enseña que también uno es – como Ignacio se sentía – “de bondad pobre”. Porque es fácil ser bueno con los buenos, pero apenas nuestra buena intención es puesta a prueba por incomprensiones, nos acecha el peligro del resentimiento. Por eso admiro a Ignacio que se muestra en su vida: Rico en perdón e Inmune al resentimiento. Y la obra de Dios que contemplo en él, me llena de esperanza.

 

Al finalizar estas conversaciones sobre San Ignacio, veo que me quedé en el primer “corto” y que el film principal lo tenemos que dejar para otra oportunidad. Que tendrá que ser antes del sexto centenario.

 

 

 

NOTAS.

 

(1) “Lead, kindly Light, amid encircling gloom,

            Lead Thou me on!

The night is dark, and I am far from home

            Lead Thou me on!

Keep Thou my feet; I do not ask to see

The distant scene – one step enough for me.

 

I was not ever thus, nor prayed that Thou

            Shouldst lead me on.

I loved to choose and see my path; but now

            Lead Thou me on!

I loved the garish day, and, spite of fears,

Pride ruled my will; remember not past years.

 

So long Thy power hath blest me, sure it still

            Will lead me on

O´er moor and fen, o´er crag and torrent, ´til

            The night is gone;

And with the morn those angel faces smile

Which I Have loved long since, and lost awhile.”

(Card. John Henry Newman, Sicilia, 1833)